
Sala de espera del médico, 1920
Fuente: https://www.wikiart.org/
9:00 A.M. Cita para sacarme sangre.
Detesto estas cosas. La fila apenas avanza.
Escribo a mi pareja: ya sabía que hoy venía.
Veo el mensaje leído.
No responde.
Van pasando los turnos.
No responde.
Al fondo alguien se marea.
No responde.
Miro si se ha ido la cobertura. No.
Todo está en orden.
La demora parece una minucia hasta que cae en el lugar exacto. Entonces deja de ser tiempo y se vuelve espejo. Ya no cuenta minutos: mide el rango que imaginamos ocupar en la vida del otro.
No duele solo la espera. Duele lo que la espera despierta: la sospecha de haber bajado un peldaño, de no ser prioridad, de no importar como creíamos. Pero en esa punzada también se esconde otra cosa, menos limpia: la secreta esperanza de que el otro interrumpa su mundo para confirmar el nuestro.
Y, sin embargo, la verdad suele ser más humilde:
aún no había respuesta.
Nada más.
Tan solo no había respuesta.
Todo lo demás lo añade la mente.
Donde hay un hueco, levanta una historia.
Donde falta un gesto, imagina un descenso.
Donde solo había espera, abre una vieja herida y la llama realidad.
La demora no siempre revela al otro: a veces revela el cuarto vacío que aún no sabemos habitar en nosotros.
Quizá madurar consista en algo pequeño y difícil:
no pedir al otro que nos ordene por dentro,
no confundir silencio con sentencia,
y aprender a acompañarnos
mientras la vida ajena, sencillamente,
sigue su curso.
Porque no toda espera es abandono:
a veces es el lugar exacto
donde descubrimos
si sabemos estar con nosotros
cuando el otro no llega.