
Ilustración creada por la IA
Mi tía Henriqueta tiene un secreto. Nunca he sabido su edad. Es pequeña y nerviosa como un mochuelo alerta. Tiene problemas de columna que no impiden que me cueste seguirle el paso cuando se niega a tomar un taxi porque: ”todo está muy cerca”. Nunca deja de sonreír y, comparado con su edad, este es su mayor misterio.
Henriqueta tiene pasión por los cupones que inventan las cadenas para aumentar sus ventas. Ha dejado de ir al mercado municipal porque allí solo ofrecen, venden y cobran, sin otro incentivo. Por eso, con pasitos de Pingüino Emperador, Henriqueta recorre todos los super en búsqueda y captura de “ofertas solo por hoy” y de etiquetas que prometan toda clase de estímulos.
Con frecuencia voy a visitarla no solo porque le tenga mucho cariño, ni porque sea mi última familia por parte de mi padre, también lo hago porque un rato viéndola sonreír con sus grandes ojos casi amarillos me transmite algo que no puedo definir, pero que disfruto.
Claro que, en esas visitas, Henriqueta aprovecha para presumir.
─ Yo no entiendo a la gente ─ me dice siempre ─ no saben aprovecharse, solo saben quejarse.
Ayer no fue diferente y Henriqueta me mostró cuánto se había ahorrado al comprar dos empaques de pan, el segundo a mitad de precio; había comprado un pote gigante de mermelada porque así le regalaban uno pequeño; tampoco se pudo resistir a un pelador/descorazonador de manzanas que estaba casi regalado y se acercaba aceleradamente a comprar la cantidad de limpiador de pisos que le daba derecho a un número de la rifa de una patineta eléctrica.
Hay días que uno se levanta con el empeño de ser razonable y que el mundo también lo sea. Mientras mi tía me hablaba, yo estimaba cuánto pan terminaría tirando a la basura, cuánto duraría la mermelada sin cristalizar. Recordé que ella no come manzanas porque cree que el pecado original empezó con una manzana y que sería mucho mejor para todos que no se ganara la patineta.
Iba a decirle todo eso cuando me di cuenta de que tenía en la mano el interruptor que apagaría la luz de sus ojos amarillos. Supe que el secreto de mi tía era mantener una ilusión y, a pesar de saber yo que las ilusiones pueden ser peligrosas, decidí retirar la mano del interruptor y decirle que estaba orgulloso de ella.
Regresé a mi casa con su sonrisa y recordando a Erasmo cuando, en otras palabras, dijo que la felicidad también tiene algo de irrazonable.