
Imagen generada por IA
Yo probé miel siendo niño, en los Castillos de Guayana.
No era una miel limpia ni servida. Era una colmena recién sacada de la selva. Las abejas seguían allí, alteradas, defendiendo lo suyo. Había fuego, ramas, movimiento, tensión. Cualquier descuido podía costar dolor.
Y, sin embargo, al probarla, todo cambió.
Dulce.
Refrescante.
Suave.
Peligrosa.
Esa fue mi primera idea de la miel.
Recuerdo también el proceso: había que colarla con telas, retirar restos de cera, limpiar lo que había quedado de ese enfrentamiento entre el hombre y el enjambre. No era un producto terminado. Era algo vivo, recién tomado.
Con los años, la miel volvió a aparecer en mi vida de otra manera.
En Carrión de los Condes uso miel El Camino.
La del pueblo.
Con el tiempo entendí algo sencillo: la miel buena no siempre es líquida. Se espesa, se cristaliza, cambia de forma. Y es allí cuando empieza la verdad.
Detrás de ese tarro hay un trabajo que casi no se ve. Las abejas, el campo, las estaciones. El apicultor, que cuida sin imponer. Todo ocurre sin ruido. Como en mi cocina.
Como en otras cosas de esta tierra, lo importante se sostiene.
La miel no necesita explicarse. Basta con observar cómo cambia, cómo se transforma sin perder su naturaleza:
Se adapta, se asienta, encuentra su forma con el tiempo.
Delicatessen:
Un poco de miel sobre queso de vaca semi curado o sobre una rebanada de pan tostado con mantequilla.
Nada más.
Notas de cocina honesta:
La miel cristalizada no está dañada: está viva.
No la calientes en exceso: pierde propiedades.
Y si es miel del pueblo, mejor todavía porque sostiene, identifica.