
Retrato de mujer, 1912
Fuente: https://www.wikiart.org/
¿Qué almorzaron ustedes el martes pasado? Yo, la verdad, no me acuerdo qué comí, como tampoco recuerdo si puse a lavar la loza anoche o cuándo me corté el pelo. Y, sin embargo, todo eso pasó la semana pasada.
En otros carnavales, como dicen los brasileños cuando quieren referirse a un tiempo pasado, parecía que no se me escapaba una, ni buena ni mala. Ahora parecería que se me termina por escapar la gran mayoría.
El sabio Dr. Juvenal Urbino de la Calle, ¿se acuerdan?, el de El amor en los tiempos del cólera, recomendaba a quien no tuviera memoria que se hiciera una de papel. Lo malo es cuando se te pierde el papelito de marras.
Yo, hace muchos años, tenía tantas cosas en la cabeza que, porque sí, tenía que tener una agenda. En aquella época no existía lo electrónico, así que resolví que mi oficina ofrecería agendas de regalo de fin de año. Las encargué a mi gusto; vale decir, el tipo de agenda que, cuando abres, te permite ver toda la semana. Cada año escogimos un tema para intercalarlo con los meses y fue un regalo que la mayoría agradeció.
Hoy en día no sé para qué, pero por años guardé las agendas de años anteriores. Sabe Dios en qué mudanza fue que no pasaron la prueba.
En una época inolvidable, para un cumpleaños o aniversario de bodas, el señor de esta casa envolvió mi regalo con una tela de flores y una hoja donde se leía: “por el resto de la vida“. Yo lo mandé a enmarcar y lo tengo en sitial de honor, aunque confieso no recordar cuál fue la ocasión.
Más que el motivo del regalo, para mí cuenta esa confesión que cada vez que veo me emociona. Si fuera al revés, perdería la gracia.
Eso de que se me pasen detalles no deja de tener su encanto, porque yo siento que aligera las cargas y, para aquellos casos de suma urgencia —citas médicas, cumpleaños—, ahora existe el teléfono.
Todavía no he llegado a la situación del “pero si yo te dije”. Y si alguna vez llega, creo que tampoco me importaría, porque con la vejez me parece que, si bien al principio la peleas, por fin la acabas aceptando y dejándola entrar, lo cual resulta mucho más tranquilo que pararse en las patas de atrás y, a punta de sacrificios inenarrables, tratar de dominar lo incontrolable.
Más que memoria al dedillo, lo que me ha dado por buscar es paz, que en otra época ni me imaginaba que iría a ser un punto de interés, pero que cada día valoro más.
Pero, por fin, ¿se acordaron de lo del almuerzo?