
Imagen generada por la IA
Nuestros recuerdos, algunos de ellos —una canción que no escuchábamos desde hace años; una fotografía olvidada en un cajón; el aroma de un perfume que reconocemos; el sabor de una comida preparada por nuestra madre; un amor que tomó otro rumbo; una ciudad donde fuimos felices; una despedida que nunca terminamos de comprender; una versión más joven de nosotros mismos que aparece de pronto— son realidades que desaparecieron y, sin embargo, continúan acompañándonos.
Entonces, tal vez la nostalgia sea precisamente eso: la persistencia de algo que, de algún modo, continúa llegando hasta nosotros. Curiosamente, el universo conoce muy bien esa sensación.
Cuando observamos el cielo nocturno, algunas de las estrellas que vemos podrían haber cambiado profundamente, incluso podrían haber desaparecido hace mucho tiempo. Pero su luz sigue viajando, y nosotros seguimos viéndolas brillar. Por eso lo que contemplamos no siempre pertenece al presente, a veces observamos el recuerdo de algo que ocurrió hace años, décadas e inclusive millones de años.
Y quizás ese fenómeno no sea tan diferente de lo que sucede en nuestra propia vida, porque también nosotros vivimos rodeados de luces antiguas: recuerdos que siguen iluminándonos, como libros que continúan hablándonos mucho después de haber sido leídos, como personas cuya influencia permanece cuando ya no están cerca, como experiencias que terminaron hace tiempo pero que todavía proyectan algo de su luz sobre quienes somos hoy.
Mirar las estrellas es tal vez el gesto más humano que existe: no solo porque nos habla del origen del universo, sino porque nos recuerda que algunas cosas, en lo más hondo de nuestro ser, continúan brillando mucho después de haberse alejado.
Y que la nostalgia es, en el fondo, una forma de luz viajando a través del tiempo.