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Aristóteles es ahora barbero. Platón se divorció, perdió el empleo y durante mucho tiempo encontró refugio en bares y otras ilusiones antes de abrir una pequeña tienda de recuerdos para turistas que, de regreso, se cuestionan sobre su utilidad.
Intenso, pesado, el sol duele en el cuerpo y en el alma. Aristóteles se duerme, Platón sueña y a la hora en que los gatos se echan en medio de la calle «como si fuera en su cama», envidiando la suerte felina, «porque ni suerte se llama», Aristóteles espera calmadamente la llegada de Platón para otra partida de chaquete. Cerca, en la plaza cansada de tanto cosmopolitismo, los turistas sorben la pequeña felicidad del instante, indiferentes a Zenón, que pasa arrastrando el paso y con la cabeza caída de tanto pensar, se pregunta si el movimiento existe, si ellos existen, si él existe y si la conciencia también es una ilusión.