Gente que Cuenta

Que parezca un accidente, por Álvaro Ríos

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María Bozoky,
Dama de ojos verdes, 1991

Alguien, no recuerdo quién, una vez me habló de ese pueblo perdido en el sur del país. Se me hacía difícil comprender como un sujeto cercano a ese lugar haya podido molestar al jefe de tal manera que merezca un pasaje gratis al más allá. Pero bueno, a mi qué diablos me importa, yo sólo debo cumplir con el encargo. Aunque, ahora que lo recuerdo, ese pedido especial “que parezca un accidente” me tiene pensativo.

Por otro lado, ni siquiera sabía que se podía volar hasta allí, aunque en un avión desvencijado: hacía años que no veía uno de hélices.

Llegamos con el sol de la mañana.

Y justo a la salida del exiguo aeropuerto, advertí la presencia de un viejo calvo y mal vestido que sostenía un pedazo de cartón con mi nombre, por cierto, mal escrito. Subí al auto del viejo y en pocos minutos llegamos a una posada. La misma lucía humilde. En el interior, las paredes parecían forradas de falsos anhelos. Hacia el fondo, en un muro que servía de recepción, una joven de ojos tan verdes como un bosque me dio la bienvenida y las llaves de uno de los cuartos.

Según el reporte, la persona que buscaba debía alojarse allí mismo, incluso puede que ya lo estuviera, de modo que pasé al cuarto a esperar alguna novedad. Ya instalado, pensaba en cómo sería aquel hombre, qué aspecto tendría. ¿Acaso se habrá metido con la esposa del jefe?

Vaya usted a saber…

Por la noche se me antojó dar un paseo por el pueblo. Antes de salir, pregunté a un muchacho de la limpieza si algún sujeto se había registrado recientemente. Respondió que no con la cabeza a la vez que se esfumaba por el pasillo en dirección a la cocina.

Regresé al cuarto luego de varias horas. Más allá de la media noche, y ante la ausencia de una nota, se me ocurrió llamar a la recepción:

—Hola señorita, buenas noches, ¿habrá algún mensaje para mí?

—No, señor, no que yo sepa, y fíjese que toda la noche la he pasado aquí.

—¿Está segura, no se habrá confundido?

—Para nada, señor. Usted es la única persona que ha venido en meses. De un tiempo a esta parte este pueblo incumbe sólo al olvido, a lo mejor ya ni aparecemos en el mapa. Lo cierto es que rara vez alguien viene a visitarnos.

—Siendo así, ¿por qué la posada continúa ofreciendo servicio?

—La esperanza nunca muere, señor. ¿Puedo ayudarle en algo más?

—Tal vez…

—Usted dirá.

—Ojalá pudiera ocultarme en sus ojos y que tal atrevimiento pareciera un accidente.

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Álvaro Ríos. Maracay, Estado Aragua, Venezuela, 1965. Vive actualmente en Barquisimeto, Estado Lara. Es Ingeniero Electricista, Profesor Universitario y Escritor de cuento, poesía y ensayo. Es autor de los libros Sendero de Sombras (poesía), Efimerario (brevedades), Dilemas en el aire (poesía) y Criaturas Mínimas (cuento). Ha sido colaborador de los diarios “El Impulso” y “Diario de Lara” en la ciudad de Barquisimeto. Algunos de sus cuentos han sido publicados en el portal “Letralia”.
alv_rios@yahoo.es

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