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Álvaro Ríos

Cerrando un negocio, por Álvaro Ríos
75b, Álvaro Ríos

Cerrando un negocio, por Álvaro Ríos

 A mi abuelo le gustaba el teatro. Cuando yo era niño me confesó que su sueño era ser dramaturgo, pero por razones que nunca manifestó lo dejó de lado. Sin embargo, gran parte de su vida estuvo ligada al teatro, incluso tuvo la oportunidad de conocer a varios directores con los cuales entabló amistad.Uno de ellos, un polaco cuyo nombre jamás recordó porque era impronunciable, le contó una anécdota bien curiosa.Fue durante un viaje a la Argentina, por allá por los años sesenta del siglo XX, cuando el distinguido director montó una obra en la ciudad de Buenos Aires.Mientras compartían un vino de Mendoza, mi abuelo le comentó que la noche anterior había soñado con el diablo, y que éste lo había hostigado con el fin de obligarlo a que le vendiera su alma.—¿Y te atrapó? —preguntó el polaco.—Sí,...
La dama y los héroes, por Álvaro Ríos
74b, Álvaro Ríos

La dama y los héroes, por Álvaro Ríos

Caracas me encanta. A pesar de la prisa que imprimen sus habitantes, resulta grato cuando dejo la provincia para ir de visita a la capital. El problema es que usualmente ocurre un evento fuera de lo común, de hecho, la mayoría de las veces regreso lastimado. La última vez fue horrible. Tomé el avión de ida, llegué a Maiquetía, abordé un taxi y a las nueve de la mañana —justo a tiempo—, me presenté en el lugar de reunión, una oficina que tiene la empresa en Las Mercedes. Hasta allí todo bien. Sin embargo, cuando la reunión finalizó, quise visitar la feria de comida en uno de esos centros comerciales que existen en las cercanías. Decidí ir a pie. Al acercarme al cruce de la avenida, advertí cuando una mujer, la más hermosa que he visto en mi vida, tanto que necesitar...
El parque, por Álvaro Ríos
72a, Álvaro Ríos

El parque, por Álvaro Ríos

El parque de la ciudad es hermoso.Bueno, eso dicen.Yo siempre quise conocerlo.En varias ocasiones le pedí a mi mamá que me llevara, pero ella decía que la cosa estaba mal. Insinuaba que, una vez allí, había que costear los perros calientes, el refresco y quizá hasta un helado. Y luego, al salir, de seguro se me antojaría entrar a las atracciones mecánicas que había al pasar la calle, y eso significaba…Esas palabras las escuché muchas veces, de modo que, por largo tiempo, ir al parque fue un sueño imposible.Un día mi amigo Sebas vino a visitarme. Llevaba unos guantes de beisbol y una pelota que su padre le había regalado.—Vamos al parque —dijo—, allá jugaremos.—Pero, ¿cómo lograremos entrar?—Pierde cuidado, sé de un agujero en la parte de atrás, será pan comido.En efecto, así lo hicimos.Pas...
Que parezca un accidente, por Álvaro Ríos
70a, Álvaro Ríos

Que parezca un accidente, por Álvaro Ríos

Alguien, no recuerdo quién, una vez me habló de ese pueblo perdido en el sur del país. Se me hacía difícil comprender como un sujeto cercano a ese lugar haya podido molestar al jefe de tal manera que merezca un pasaje gratis al más allá. Pero bueno, a mi qué diablos me importa, yo sólo debo cumplir con el encargo. Aunque, ahora que lo recuerdo, ese pedido especial “que parezca un accidente” me tiene pensativo.Por otro lado, ni siquiera sabía que se podía volar hasta allí, aunque en un avión desvencijado: hacía años que no veía uno de hélices.Llegamos con el sol de la mañana.Y justo a la salida del exiguo aeropuerto, advertí la presencia de un viejo calvo y mal vestido que sostenía un pedazo de cartón con mi nombre, por cierto, mal escrito. Subí al auto del viejo y en pocos minutos llegamos...
Una parábola al vacío*, por Álvaro Ríos
68a, Álvaro Ríos

Una parábola al vacío*, por Álvaro Ríos

La película casi comenzaba cuando de pronto la abuela, como de costumbre, me hizo el llamado de atención: —Deja de usar la silla del abuelo, ¿no ves que está estropeada? Un día de éstos colapsará y recibirás un buen trancazo por tonto. Desde luego, dejé sin efecto su recomendación. Pasada una hora y antes de la persecución final, a la altura del interrogatorio que los detectives le hacen al muchacho, volví a expresar el mismo comentario: pero miren al Brad Pitt, ¡qué jovencito que se ve el condenado! ¿Quién lo diría? Lo cierto es que odié a ese imbécil: ¿cómo se le ocurre meterse con Thelma? Amo a Thelma, amo a Geena Davies. Desde que la vi en Beetlejuice (Tim Burton, 1988), he estado perdidamente enamorado de ella. A Susan, es decir, a Louise, también la amo, aunque no ...
Un editor estresado, por Álvaro Ríos
66a, Álvaro Ríos

Un editor estresado, por Álvaro Ríos

Julio —el editor—, y yo, estábamos sentados frente a frente. Él revisaba papeles al mismo tiempo que atendía llamadas telefónicas. Yo lo miraba de vez en cuando. Me distraía moviendo el manuscrito de mi novela de una mano a otra. Luego de una hora creí que dialogar era un caso perdido, como si mirar la ciudad a través de la breve abertura de las persianas fuera la única forma de existir. En eso se iba la mañana cuando de pronto el Cesita, quien se percibía locuaz y de muy buen humor, irrumpió en la oficina. —Épale mi llave —dijo mirando al editor—, aquí traigo mi nueva novela, así que puedes elaborar el cheque del adelanto que me prometiste. —¿Novela? ¿Cuál novela? —Pues, la más reciente, de la que hablamos la vez pasada… El editor arrugó la frente: —¿La vez pasada? ...
Las campanas no doblan por nadie, por Álvaro Ríos
64b, Álvaro Ríos

Las campanas no doblan por nadie, por Álvaro Ríos

 Mientras esperaba por mi hermano para trabajar juntos en la página web, me entretenía con un libro de Bukowski. A ratos pensaba que debió poseer una pluma bien afilada…De pronto tocaron a la puerta. Eran un par de tipos raros. Uno de ellos mostró una placa. Me hicieron saber que debía acompañarlos y que lo mejor sería hacerlo en paz. Cerré la puerta. Al dar vuelta me esposaron y me aventaron a la parte trasera de una camioneta.Luego de un rato la camioneta se detuvo. Me sacaron a empujones hasta un callejón atiborrado de botes de basura. Al fondo, en un rincón, me lanzaron contra el muro. A pesar del trancazo, guardé la calma y cerré la boca.—Parece un tipo duro —dijo el más alto.—¿Estás seguro de que es el que buscamos? —preguntó el otro—, según entiendo, ya debería estar chorreado, y es...
La banda de los poetas, por Álvaro Ríos
61a, Álvaro Ríos

La banda de los poetas, por Álvaro Ríos

Hace poco, mientras leíamos unos versos de Bolaño, un amigo bogotano me susurró al oído:—Yo conocí a ese man.Según me contó, fue durante su paso por Caracas en ocasión de la entrega del premio Rómulo Gallegos. Bolaño le hizo saber que siempre tuvo un sueño: robar un banco junto a una banda de poetas; sin embargo, el chileno se fue de este mundo sin poder hacerlo realidad.—Pues yo sí pude hacerlo —confesé.—¿Me tomas el pelo?—Fue hace mucho, en el siglo pasado, por aquel entonces yo era un muchacho que escribía sonetos. En eso andaba cuando conocí al poeta J. Vallejo, un universitario quien ofreció enseñarme los secretos de la poesía. Así, de un día para otro, acabé formando parte de un grupo de poetas donde destacaban Bruñido y Miyagui. Además de J. Vallejo, el grupo lo completaba un joven ...
La bella durmiente y el príncipe azul, por Álvaro Ríos
59b, Álvaro Ríos

La bella durmiente y el príncipe azul, por Álvaro Ríos

Bueno, ya sabemos de qué va el asunto: el lecho de flores, la campana de cristal, los gnomos que cuidan a la princesa, bla, bla, bla…, y claro, sueño, mucho sueño.Hasta que, hace apenas unos días, ¡zas!, apareció el príncipe. Éste se inclinó y besó aquellos labios rosados y carnosos. La muchacha abrió los ojos y entonces algo raro sucedió:—¿Quién eres? —preguntó.—Soy el príncipe azul, vine a despertarte.—¡Pues ya era hora! —dijo la princesa malhumorada— ¿Por qué has tardado tanto? ¿Acaso venías en morrocoy?, y ahora, ¿qué rayos hacemos?—Ser felices para siempre…—¡Qué aburrido!, ¿y terminar como Caperucita y todos ellos?—¿Ellos?Sin esperar respuesta, el príncipe se apuró a decir que había olvidado algo en el palacio y que debía ir en su búsqueda, que al rato regresaría.En efecto, el príncip...
Caperuza, la roja, anda de malas, por Álvaro Ríos
57a, Álvaro Ríos

Caperuza, la roja, anda de malas, por Álvaro Ríos

Ese día Caperuza se sentía estresada. Tenía que llevar el almuerzo a la abuela y ya era tarde. La reunión con los camaradas se había prolongado sin necesidad.—¡Esa gente sí que habla bobadas! —dijo casi en silencio.Llegó a casa, tomó un baño y se puso a preparar la cesta con el almuerzo y otras cosas para la abuela.Más tarde marchaba por el bosque.Mientras meneaba la cesta de un lado a otro pensaba en qué diablos iba a hacer a casa de la abuela.¡Qué aburrido! —pensó—, este cuento parece que jamás cambiará, y lo peor, cuando llegue ese lobo repugnante me estará esperando. La verdad ya estoy harta. Sin embargo, iré de todas formas, a lo mejor el guardabosque se adelanta y acaba por resolver el problema.Antes de llegar a su destino, Caperuza notó que un perro cruzó unos metros adelante, era u...
La espera continúa, por Álvaro Ríos
55a, Álvaro Ríos

La espera continúa, por Álvaro Ríos

Sinceramente creo que eso de andar escribiendo sobre literatos que se pasean en el cielo, y que además interactúan con otros personajes de la Historia, ha provocado en mí una obsesión.Y es claro que debe acabar.Sin embargo, hace un par de noches —creo—, tuve un sueño, y allí era yo quien dialogaba en el edén con un escritor famoso.Pero eso no me preocupaba, sino lo que sucedió antes y después:Lo cierto fue que la luz se apagó de golpe. Al retornar, lo hizo de a poco, como si una ráfaga de humo pasara de gris hasta un blanco excelso. Cuando me di cuenta, me encontré al final de una enorme fila.Pensé que tal fenómeno sólo ocurría en Venezuela, ustedes saben, para obtener un permiso de conducir, un pasaporte, o tal vez...—¿Para qué es la fila? —pregunté a la persona delante de mí.—Para ingres...
Una consulta celestial, por Álvaro Ríos
51a, Álvaro Ríos

Una consulta celestial, por Álvaro Ríos

Cuando dejamos de existir nos convertimos en espíritu. A partir de ese momento pasamos a cohabitar en el plano celestial, claro, siempre y cuando Pedrito, el que vigila la entrada, nos deje pasar.De modo que allí, donde quiera que se encuentre ese lugar, pudiéramos hallar, en teoría, desde un Thales de Mileto hasta un Fred Astaire. Imaginen por un momento algunos encuentros: William Wallace, con un escocés en la mano, contándole su desdicha a Margaret Thatcher; o a Sartre formulando todo tipo de preguntas a Platón; o a Cortázar dándole a probar un mate a Poe mientras conversan animadamente.Hace poco, mientras leía una biografía de uno de los hombres más inteligentes de la historia, se me ocurrió que en ese lugar que antes mencioné el tipo debe seguir en lo mismo: haciendo de ingeniero, esc...