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Álvaro Ríos

El gallo húngaro, por Álvaro Ríos
139a, Álvaro Ríos

El gallo húngaro, por Álvaro Ríos

 Aquella tarde llegamos a casa de Mila para la celebración de fin de año. Con la cordialidad de siempre nos hizo pasar. El pasillo de la entrada lucía adornado de pinturas muy llamativas. Más allá, unas escaleras dejan al descubierto una pared dedicada a The Beatles, un espacio sagrado con imágenes de las diversas etapas de los chicos de Liverpool. Finalmente, el lugar se ensancha para dar paso a una sala amplia, cómoda y ventilada. En vez de ir a reclinarme en uno de los asientos permanecí de pie por un rato: un gallo de madera miraba la sala desde la parte alta de un estante. Me pareció tan real que me detuve a mirarlo por un costado. Los colores parecían brotar de su cuerpo hasta envolver a todo aquel que lo observara. Medía unos cuarenta centímetros de alto y representaba, con todo...
Timidez tardía, por Álvaro Ríos
129a, Álvaro Ríos

Timidez tardía, por Álvaro Ríos

 ¿Qué hago aquí? ¡Vaya pregunta! Si alguien me ve pensaría que soy un malhechor. Muy lejos de eso. Solo queda expresar que valerse de la noche para ingresar al patio de una casa que no es la nuestra es una necedad. Pero créanme, queridos lectores, tengo una justificación: Tal vez quiero evitar el qué dirán, o simplemente me mata la timidez. Aquí vive Dayana, la esposa de un amigo que murió hace diez años. Algunas veces los visité. Andrés solía invitarme un whisky los fines de semana. En aquel tiempo, Elizabeth, mi esposa, nos acompañaba. Pero lamentablemente ella se fue seis meses después que Andrés. Desde entonces Dayana y yo hemos estado solos, demasiado solos, diría. Pero eso cambió el día de ayer. Verán: Por la tarde, antes de oscurecer, me asomé a la ventana. ...
Otro día en la oficina, por Álvaro Ríos
127b, Álvaro Ríos

Otro día en la oficina, por Álvaro Ríos

Gonzalito bajó la mirada para cambiar la radio de estación. Al levantar la vista fue cuando las vio: era una mujer alta ataviada en una pañoleta y lentes de sol que acompañaba a una señora entrada en años. Detuvo el auto y enseguida abordaron. —A los altos de Santa Elena, le pagaré muy bien —expresó la mujer. Aquella voz le pareció conocida; sin embargo, se limitó a mirar por el retrovisor: la mujer ayudaba a la otra a limpiarse algo en la boca. —Descuida, llegaremos pronto —le hizo saber. Cuando el auto se desplazaba por la avenida Lara, casi a la altura del Tiuna, la mujer murmuró: —En el semáforo cruce a la izquierda y avance hasta el final. Un instante después, la dama mayor comenzó a jadear, como si le faltara el aire. —Por esa entrada a la derecha, por fav...
Una leve equivocación,<br/> por Álvaro Ríos
112c, Álvaro Ríos

Una leve equivocación,
por Álvaro Ríos

Arriba aún era de día. Abajo, la noche envolvía al pueblo en un manto colmado de rocío. Elena y yo seguíamos disfrutando del vuelo en globo cuando de repente la llama se apagó. De allí en adelante una fuerza desconocida nos hizo descender sin control. Y mientras el globo caía, escuchamos el murmullo del viento que se hizo cargo de las riendas del aparato. Hubo un instante cuando el brillo de la tarde acabó y nuestros cuerpos, mezclados en un abrazo infinito, vibraron a causa de una sospecha que rápidamente se transformó en noche y miedo. De pronto el globo dio un giro al chocar contra las ramas de un árbol. En aquel instante, el abrazo se deshizo y yo salí disparado fuera del cajón. Antes de aterrizar sobre un pasto empapado de lamentos, vi pasar cientos de ramas: unas inten...
Un monólogo con mi drugo, por Álvaro Ríos
107a, Álvaro Ríos

Un monólogo con mi drugo, por Álvaro Ríos

Mi amigo el Tarro habla más que un loro agarrado por el rabo. Cuando se arranca no hay quién lo detenga. Hace poco me enteré que en una visita al odontólogo le ocurrió un accidente. Resulta que al profesional de los molares se le fue la mano con la anestesia, de modo que más tarde, cuando salió de la consulta, en una de esas habladeras se mordió la lengua: cinco puntos de sutura. Ahora permanece en casa, de reposo y sin poder hablar. Pensé entonces que era el momento de darle un poco de su propio chocolate. Esa tarde me aparecí en su casa y me arranqué: —Oye mi drugo, ¿sabes algo?, La Naranja Mecánica, aquella película que tanto disfrutamos a comienzos de los setenta, hace poco cumplió cincuenta años, ¿qué te parece?, una maravilla, cómo olvidar al Alex De Large (Malcolm McDowell...
Adiós Dua Lipa, por Álvaro Ríos
104a, Álvaro Ríos

Adiós Dua Lipa, por Álvaro Ríos

Hace unos días crucé la frontera del más allá.Desconozco los detalles de cómo fallecí. Aun así, debo señalar que no fue debido a una enfermedad o dolencia, pues siempre me sentí como un toro, sobre todo de esos que enganchan trajes de luces para luego lanzarlos al aire como si fueran luciérnagas.Antes del suceso recuerdo que iba muy contento manejando mi Mercedes por la Autopista Regional del Centro. Escuchaba “levitating” de Dua Lipa cuando a la altura de la encrucijada de Maracay sonó el celular. Me incliné para contestar y ya pueden ustedes imaginar lo que pasó…Los segundos inmediatos al evento son un misterio, quizá se hundieron en las arenas movedizas de mi memoria.Posteriormente recuerdo con claridad cuando me prepararon para el velorio. Me vistieron tan mal que parecía un muñeco de ...
Difuntos novatos, por Álvaro Ríos
101a, Álvaro Ríos

Difuntos novatos, por Álvaro Ríos

De la misma forma que la de Salvador, mi tía también decía que a los muertos no hay que tenerles miedo, y al contrario de lo que ocurría con él, yo la libraba del coscorrón: era lo bueno de ser bajito y escurridizo. Mi tía se la pasaba todo el día en un cuarto sombrío y poco ventilado dándole a una antigua máquina de coser. Y vaya usted a saber para quién cosía, pues jamás vi a nadie en casa trayendo o retirando alguna pieza de tela. En ella había algo raro, pero nunca supe qué era. Por eso yo entraba al cuarto a gatas y en silencio, y ya en el interior, notaba una especie de nube de polvo que surgía del fondo de su vestido hasta flotar a ras de sus rodillas. El cuarto era amplio; y sin embargo, lucía atiborrado. A los lados, unos planchones de madera soportaban montañas de ropa ...
Agua para navidad, por Álvaro Ríos
80a, Álvaro Ríos

Agua para navidad, por Álvaro Ríos

 La botica del pueblo es, desde siempre, una tienda pequeña donde reina la oscuridad y el misterio. La única ventana, cuyo marco alguna vez fue madera, se alza a la derecha de la puerta principal. El pasillo de entrada es ancho y acaba en un mostrador abatido por el tiempo. Desde el centro del techo, un círculo de neón —de esos que se usaban en los años sesenta del siglo pasado—, irradiaba una breve luz que iluminó el rostro de un viejito que acababa de entrar y que, en vez de ir directo a la caja, se desvió hacia la izquierda donde un joven reposaba sentado en una silla de ruedas. —¡Mire!, le escuché decir al muchacho que quiere un poco de agua. La mujer de la caja, ya entrada en años y que se entretenía garabateando quién sabe qué en las hojas de una libretita, replicó: —...
El premio Cervantes, por Álvaro Ríos
77c, Álvaro Ríos

El premio Cervantes, por Álvaro Ríos

La pura verdad es que estábamos muy contentos. Emocionadísimos, diría. Sobre todo, los que vivimos aquí, en esta tierra donde nació el poeta que ha ganado recientemente el premio Cervantes. Es conveniente resaltar que, siendo un pueblo con un amplio nivel de cultura, la mayoría sabemos de qué va el asunto. Sabemos también que el poeta había estado por Caracas, quizá con algunos problemas de salud, aunque también conocemos de su fuerza y coraje para dejar atrás las dolencias y así celebrar con tanta gente que lo aprecia, especialmente los que integran las universidades. Pues bien, alguien de aquí, específicamente un funcionario del museo, le hizo llegar al poeta una invitación para que se acercara a su terruño y desfilase por el museo para darle los detalles de un homenaj...
Cerrando un negocio, por Álvaro Ríos
75b, Álvaro Ríos

Cerrando un negocio, por Álvaro Ríos

 A mi abuelo le gustaba el teatro. Cuando yo era niño me confesó que su sueño era ser dramaturgo, pero por razones que nunca manifestó lo dejó de lado. Sin embargo, gran parte de su vida estuvo ligada al teatro, incluso tuvo la oportunidad de conocer a varios directores con los cuales entabló amistad.Uno de ellos, un polaco cuyo nombre jamás recordó porque era impronunciable, le contó una anécdota bien curiosa.Fue durante un viaje a la Argentina, por allá por los años sesenta del siglo XX, cuando el distinguido director montó una obra en la ciudad de Buenos Aires.Mientras compartían un vino de Mendoza, mi abuelo le comentó que la noche anterior había soñado con el diablo, y que éste lo había hostigado con el fin de obligarlo a que le vendiera su alma.—¿Y te atrapó? —preguntó el polaco.—Sí,...
La dama y los héroes, por Álvaro Ríos
74b, Álvaro Ríos

La dama y los héroes, por Álvaro Ríos

Caracas me encanta. A pesar de la prisa que imprimen sus habitantes, resulta grato cuando dejo la provincia para ir de visita a la capital. El problema es que usualmente ocurre un evento fuera de lo común, de hecho, la mayoría de las veces regreso lastimado. La última vez fue horrible. Tomé el avión de ida, llegué a Maiquetía, abordé un taxi y a las nueve de la mañana —justo a tiempo—, me presenté en el lugar de reunión, una oficina que tiene la empresa en Las Mercedes. Hasta allí todo bien. Sin embargo, cuando la reunión finalizó, quise visitar la feria de comida en uno de esos centros comerciales que existen en las cercanías. Decidí ir a pie. Al acercarme al cruce de la avenida, advertí cuando una mujer, la más hermosa que he visto en mi vida, tanto que necesitar...
El parque, por Álvaro Ríos
72a, Álvaro Ríos

El parque, por Álvaro Ríos

El parque de la ciudad es hermoso.Bueno, eso dicen.Yo siempre quise conocerlo.En varias ocasiones le pedí a mi mamá que me llevara, pero ella decía que la cosa estaba mal. Insinuaba que, una vez allí, había que costear los perros calientes, el refresco y quizá hasta un helado. Y luego, al salir, de seguro se me antojaría entrar a las atracciones mecánicas que había al pasar la calle, y eso significaba…Esas palabras las escuché muchas veces, de modo que, por largo tiempo, ir al parque fue un sueño imposible.Un día mi amigo Sebas vino a visitarme. Llevaba unos guantes de beisbol y una pelota que su padre le había regalado.—Vamos al parque —dijo—, allá jugaremos.—Pero, ¿cómo lograremos entrar?—Pierde cuidado, sé de un agujero en la parte de atrás, será pan comido.En efecto, así lo hicimos.Pas...