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Viajaron conmigo hace más de dos décadas y aquí encontraron su refugio.
Una guarida segura, un lugar callado lejos de la curiosidad de conocidos o extraños, incluso de la mía.
Hace poco, en mi afán de simplificarme, los visité.
Abrí el gabinete más escondido de mi biblioteca y me dejé llevar por ese vertiginoso túnel del tiempo.
Gruesos, pesados y coloridos: mis antiguos álbumes de fotos.
Digo que son ancestrales pues en esta época en que todo es digital, visitar mis fotografías de los años ochenta, noventa y parte del dos mil, es casi tan obsoleto como un daguerrotipo (Louis Daguerre 1839, creador de la fotografía comercial).
Ahí estaba yo, sentada en el piso, rodeada de aquellos “trabucos” de libros, con anotaciones al margen, postales, entradas a museos, etc.
Al pasar las páginas por mis entrañables memorias, la casa de mis padres, navidades en familia, viajes con mis niños pequeños, lugares exóticos que visité con mi esposo, como el archipiélago de Bazaruto, en Mozambique, sentí que las imágenes no eran solo rectángulos de papel bidimensional.
Los recuerdos abandonaron su resguardo de décadas y estallaron en sabores, olores, voces familiares, acordes de piano y de guitarra.
También sensación de ¿qué hago yo aquí? que era lo que me preguntaba cuando me veía en esos remotos rincones del mundo.
Fui colocando cada fotografía en su nueva residencia, más compacta y accesible. Algunas irán a eso que llaman “nube”.
Este ejercicio de simplificación me llevó varios días y la verdad me siento complacida, no solo porque se ventilaron rincones luminosos, sino porque, a pesar del tiempo que hace de las suyas, revisitándome, solo me queda agradecer.
Con frecuencia me olvido de las cosas, pero los buenos momentos siempre regresan.
De papel o digitales, en el álbum o en la “nube”, concluí lo siguiente:
El refugio de la memoria queda en el corazón.