Gente que Cuenta

Sobre dioses y bestias, por Felipe González Roa

Foto Cuartoscuro
“Platón, maestro de Aristóteles, ya describía en La República a la “ciudad de los cerdos”, aquella en la cual los habitantes reducían la existencia a la satisfacción de las necesidades mínimas”

El hombre que vive fuera de su comunidad sólo puede ser un dios o una bestia. Más allá del sarcasmo de Aristóteles, esta es una afirmación que todavía debe resonar fuertemente. Por supuesto, el Estagirita se refería a la polis, organización típica de la antigua Grecia y que, para los ojos modernos, difícilmente puede entenderse sin hacer complejas analogías.

Suele identificarse la polis con una ciudad-estado, afirmación prácticamente aceptada en el lenguaje común e incluso en el estudio científico, aunque probablemente poco exacta. Para Sartori la culpa es de los traductores, considerados como “grandes traidores” por el politólogo italiano, para quien se apropian de las palabras y las vacían de significado.

El concepto de Estado es esencialmente moderno y difícilmente puede establecerse similitud con la polis, por lo que, según sostiene Sartori, esta realmente podría catalogarse como una “ciudad-comunidad”, lo que conlleva una relación mucho más fuerte entre el ciudadano griego y su ciudad.

El mayor castigo para los antiguos griegos, después de la pena de muerte, por supuesto, era el destierro. El ostracismo era prácticamente la muerte en vida porque significaba expulsarlo del entorno que lo definía. Fuera de su comunidad quedaba reducido a la nada misma, imposible de reconocerse y entenderse.

En el mundo griego el ciudadano se fundía con la polis, donde encontraba la fuente total de su realización. De allí que Aristóteles no pudiese aceptar que un hombre estuviese fuera de su comunidad. Sólo los dioses, aquellos que no necesitan nada ni de nadie más, pueden elevarse indiferentemente sobre los demás…

… O sólo las bestias.

Platón, maestro de Aristóteles, ya describía en La República a la “ciudad de los cerdos”, aquella en la cual los habitantes reducían la existencia a la satisfacción de las necesidades mínimas. Comportarse como animales no respondía a la concepción que para los griegos, o al menos para estos grandes filósofos, se debía tener ante la vida.

Los antiguos tenían con su comunidad una vinculación distinta a la que hoy tiene el hombre moderno, ¿pero eso lo faculta hoy a comportarse como una bestia? Estas líneas no pretenden exagerar la nota, pero es difícil no lamentar la poca relación que se intenta establecer con el prójimo, volcando todas las miradas al ombligo propio.

Uno de los grandes hallazgos de la modernidad fue la individualidad, condición que, desde el derrumbe de la polis, se fue lentamente reconociendo en el pensamiento occidental. De allí nació, por ejemplo, la noción de los derechos humanos, fundamental en la forma de entender el mundo contemporáneo.

Pero eso no puede justificar la absoluta indiferencia con el entorno, con la ciudad y con los otros (con los todos). Sólo las bestias viven sin reconocer ni reconocerse en el otro, ajenos a cuanto ocurre a su alrededor. Habría que ser un dios para no necesitar a nadie, para no condolerse de las penurias de los demás, para no sonreír con las alegrías de ellos.

El hombre, ni siquiera el moderno, nunca ha sido un dios. El problema hoy es, tal vez, que hay muchas bestias que, si tan siquiera entenderlo, pretenden creerse dioses.

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Felipe González Roa es periodista, con 17 años de experiencia en la cobertura de la fuente judicial y de derechos humanos. Escribió para periódicos como El Universal, Notitarde de Carabobo y El Tiempo de Puerto La Cruz. Es especialista en Opinión Pública y Comunicación Política, y actualmente es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila
Jfelipegr@gmail.com

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