Gente que Cuenta

Tinta para con-vencer – Faitha Nahmens

Death of journalism
Rubén Ubrera, 2010

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El periodismo es un oficio para hacer historia; una vocación apurada de la memoria que será; un trabajo riesgoso por dar con la verdad; y la verdad no es aquella que ya ha sido dicha como dogma, tampoco es única: es el relato cotidiano —lo más fidedigno posible— de los hechos que ocurren y de las razones que los producen: contarnos para conocernos y tal vez enmendar la plana. Acceder a la verdad es un derecho fundamental: parecido a la filosofía, el periodismo, antes que compartirla, la busca debajo de las alfombras y hasta de las piedras para después explicarnos los procesos, los porqués y el cómo. La vida.

Como no debe temer desnudar a los actores y las instituciones que organizan el momento y sus circunstancias, en sociedades que se asumen civilizadas revelar la verdad, cuando se detecta una mácula, puede incomodar; pero nadie impedirá que la libertad de expresión siga siendo ley. Las repúblicas están de acuerdo con Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices pero defenderé con mi vida tu derecho de expresarlo”. Se hace cuesta arriba informar en países dogmáticos —no hay nada más que decir— y totalitarios: en aquellos cuyos gobiernos se erigen como rectores de cada respiro humano. Es difícil detectar la verdad de entre los silencios de los que están engolosinados con el poder; más allá de sus discursos a medida, que nunca son verdad.

Afán para curiosos, empeñosos, obsesivos, gentes que deberían ser éticas y parecen naturalmente audaces, gentes que podrán pagarla caro —y cobrarán barato— los periodistas entienden que la tinta comprometida, sin embargo, no se seca. Que regarla no es baladí. Que es útil cuando la intención es crear consciencia. Que vale la pena como herramienta para la construcción de puentes. Informar es un ejercicio existencial solo posible en democracia: fuera de ella el periodismo apenas sobrevive. Siempre engorroso, a menos que sea complaciente —y entonces no es periodismo—, este indagar y trastear entre el basural de los embustes que los tiranos inoculan hasta en los espejos, es repelido por los mismos quienes tienen entre ceja y ceja obstaculizar la verdad: que solo se crea lo que se dicen sus gargantas monocordes.

Oficio asociado a causa, afán vinculado a devaneos quijotescos, el periodismo, en contrapartida, se vuelve más trascendente justo donde es menos querido: donde se le considera estorboso mosquero al que hay que eliminar; hay varias formas de hacerlo: censura, penas físicas, decomiso de fotografías, persecución, balas. Pero “¿qué

Periodista que hace foco en Caracas y la causa de la democracia, condujo CaracAs vuelta y vuelta en radio, trabajó en las revistas Exceso y Cocina y vino, escribe en varios portales (Prodavinci, El Diario, eneltapete, TalCual) y es autora de los libros Colombia y Venezuela: 20 testimonios y Franklin Brito: anatomía de la dignidad. Feliz madre de Simón Santodomingo.
Faithanahmenslarrazabal@gmail.com
Foto: Federico Prieto

otro oficio  permite a uno vivir la historia en el instante mismo de su devenir y también ser un testimonio directo? El periodismo es un privilegio extraordinario y terrible”. Es como dijo Oriana Fallaci. Uno no tiene descanso —menos en la dislocada Venezuela— pero es porque uno no quiere.

 

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