Gente que Cuenta

Marti Rickman en el Río Bravo – Roberto Giusti

Georgia O’Keeffe
Desert Day, 1936

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En 1984, cuando tenía 17 años y estaba recién graduada de bachiller, me encontré con un problema sin solución en Colombia: no contaba con los recursos necesarios para ingresar a la universidad. Siendo la número once de los quince hermanos que éramos, no sabía qué hacer y me debatía en la incertidumbre cuando me llegó la carta de una compañera de estudios, Elizabeth Roa, quien me invitaba a Houston, a donde se acababa de mudar luego de su graduación. Yo me animé y con el apoyo de mi hermana mayor, Margarita, quien se había  convertido en el sostén económica de la familia, pude comprar el pasaje y cumplir con  todos  los requisitos que exigía el gobierno mexicano para facilitarme una visa.

El 17 de noviembre de 1985, con 18 años recién cumplidos, aterricé en ciudad de México. Era esa la parte suave del viaje porque de allí debía desplazarme hacia la frontera con los Estados Unidos y luego de franquear la raya fronteriza dirigirme a Houston. Venía con una hermana de Elizabeth, llamada Magdalena.  Allí estuvimos dos semanas esperando la señal de los “coyotes”, con quienes habíamos acordado la entrada a los Estados Unidos mediante el pago de dos mil dólares por cabeza.

El destino inmediato fue una panadería en la ciudad de Matamoros, donde esperamos cinco días. De allí partimos hacia el Río Bravo donde nos encontramos con unas  aguas turbias, caudalosas y de fuerte corriente que me hicieron llorar de miedo e impotencia porque no sabía nadar y cruzar el río se me hacía  imposible.

Había mucha gente a lo largo de la orilla y desde allí observaba  el lecho del río con tres o cuatro cabecitas nadando contra la corriente para llegar a lo que para nosotros era, literalmente, la tierra prometida. Estaba en eso cuando se me acercó un joven moreno y de sonrisa serena que me preguntó por qué lloraba. Yo le expliqué que había hecho una viaje larguísimo, me había a gastado lo que no tenía para llegar a los Estados Unidos y ahora se me presentaba la muralla infranqueable del río.

Tranquila que yo la ayudo a vadear el río –me contestó el joven-. No será la primera vez que lo haga. Así que quédese tranquila porque en unos minutos nos metemos al agua.

Fue el primer y decisivo contacto con Anselmo, quien se convertiría en la llave que me abriría las puertas cerradas de ese país enorme del cual sabía tan poco. Mexicano con varios pases por el río, Anselmo me dijo que estaba empleado en Oklahoma y que si yo quería él me podía conseguir chamba en la empresa donde trabajaba.  Pero yo, que no sabía de la existencia de un estado llamado Oklahoma, me aferré a Houston,  la única referencia que tenía a la mano y donde me esperaba mi amiga Elizabeth Roa.

Pero no teníamos tiempo para discutir porque primero había que cruzar el río y así, en los brazos gentiles de Anselmo, vadeamos la fuerte corriente y en cuestión de minutos pude dar mis primeros pasos en los Estados Unidos.  De allí nos desplazamos en automóvil por un terreno pedregoso hasta llegar a una casa que estaba llena de gente. Grupos de mexicanos, centroamericanos,  colombianos  y hasta argentinos,  algunos niños y ancianos, todos, como nosotros, esperando su turno para emprender la parte más dificultosa del viaje.

Allí mandaban los coyotes y ya en México nos  habían alertado sobre la necesidad de cuidarse porque no eran pocas las denuncias de violaciones  a mujeres que viajaban solas.  Afortunadamente nosotras estábamos con Anselmo, quien sabía entenderse con esos tipos mal encarados  que no paraban de beber tequila a pico de botella y de arrear a la gente como si fuéramos un rebaño de ganado.

Durante tres días estuvimos en ese lugar, hacinados y casi sin alimentos, hasta que en la madrugada del cuarto nos montaron en un carro pequeño donde debimos acomodarnos diez personas.  A mí me tocó sentarme en el asiento de atrás y le dijeron a Anselmo, quien conocía el camino, que manejara aquel vejestorio rodante  que quemaba el aceite y parecía estar a punto de desarmarse en la curva siguiente.

Pero fue muy poco el camino recorrido porque de repente nos bañó una luz cegadora al tiempo que la voz proveniente de un altavoz  nos decía algo en inglés  que yo no entendía. Pero no hacía  falta hablar inglés para comprender que nos instaban a entregarnos. Fue entonces cuando Anselmo frenó, nos bajamos del carro, corrimos hacia la oscuridad, yo agarrada de la mano de Magdalena para no perdernos. Chocamos contra lo que parecía un árbol, yo me caí y cuando llamé a Magdalena la que me respondió fue la voz de Anselmo.   Magdalena desapareció, la capturaron los de “la migra” y cosa increíble, no nos veríamos de nuevo sino quince  años después, en mi primer viaje de vacaciones que hice a Colombia.

Pues bien, había perdido a Magdalena pero allí estaba Anselmo, quien se hizo cargo de una chica aterrada y temblorosa aún después de haberse marchado los hombres de la migra sin podernos capturar. Una vez más me ponía en manos de Anselmo, quien sabía qué hacer y cómo actuar ante la difícil situación en la que nos encontrábamos.

Lo primero fue quedarnos  quietos en medio de la oscuridad y esperar el amanecer. Luego abrir un hueco en la tierra para que no nos pudieran ver los de la migra. Toda una proeza si se tiene en cuenta que no teníamos una pala y nos vimos obligados a trabajar con un palo de punta afilada. De manera que durante el día permanecíamos sepultados en vida y de noche emprendíamos  la marcha haciendo a pie un recorrido que tendríamos que haber hecho  en el viejo carro  decomisado por los chicos de la migra. En esos días tan largos Anselmo me aleccionaba sobre cómo comportarse ante los agentes de la guardia fronteriza. Tú les dices que eres mexicana y que yo soy tu marido, me advertía, porque si te  expulsan no te mandan a Colombia sino a territorio mexicano. Estuvimos cuatro días cumpliendo ese horario extenuante sin  probar bocado ni beber agua, hasta que al tercer día  encontramos sobre una piedra un enlatado de atún medio mohoso que Anselmo abrió con su navaja suiza. Comimos y luego bebimos agua de un charco con tanta ansia que no nos importó que estuviera turbia.

Al día siguiente, cuando ya se ponía el sol y dejábamos el escondite para iniciar nuestra caminata nocturna, agobiados por la diarrea y el vómito,  apareció un helicóptero de la migra que nos descubrió. Pocos minutos después estábamos rodeados por los chicos del United States Border Patrol y yo, que me sentía morir, saludé con alivio su  llegada porque  intoxicados, ardiendo en fiebre, picados  de mosquitos y sin poder dar un paso más, ya lo nuestro no era una captura sino un rescate.

Me preguntaron de dónde era y yo, que había sido instruida por Anselmo, me declaré mexicana. Pero los interrogadores, sabiendo que muchos de los migrantes capturados se declaran mexicanos sin serlo, tenían un menú de preguntas sobre aspectos de la historia, la geografía y las tradiciones mexicanas que solo conocían los “meros meros” mexicanos. Conmigo se fueron por el lado de la alimentación y me preguntaron que era un molcajete. Obviamente yo no sabía que era el tal molcajete pero de  nuevo la intervención de Anselmo resultó providencial y en su inglés bien aprendido explicó que ese mortero de piedra, con tres patas,  utilizado desde la época prehispánica para triturar vegetales y granos, era un utensilio  que aun usaban  los habitantes del México rural, pero cuya existencia ignoraba la gente de las ciudades porque para esos menesteres se servía de la

batidora eléctrica. No quedaron muy convencidos pero al final me soltaron en territorio mexicano, aunque íngrima,  sola y lo peor, apartada de Anselmo.

A estas alturas cualquier mal pensado podría suponer que Anselmo y yo, en medio de tantos encuentros y desencuentros, nos habíamos convertido en amantes, lo que no ocurrió porque desde el principio le advertí, con mucho tacto, que lo quería como amigo. Y él, a contracorriente de la generalidad de los hombres, que rápidamente quieren cobrar en especies por los servicios prestados, se portó como todo un caballero, a pesar de que las circunstancias parecían empeñadas en juntarnos en las más insólitas circunstancias.

Pero mi situación era crítica porque no conocía a nadie y ya no me quedaban sino un par de dólares. Debía comenzar de nuevo y una vez más mi cara de desconcierto y desamparo le tocó el alma a un muchacho que también habían devuelto y de quien  me hice amiga durante los dos días en que nos retuvo la migra. Se llamaba Juan y me dio posada en la casa de su familia, en Matamoros. Allí recordé que durante las largas conversaciones con Anselmo él me había dicho que su familia vivía  en Guadalajara y entonces le pedí a Juan que lo buscara en el terminal de pasajeros  a ver si, de repente, operaba de  nuevo la magia y me reencontraba con mi ángel de la guardia. Una hora después llegó Juan acompañado de Anselmo, quien se estaba montando en el autobús con destino Guadalajara y se bajó cuando supo que lo yo lo necesitaba.

Volvimos entonces al río y comenzamos a desandar el camino, aunque pagándoles,  de nuevo, la tarifa estipulada a los coyotes.  Esta vez la plata había salido de los bolsillos de mi protector y yo me había comprometido que iría con él a Oklahoma, donde me conseguiría una chamba en la misma empresa donde él trabajaba y le pagaría por cuotas la deuda contraída con él. Pero a pocas horas de caminar, bajo un sol inclemente, le dije a Anselmo que estaba fundida, que saliéramos a la carretera y nos refugiáramos en una estación de servicio, algo que, nos habían advertido, era lo último que debíamos hacer porque la migra ejercía control permanente de estos lugares que atraían a los migrantes más flojos con sus baños limpios, la bebidas y la comida. Es decir todo lo que no tienen los indocumentados.

Pero tuvimos suerte porque llegó un señor que manejaba una camioneta cargada de naranjas y nos ofreció darnos el aventón hasta la ciudad de Corpus Christi, a unas dos horas de allí, siempre y cuando le pagáramos mil dólares por el servicio. Como no teníamos el dinero, Anselmo se comunicó con su jefe, en Oklahoma y este se comprometió a girarle la cantidad. Mientras tanto nosotros tendríamos que esperarlo en “un área de descanso”, es decir, una casa donde nos tocó dormir en el suelo junto con otras decenas de indocumentados tan cansados y mugrosos como nosotros.

Finalmente llegó el dinero, quedamos libres,  nos fuimos al terminal de pasajeros y tomamos el autobús para Oklahoma City, ya a salvo de la migra. Había logrado coronar mi sueño.

Roberto Giusti

Roberto Giusti nació en Rubio, Venezuela. Se graduó en la Universidad Católica Andrés Bello de Caracas, y tiene en su haber tres premios nacionales de periodismo.

En los años 90 cubrió para la prensa venezolana el derrumbe del imperio soviético.

Ha publicado doce libros.

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