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Gente que Cuenta

El eco,
por Getulio Bastardo

El eco Atril press
“En las noches de luna llena, decían, se escuchaban aullidos de perros que nadie veía, mezclados con sonidos que algunos juraban eran de lobos…”
Imagen generada por la IA

Aún no eran las seis de la tarde. El sol, ya inclinado hacia el horizonte, teñía la superficie del océano de amarillos, anaranjados y rojos, convirtiendo aquella hora crepuscular en un espectáculo de una belleza casi poética.

Un automóvil del último año, provisto de todas las comodidades y la tecnología que la época permitía, se detuvo en una explanada junto a la carretera. Desde allí se divisaba una extraña formación rocosa que ningún viajeros se atrevía a visitar. Se levantaba entre dos cerros que formaban una honda quebrada.

El conductor del vehículo era el mismo hombre que, muchos años atrás, recorría aquellos parajes en un humilde bote de remos. Ahora transitaba por el antiguo camino de mulas, recientemente rectificado y asfaltado, El paisaje había cambiado; él también. Sin embargo, ciertos recuerdos permanecían intactos.

Aquel lugar era conocido como la Cueva del Tigre, y los más viejos del caserío aseguraban que estaba encantado.

La enorme roca, horadada por el viento y el agua, mostraba aberturas que semejaban ventanas. Desde ciertos ángulos parecía un castillo incrustado en la ladera del cañón, vigilando en silencio el paso de los años.

Muy cerca de la cueva, casi olvidada entre la maleza, se   veía una cruz donde había caído Cayetanito. El tiempo la había desgastado.  El hombre la buscó con la mirada antes de dirigirse hacia la explanada.

Alrededor de esa cueva habían florecido innumerables leyendas. En las noches de luna llena, decían, se escuchaban aullidos de perros que nadie veía, mezclados con sonidos que algunos juraban eran de lobos, aunque en aquellas tierras jamás los hubo. Otros aseguraban haber visto un tigre entrar y salir por las oquedades de la roca, como si aquel extraño refugio fuera su morada desde tiempos inmemoriales.

Durante el día, en cambio, los muchachos del caserío se acercaban para desafiar el misterio. Desde la explanada lanzaban gritos hacia la montaña y el eco les devolvía sus voces, deformadas y lejanas.

El hombre hizo lo mismo.

No fue un simple grito. Comenzó a hablar en voz alta, haciendo pausas, como quien escucha antes de responder. A ratos sonreía; otras veces asentía con la cabeza. El eco devolvía fragmentos de sus palabras, y para quien se encontrara a pocos metros aquello sonaba como una conversación sostenida entre dos.  Nadie habría podido afirmar si era únicamente un juego de resonancias o un verdadero diálogo.

Pasaron algunos minutos. El hombre regresó al automóvil, cerró la puerta con suavidad y permaneció unos instantes mirando la roca, como despidiéndose de alguien.

Entonces giró hacia el adolescente que lo acompañaba cuya expresión mezclaba curiosidad y desconcierto.

—Estaba hablando con mi amigo —dijo con una serenidad que no admitía dudas.

El hijo lo miró sin comprender.

—Porque con los muertos también se habla… y, a veces, ellos responden.

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Getulio Bastardo Médico psiquiatra clínico, profesor universitario jubilado en Venezuela y activo en Perú, casado, con seis hijos y seis nietos. Soy un viejo feliz getuliobastardo@yahoo.com.mx

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