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Ya había dejado entrar a otras delicias, pero al rey no fue fácil conocerlo.
Tardé en apreciar el jamón ibérico. No fue amor al primer bocado. Me gustaban la ternura de su carne, el punto justo de sal y aquella grasa brillante cuyo aroma prometía tanto. Sin embargo, pequeños restos quedaban atrapados bajo la lengua y rompían el placer de cada loncha. Con el tiempo comprendí que el problema no era el jamón. Era yo. Quería conocerlo demasiado deprisa y lo masticaba más de la cuenta.
Después aprendí algo muy sencillo: no se conoce un alimento porque se haya probado alguna vez. Se conoce cuando encuentra un lugar en la propia mesa y en la propia memoria.
En España comprendí que habitaba el territorio del rey de los jamones. Quizá por eso necesité tiempo para entender que un buen jamón también enseña cómo debe comerse. Desde entonces prefiero acompañarlo con un buen pan. Me ayuda a apreciar mejor su textura y a dejar que la grasa se funda lentamente en el paladar.
Desde entonces ya no intento dominar cada bocado. Prefiero recibirlo. Quizá el buen jamón no pida más que eso: un poco de tiempo, un buen pan y la disposición de dejarlo hablar.
Tostadas con jamón ibérico, tomate y aceite
Tueste ligeramente dos rebanadas de un buen pan de barra del día anterior. Ralle un tomate maduro y mézclelo con aceite de oliva virgen extra y una pizca de sal gruesa. Sirva el tomate aparte y acompáñelo con unos 30 gramos de jamón ibérico loncheado, para que cada comensal prepare sus tostadas a su gusto.
Hoy sigo sirviéndolo del mismo modo: un buen pan, tomate recién rallado, aceite de oliva y el jamón. Lo demás lo pone cada comensal.