
Portada de la famosa revista alemana de arte y literatura Jugend (número 23), publicada el 6 de junio de 1896.
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Durante el breve recorrido casi no hablaron. Ella, siempre sonriente, le preguntaba por su oficio: —¿Dónde has estado con tu barco? ¿Qué países y puertos conociste? ¿Cómo es la vida a bordo? ¿Cuánto tiempo pasan en el mar y cuánto en tierra? ¿De qué parte del país eres?
El marino respondía con evasivas, no por timidez, sino porque aún no se recuperaba del susto del hombre de blanco.
Ella advirtió su turbación en la cortedad de sus palabras. Detuvo la moto, giró y lo miró de frente: —Tienes cara de asustado, como si hubieras visto un fantasma. Estás pálido.
Él le sostuvo la mirada sin atreverse a confesar la verdad: que sí estaba asustado y que sí creía haber visto un fantasma. Tampoco quiso negarlo. Se excusó diciendo que estaba exhausto y preocupado por el castigo que le esperaba al perder la partida de su buque.
La joven asintió con una sonrisa tranquilizadora: —Ya vamos llegando —dijo, reanudando la marcha.
El motor y los perros alertaron al dueño de la finca, quien salió al porche. Saludó con afecto a su sobrina y lanzó una mirada extrañada al pasajero.
—Tío, él es un marino que perdió su barco. Espera llegar a Marigüitar para embarcarse.
—Hoy no será —respondió el tío—. Ya no hay choferes. Mañana temprano, cuando vayan a comprar el pescado, lo llevarán. Por lo pronto, acomódalo y que venga a tomar un café con ron conmigo.
El joven aceptó la invitación y disfrutó con su anfitrión un café al que siguió un trago bien generoso. Concluidos los tragos, lo acostaron en una cama de los obreros.
La noche fue terrible, atrapado en un laberinto sin salida. El pueblo estaba a oscuras y no hallaba el muelle. Se adentró por callejuelas estrechas e intentó subir escalinatas empedradas, llegando a explanadas cerradas. Por momentos confundía la figura del hombre de blanco con la de la muchacha. «Esto es una trampa», pensaba.
A medianoche, sudoroso y con el corazón en un puño, despertó. Luego cayó en un sueño profundo y reparador, hasta que el ajetreo de la hacienda al amanecer lo devolvió al día.