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Si buscamos la palabra empresa en el diccionario de la Real Academia Española, la primera definición dice: “Acción o tarea que entraña dificultad y cuya ejecución requiere decisión y esfuerzo”.
Siempre me ha gustado esa definición.
Tal vez porque antes de abrir una taberna tuve que emprender muchas otras cosas: abandonar un país, atravesar una crisis, aprender de nuevo y volver a confiar en mis oficios.
Por eso, cuando levanto la persiana cada mañana, no siento que empiezo una jornada de trabajo. Siento que continúo algo que comenzó mucho antes.
Soy el primero en llegar.
Recojo los periódicos que el señor Félix ha dejado bajo la puerta. Desconecto la alarma. Enciendo las luces. Subo las persianas de los ventanales para dejar entrar la claridad del día. Cada estación trae la suya. El invierno llega con una luz gris y pausada; el verano con una alegría más abierta y luminosa.
Después barro el suelo, limpio los baños, repongo lo necesario para que todo esté dispuesto. Pongo música. A veces barroco. A veces jazz. O alguna tonada venezolana que me recuerde que uno puede pertenecer a más de una tierra sin dejar de ser uno mismo.
Luego preparo el primer café.
El mío. Ese que despierta el cuerpo y ordena la mente.
Mientras el agua hierve y la taberna termina de desperezarse, encuentro unos minutos para agradecer el nuevo día y prepararme para la tarea que me espera.
Me pongo el delantal, la bandana y entro en la cocina. Allí esperan las tortillas, las torrijas, las tapas y el resto de las tareas del día.
Pero esa primera hora, entre las ocho y las nueve, es algo más que trabajo.
Es un ritual.
Un tiempo para agradecer, reunir mis pensamientos y recordar que cocinar es una forma de cuidar.
Con los años he comprendido algo sencillo: mi hogar nunca fue un lugar concreto.
Ha sido el fuego, los libros, el café compartido, la mesa puesta y los oficios que me han acompañado de una tierra a otra.
Por eso, cuando la puerta se abre a las nueve de la mañana y entra el primer cliente, la taberna ya está despierta.
Y yo también.
Nutribol de la mañana
Un plátano cortado en rodajas; 150 gramos de yogur natural o kéfir, dos cucharadas de avena integral y dos de miel pura; una de uvas pasas; semillas de sésamo, chía, girasol y calabaza. Según la temporada, fresas, naranja o kiwi.
Mezclar y servir.
Nada extraordinario. Solo el primer combustible del día para quien tiene por delante una nueva empresa.