Gente que Cuenta

Biografía de un espantapájaros, por Victorino Muñoz

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Cândido Portinari,
El espantapájaros,
1959

Nuestro personaje comenzó en esto cuando estaba en la universidad. Pronto entró en contacto con los grupos estudiantiles, los que dicen ser dirigentes. Como todo el mundo, empezó siendo comparsa. A veces lo llamaban para ir a las reuniones. Escuchaba.

Había que dejarse ver y hacer saber que estaba con el partido. Después le dirían que él sería delegado de prevención estudiantil. Y ya no fue más a clases. Pero tampoco hacía falta; el asunto se resolvía, porque hay profesores de esos que te pasan la materia, porque también quieren ser directores de escuela y requieren del voto de los estudiantes.

Luego fue miembro del consejo, presidente del centro de estudiantes. Ya tiene doce años desde que entró a la universidad y nunca en realidad ha entrado, por lo menos no a un salón. Pero es amigo del decano y está todo el día en su oficina: se toma su café, desayuna con él y hasta le maneja un carro, que de repente un día es suyo, como en un cuento de hadas.

Ayuda en todo, sabe cómo hacer las cosas, cómo movilizar a los estudiantes para que cuando el decano hable parezca que tiene apoyo. Sabe cómo convencer a aquella de que apoye al otro, que más vale ser directora de algo que eterna aspirante. Y en estos años ha aprendido a parlamentar pero no a hablar: todavía dice estábanos y haiga.

Ha aprendido cómo tapar los huecos, que para hacer lo de uno hay que dejar que el otro haga; una mano lava a otra y las dos lavan la cara. Si yo no hablo tú tampoco; los dos ganamos algo y los demás son los demás. Un gran aprendizaje para su vida futura. Y un día lo gradúan, le dan el título.

De una vez sale de Concejal, porque siempre hace falta gente así. De Ingeniería no sabe nada, pero ocupará un puesto donde tendrá que decidir en asuntos que debió aprender en su carrera. Se entiende entonces, por qué cuando deciden, los políticos se equivocan cada mañana.

Y es que no aprenden más que esto, para poder jugar el juego: más que las reglas, las trampas. El político de oficio, del que pensamos tiene experiencia, ha pasado su vida en reuniones, haciendo alianzas y arreglos bajo cuerda, tramando intrigas, pensando en cómo escalar, así sea traicionando hoy a quien lo ayudó ayer.

Cada tanto lo veo: ahora usa saco y corbata. Es viceministro de yo no sé qué. Una vez hasta fue mi jefe. En una reunión me quiso regañar. Yo le pregunté si de verdad él conocía el asunto del que me hablaba. Como no sabía, se calló y no dijo nada. Por lo menos aprendió algo bueno; cuándo callar.

Pero como todo, lo hace por conveniencia, para no quedar mal ni con Dios ni con el diablo y seguir siempre avanzando en su causa personal. Porque para el buen político, él mismo es su bandera, aunque se abrazaría con cualquiera si esto hiciera falta.

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Victorino Muñoz
valenciano, autor de Olímpicos e integrados, ganador del Concurso de Narrativa Salvador Garmendia del año 2012 y Página Roja, publicado en la colección Orlando Araujo en el año 2017.
rvictorino27@hotmail.com
Twitter:@soyvictorinox
Foto Geczain Tovar

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