
La fiesta de bodas, 1905
Fuente: https://www.wikiart.org/
Mi madre, una mujer práctica y divertida, solía decir que “el amor es ciego pero el matrimonio le devuelve la vista”.
Sin embargo, celebró con mi papá casi sesenta años de feliz “ceguera”.
El tema viene a colación pues esta semana que pasó tuve el inusual placer de “infiltrarme” en por lo menos ocho bodas.
Bueno, quizás el término no sea el más preciso pero el hecho es que me tocó ser testigo de múltiples ceremonias nupciales, allá en el resort caribeño donde tuve el placer de vacacionar esta semana.
Desde mi tumbona playera, vinito en mano, pude ver todos los detalles: la elaboración de los arreglos florales, la colocación de las luces y mesas, ensayos de la música, el momento en que los invitados comenzaban a llegar.
Debo decir que me trajo dulces reminiscencias de mi propia boda, allá en un pueblito de pescadores en la costa de Venezuela.
El novio, elegante y nervioso, esperando a su amada.
Ella de blanco, sonrisa radiante, corazón acelerado.
Miradas cómplices y al final las palabras más esperadas…los declaro marido y mujer.
Beso, aplausos, descorche de burbujas, felicidad.
Emociona sentir que el amor persiste.
Recordé la “Piedra del Sol”, Octavio Paz, “…el mundo cambia si dos se miran y se reconocen…”
Y aquel poema de Francisco Luis Bernárdez, “Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida…es advertir en unos ojos, una mirada verdadera que nos mira…es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía…”
Lo admito, soy una romántica incorregible, espero no se empalaguen con estas edulcoradas líneas.
Deseo que, todas esas parejas a quienes presencié dándose el “sí quiero”, sean muy felices y que a pesar de lo que decía mi mamá, ese amor ciego nunca, nunca recupere la vista.
Desde mi palco soleado, cada tarde alcé mi copa por los novios, envuelta en brisas salobres, murmullos de mar, recuerdos…