
imagen generada por la IA
Hay una plaza cerca de aquí donde los jubilados pasan las mañanas como si el tiempo fuera una sustancia que hay que gastar con cuidado, en pequeñas dosis. Algunos alimentan palomas con una generosidad que nunca tuvieron con sus subordinados. Otros juegan a las cartas en mesas de cemento, con la concentración de quien alguna vez firmó contratos importantes. En el bar de la esquina, un grupo ocupa las mismas sillas todos los días, con una fidelidad que sus empleos nunca merecieron. Beben despacio. Hablan de lo que ya pasó.
Entre ellos hay uno que no bebe.
Se llama Esteban, o algo parecido — en realidad, el nombre importa menos que sus manos. Está sentado con los demás, comparte la mesa y el aire de la tarde, pero está en otro lado. Mientras los otros gesticulan con los vasos, él escucha con esa quietud de quien tiene adónde volver. Sus compañeros no lo entienden del todo. Nunca entendieron bien qué hace en el garaje todas las mañanas, qué significa eso de meter una escalera dentro de una botella. Pero lo respetan. Hay algo en él que no pide permiso para ser lo que es.
Fue él quien me lo contó, sin presumir, casi de pasada: que puede construir una escalera en espiral dentro de una botella de vino, con herramientas que él mismo diseñó, con una paciencia que no aprendió de nadie. Me mostró una fotografía en el celular — la madera clara, los peldaños perfectos, el vidrio verde alrededor como una pecera del tiempo. Le pregunté cómo. Sonrió de esa manera que tienen los que saben hacer algo que los demás no pueden imaginar.
Me invitó a su garaje. Voy a ir.
Pero mientras tanto me quedo con esa imagen del bar, con ese grupo de hombres que fueron algo y ahora son esto, y no sé bien qué pensar. No quiero ser cruel — la crueldad es fácil desde afuera. Pero a veces me pregunto qué queda de una vida cuando se le quita el trabajo que la organizaba, la urgencia que la justificaba. Las palomas comen. Las cartas caen. El vino se acaba y se pide otro.
Esteban, en cambio, vuelve a su garaje. Dentro de una botella, una escalera sube hacia ninguna parte. Y eso, por razones que no sé explicar del todo, me parece suficiente.