
Imagen generada por la IA
Nos ocurrió en uno de esos viajes a Arequipa. Fuimos a un restaurante donde se ofrecía una degustación de varios platos. No se trataba de sentarse a comer y esperar el siguiente servicio. Allí, cada preparación tenía su propia historia.
Una anfitriona, uniformada, amable y muy simpática, se encargaba de presentar cada plato y narrar su origen o el significado de los elementos que lo acompañaban. La comida llegaba a la mesa como una pequeña representación, cuidadosamente dispuesta para que también los ojos participaran en la experiencia.
Los platos se adornaban con piedras, conchas marinas y ramitas de vegetales secos, elegidos de acuerdo con la historia que se contaba. Aquellos elementos, que en otras circunstancias podrían haber parecido simples adornos, adquirían allí un sentido particular. La presentación sugería que cada preparación tenía algo que contar y que, para comprenderla mejor, no bastaba con probarla: también había que escucharla.
Uno de los relatos me llamó especialmente la atención. Se refería a la chicha de guiñapo, una bebida tradicional elaborada a partir de maíz germinado, vinculada a antiguas costumbres andinas. Según la explicación que acompañaba la presentación, en los tiempos preincaicos el acto de consumir bebidas fermentadas a base de maíz trascendía la mera satisfacción de la sed. La chicha servía también para reafirmar los vínculos entre las personas y su comunidad.
La palabra comunión adquiría así un sentido que iba más allá de lo religioso. Compartir la bebida era participar de una tradición colectiva, reconocerse como parte de un grupo y mantener vivos ciertos vínculos que el tiempo no había conseguido borrar.
La ilustración que acompañaba aquella explicación mostraba el cáliz de chicha de guiñapo y señalaba, entre sus elementos, los frutos rojos y la hierbabuena. La imagen y el relato me hicieron pensar en cuánto puede esconderse detrás de algo que, a primera vista, parece tan sencillo como una bebida servida en una copa.
A menudo comemos sin preguntarnos de dónde vienen los alimentos, qué costumbres los acompañaron antes de llegar a nuestra mesa o cuántas generaciones participaron en la creación de una receta. La gastronomía tradicional conserva, a su manera, una parte de la memoria de los pueblos. En sus ingredientes, en sus procedimientos y hasta en la forma de servirlos pueden sobrevivir fragmentos de una historia antigua.
Aquella degustación fue, por tanto, algo más que una sucesión de platos. Fue una aproximación a la cultura andina, a sus tradiciones y a esa relación entre alimento, celebración y comunidad que ha acompañado a los seres humanos desde tiempos remotos.
Y así, entre vuelos, cafés, reuniones familiares y sabores que cuentan historias, confirmé una vez más que viajar ofrece placeres que van mucho más allá de conocer lugares nuevos. También permite reencontrarse con los afectos, descubrir costumbres y escuchar relatos que nos acercan a otras épocas.
Al final, uno regresa a casa con algo más que fotografías o recuerdos de una buena comida. Se lleva pequeñas historias que, quién sabe, quizá algún día terminen convertidas en un relato.
Porque viajar, para quienes disfrutamos de ello, no consiste solamente en llegar a un lugar. Consiste también en aprender a mirar, en dejarse sorprender y en descubrir que, incluso alrededor de una taza de café o de un plato servido a la mesa, puede esconderse una historia digna de ser contada.