Moscow rules,
por José Manuel Peláez
Manolo me invitó a sentarme e hizo lo propio mientras cerraba un libro y se quedaba mirando la pared con aire ausente. No me gustan los silencios y rápidamente me puse a buscar en qué perder el tiempo. Sobre el apoyabrazos del sillón encontré un ejemplar de “El topo” de John Le Carré, uno de los novelistas de espionaje más reconocidos. Hacía unos años, en una debilidad de mi amigo, me confesó que siempre quiso ser espía porque era una encantadora manera de descubrir secretos y lo secreto siempre es fascinante. Pero ser espía también era peligroso y Manolo apreciaba mucho estar vivo y completo.
- ¿Sigue pareciéndote bueno? — le pregunté señalando el libro.
- Cada vez que lo leo me hace pensar en algo nuevo… ¿puede haber algo mejor?
En esta última lectura, Manolo se había topado otr...






