
Imagen generada por la IA
En un jardín húmedo, donde la tierra olía a bosque recién despertado, vivían dos pueblos antiguos: el Pueblo de los Caracoles con Casa y el Pueblo de los Caracoles sin Casa, también llamados babosas.
Los caracoles con casa avanzaban como si midieran el mundo con una regla invisible. Llevaban sobre la espalda una espiral perfecta, una biblioteca mineral donde cada vuelta guardaba un recuerdo.
Las babosas, en cambio, caminaban desnudas. No tenían armadura, ni biblioteca, ni escudo. Pero tenían algo que los caracoles envidiaban: libertad absoluta.
Una noche, una babosa joven preguntó a un caracol anciano:
—¿Por qué ustedes llevan casa y nosotros no?
El caracol respondió:
—Porque hace miles de años, cuando el mundo era nuevo, todos teníamos casa. Pero algunos decidieron que la casa era demasiado peso para la vida que querían. Y la dejaron atrás. Desde entonces, ustedes son nuestros hermanos sin armadura.
La babosa miró su cuerpo brillante, su piel suave, su libertad.
—Entonces somos familia.
El caracol sonrió con esa sonrisa lenta que solo tienen los que conocen el tiempo.
—Somos la misma historia contada de dos maneras.