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Manolo me invitó a sentarme e hizo lo propio mientras cerraba un libro y se quedaba mirando la pared con aire ausente. No me gustan los silencios y rápidamente me puse a buscar en qué perder el tiempo. Sobre el apoyabrazos del sillón encontré un ejemplar de “El topo” de John Le Carré, uno de los novelistas de espionaje más reconocidos. Hacía unos años, en una debilidad de mi amigo, me confesó que siempre quiso ser espía porque era una encantadora manera de descubrir secretos y lo secreto siempre es fascinante. Pero ser espía también era peligroso y Manolo apreciaba mucho estar vivo y completo.
– ¿Sigue pareciéndote bueno? — le pregunté señalando el libro.
– Cada vez que lo leo me hace pensar en algo nuevo… ¿puede haber algo mejor?
En esta última lectura, Manolo se había topado otra vez con el concepto de las “Moscow Rules”. Una especie de manual no escrito sobre técnicas de supervivencia para espías occidentales que operaban en Rusia durante los años de la Guerra Fría. Espiar para Occidente en territorio ruso era aprender a sobrevivir en un entorno absolutamente vigilado. Las “Moscow Rules” enseñaban que el enemigo era inteligente, paciente y omnipresente y, para eludirlo, era necesario adoptar medidas como: no confiar en nadie, no hacer el mismo camino dos veces, suponer que te veían siempre, saber que nadie es lo que parece y que si algo es demasiado fácil puede ser una trampa.
– El espionaje ya no es lo que era — dijo Manolo comenzando a explicarse —. Ya no funciona con personas/espías. Ahora son dispositivos. Antes se espiaban las potencias entre sí, ahora todos nosotros somos espiados y ni siquiera sabemos exactamente por quién, pero al segundo de quedarnos viendo una página web sobre Mallorca nos lloverán ofertas de viajes, hoteles y alquiler de vehículos en la isla.
– Ya no hay secretos, Manolo.
Manolo se lamentaba y se preguntaba si no sería posible establecer una especie de “Moscow Rules” para mantener nuestra privacidad. Entonces nos pusimos a inventar cómo no dejar rastros en las redes, cómo multiplicar las contraseñas o fragmentar nuestra información para que nadie la tenga completa, cómo recordar que todo puede ser hackeado, que toda identidad puede ser falsa y que los algoritmos nunca duermen. Sabíamos que sería inútil, pero nos divertimos.
– Claro que la otra posibilidad — Manolo dejó unos segundos de suspenso — es no tener nada que esconder.
Nos reímos y seguimos inventando nuestras “Moscow Rules”.