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El sendero I
El sendero II
El sendero III
El bosque fue abriéndose hasta desembocar en una gran pradera.
El sol ya estaba alto y el calor hacía temblar el aire sobre la hierba. A lo lejos, varios bisontes pastaban desperdigados. Uno de ellos se había separado del grupo y avanzaba hacia el sendero.
Nos detuvimos.
El bisonte caminaba sin prisa, con la cabeza baja y los hombros enormes balanceándose a cada paso. Llegó hasta una franja de tierra desnuda que atravesaba el prado. No era un camino hecho por personas, sino una de esas sendas estrechas que los animales abren al pasar una y otra vez por el mismo lugar.
El bisonte puso una pata sobre ella.
—¿Sabes adónde conduce? —le pregunté.
—Sí.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque la he caminado.
—Pero alguien tuvo que descubrirla la primera vez.
El bisonte alzó la cabeza.
—La primera vez solo conoces la dirección. El camino aparece después.
Avanzó unos pasos.
—Los humanos creéis que comprender algo significa haber llegado. Comprendéis la paciencia y seguís siendo impacientes. Comprendéis que debéis cuidar a quienes amáis y, sin embargo, olvidáis llamarlos. Comprendéis el miedo y continuáis huyendo de él.
—Entonces comprender no sirve de mucho.
—Sirve para orientar el primer paso.
El bisonte hundió una pezuña en la senda.
—La cabeza aprende en un instante. Las patas necesitan recorrer el mismo terreno muchas veces.
Miré el camino marcado en la hierba.
—¿Y si todavía no me siento preparado?
—Las patas tampoco esperan a sentirse preparadas.
El bisonte cruzó lentamente frente a nosotros. Durante unos minutos nadie pudo seguir avanzando. Permanecimos allí, compartiendo el silencio de la pradera, hasta que el animal se alejó lo suficiente y volvió a reunirse con la manada.