Gente que Cuenta

Dejad que los lugares vengan a mí – José Manuel Peláez

François-Louis Schmied
Montañas y rebaños de cabras en Ítaca. Objeto precioso del tesoro ofrecido a Ulises por los fecios, quienes lo depositan en la orilla de Ítaca. 1928

Hay muchos concursos de televisión con diferentes estilos, dificultades y niveles de sospecha de amaños, pero si en algo se parecen es en lo que la mayoría de los concursantes piensa hacer con el premio que todavía no han ganado: viajar.

Este deseo se manifiesta también cuando nos ponemos a hacer planes con una hipotética herencia, con el premio gordo de la lotería o con el golpe de suerte al que nos creemos merecedores. Seguro que en el reparto de esa fortuna contemplamos un gran apartado para los viajes. Nombres exóticos y lejanos acuden a nuestra imaginación y al final tenemos una agenda difícil de cumplir.

¿Cuál es el motivo de tanto sueño viajero?

Desde alejarnos de nuestra vida cotidiana hasta soñar con convertir nuestros sueños en realidad, caben infinitas explicaciones. Pero, a efectos de simplificar las cosas, usemos la respuesta más común: queremos viajar porque nos gusta conocer.

El asunto parece simple, pero todo depende de lo que llamemos “conocer”.

Los tours organizados para visitar 15 capitales en 14 días quizás dejen la ilusión de que conocimos esas capitales, pero ese viaje se parece más a una carrera en patineta por el Louvre en la que no pudimos captar la sonrisa de la Mona Lisa ni el alado poder de la Victoria de Samotracia porque las vimos como quien ve pasar los árboles cercanos desde la ventanilla de un tren bala a máxima velocidad.

Conocer un lugar requiere tiempo, silencio y atención.

Un actor muy respetado me contó que fue a Grecia para respirar (conocer) el espíritu griego al que tanto le debe el teatro y después de pasearse por la Acrópolis y el teatro de Epidauro se sentía todavía insatisfecho. Entonces, una tarde, acostado bajo una vid esperando el atardecer en una de las islas griegas, se dio cuenta que con tan solo esforzarse un poco podía alcanzar las uvas, morderlas y volverse a acostar con el dulce sabor en la boca y la mirada en el sol crepuscular colándose entre las hojas. Ese día, mi amigo sintió el espíritu griego de amor a la luz y a la vida. Al día siguiente se marchó convencido de que había conocido Grecia.

Conocer un lugar es darnos la oportunidad de experimentarlo y eso es válido desde el monumento más espectacular hasta una sencilla vivencia como la de mi amigo el actor.

Si vamos a viajar para conocer, comprendamos que no solo se trata de ir a un lugar, también se trata de que el lugar venga a nosotros.

José Manuel Peláez
Profesor universitario de Literatura del Renacimiento y Teatro Contemporáneo. Escritor de ficción para cine, televisión y literatura especialmente policial. Ha creado y dirigido Diplomados de Literatura Creativa y mantiene cursos virtuales relacionados siempre con la Narrativa.
 
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