Gente que Cuenta

El oficio de narrar lo festivo – Mayte Navarro

Ana Mercedes Hernández Pesquera de Bellorín
Sociales y personales

El periodismo, como cualquier otra profesión requiere de dedicación y de ética. Muchos son los periodistas que han dejado su vida escribiendo una noticia, de allí que sea considerada en algunos lugares, donde la democracia no funciona, como una profesión de alto riesgo. Pero no todas las fuentes que cubre un periodista suelen ser tan peligrosas, aunque las que parecieran no poner en vilo la vida de quien escribe también puede originar sus dolores de cabeza.

Cuando nos referimos a los redactores de la fuente rosa, algunos dejan entrever un sonrisa de sorna por considerar que solo son unos chismosos. Sin embargo, eso no es cierto. Los hay y muy serios, que gracias a sus crónicas se ha redactado esa historia minúscula y cotidiana que resulta tan necesaria para entender  a un país y a una sociedad.

En Venezuela, a mediados del siglo XX el periodismo de Sociales comenzó a tomar forma. Diarios como El Universal y El Nacional, los más importantes hasta comienzos del siglo XXI, dedicaron una sección a la vida social de Caracas y salir en esas páginas no sólo era un prestigio sino también un escalón al éxito. Esa narración exigió de profesionales con memoria, que tuviesen la discreción al observar y a la hora de seleccionar una fotografía para no cometer imprudencias e incluso hacer pasar un trago amargo a algún señor al aparecer en las páginas con alguna dama que levantara celos en el caso de ser casado o encontrarse comprometido.

Si algún caballero se olvidaba de la corbata recibía el castigo de la tijera, que más de una vez hizo  las veces de photoshop

Aunque en ese segmento abundaron los hombres hay una dama que es toda una referencia de esa época,  se llama Ana Mercedes Hernández Pesquera de Bellorín, quien por más de 50 años estuvo al frente de las  páginas Sociales de El Universal y firmaba la columna que se titulaba Sociales y Personales, un verdadero recuento del quehacer  familiar y cotidiano del caraqueño.

Para aquel entonces  salir de viaje era un acontecimiento que ameritaba despedidas y bienvenidas que ella sabía escribir sin abundar en lo íntimo pero destacando el periplo de los viajeros.

Los bautizos o cualquier otra celebración servían como excusa para revelar la alcurnia de las amistades, pero la señora Bellorín no colocaba calificativos que pudieran originar suspicacias. En aquellas páginas escritas con minucioso cuidado para que no se escapara un adjetivo que originara disgustos se mostraba como las familias se iban relacionando a través del matrimonio.

En un tiempo en que no había WhatApps ni Internet para comunicarse con los anfitriones de un sarao todo se hacía observando y anotando en las famosas libreticas blancas que cabían perfectamente en la cartera de noche, convirtiéndose en el tesoro más preciado para el periodista.

La vida política también tuvo su capítulo festivo y más de una recepción presidencial se describió con detalle. Aquí no sólo los nombres estaban bajo la lupa, también los cargos se revisaban exhaustivamente. Si algún caballero se olvidaba de la corbata recibía el castigo de la tijera, que más de una vez hizo  las veces de photoshop.

Ana Mercedes era quisquillosa por eso hizo del teléfono su gran aliado, además era el único instrumento tecnológico que en aquellos tiempos se utilizaba. La Guía telefónica, especie de libro biblia, permitía descubrir el número  de algún invitado y así chequear su nombre.

Eran tiempos de la cuartilla, con su triste color amarillento que se iba llenando a media mañana con la reseña y las leyendas cuyo número debían coincidir con el que se colocaba en la parte posterior de las fotos impresas  en blanco y negro.

En esas hojas tamaño carta, Anita las fotocopiaba y se las llevaba a su casa para darle una nueva leída y evitar así que algún gazapo le hiciese una mala jugada. Si encontraba un error llamaba a los talleres,  donde se encontraba la rotativa para que se corrigiese de inmediato.  Esa noche se hacía más larga y al día siguiente, sin mucho preámbulo y con el corazón en la boca, se revisaba la página. La paz volvía al cuerpo. Todo estaba correcto.

Hoy Anita Bellorín, a sus 91 años, ya no puede compartir esos recuerdos de una vida dedicada al periodismo de Sociales. Esa neblina invisible que se encarga de limpiar la mente como si del  Uninstaller se tratara, ha ido desinstalando su memoria. Pocos quizás la recuerden por ser de su misma generación, pero en ese historial archivado en alguna carpeta está su trabajo y esa historia diaria de la ciudad.

Mayte Navarro.
Comunicadora Social egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, Caracas. Ha ejercido el periodismo en galerías de arte, en el diario El Universal, mantiene el espacio Madame Glamour en el programa radial Las entrevistas de Carolina. Escribe de moda, arte y estilo de vida.
mayte.navarros@gmail.com

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