Gente que Cuenta

Empresario protegido,
por Alfredo Behrens

George Grosz Atril press
George Grosz,
Pelea callejera, 1934

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      En un bar pintoresco, sobre una calle empedrada, dos hombres se quejaban mientras tomaban sus cervezas. Pablo, un hombre corpulento, con el rostro curtido, se lamentaba: “¿Puedes creerlo, compadre? Compré este móvil al vendedor de la otra calle, ¡y venía sin cargador!”

Gustavo, su compadre, asintió con simpatía, compartiendo su propia queja. “Tuve un encontronazo con él la semana pasada. ¡Me vendió un reloj que dejó de funcionar después de un día! Deberíamos darle unos golpes, pa’que aprenda.”

Sus murmuraciones atrajeron la atención de otros en el bar. Uno esbozó una explicación: “es una cuestión de amperes”, dijo. “Qué Pérez ni qué nada! ¡Se llama Diego el sinvergüenza!”  Fue cuando otro malandro en la barra, escuchando su conversación, se inclinó hacia adelante, y dirigiéndose a los dos dijo “Si están hablando de ese viejo sinvergüenza, les doy la razón. Diego es escurridizo como una anguila.”

Pablo y Gustavo intercambiaron miradas, y picados por la curiosidad. “¿Qué sabes tú de él?” preguntó Pablo.

El malandro encogió los hombros, pero sonrió como quien sabe mucho. “Diego ha estado haciendo estas travesuras durante años. Pero hay un grupo de nosotros dispuesto a darle un basta. Hemos estado reuniendo pruebas, planeando enfrentarlo.”

Animados por la perspectiva de justicia, Pablo y Gustavo se unieron a otros parroquianos quejosos. Idearon un plan para confrontar juntos a Diego, armados con sus quejas y evidencias del engaño.

A la nochecita siguiente, mientras Diego montaba su puesto de calle, con la luz ya menguante, fue recibido por un grupo determinado que, empuñando recibos, exigía respuestas. Ni sorprendido, Diego, señalándoles, le dijo al policía que le acompañaba que estos eran los bravucones que le amenazaban con extorsiones. Con lo que llovieron palos sobre las cabezas de los parroquianos incautos. Adoloridos, además de insultados, tuvieron que retirarse a sus casas donde sus mujeres cuidaron de sus chichones.

Al día siguiente fueron el hazmerreír del resto de los parroquianos en el bar. Pero fue demasiado para aguantarlo. Convencidos de que alguien del bar los había delatado, nuevamente juntos y ahora armados de las sillas del bar, avanzaron sobre los burlones al grito de “¡¡Muerte a los infiltrados!!” El primero a caer fue el tal del Pérez.

Fue una de las mayores trifulcas que se vieron en el bar, tanto, que el dueño llamó a la policía que repartió palos por todas las cabezas. Salían todos magullados, cuando fueron sorprendidos por Diego, quien ahora había montado su puesto frente al bar, y que, con aire burlón, vendía cargadores para móviles, baterías para relojes y árnica para magulladuras.

Alfredo Behrens Atril press
Alfredo Behrens es PhD por la Universidad de Cambridge, ha sido profesor de Liderazgo para grandes escuelas de negocios y publicó o fue premiado por las universidades de Harvard, Princeton y Stanford. Tiene cuatro hijas, y con su mujer Luli Delgado vive en Oporto, Portugal, desde 2018. Algunos de sus libros pueden ser comprados a través de Amazon.
alfredobehrens@gmail.com

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