Gente que Cuenta

En una ciudad y en la otra ciudad –  Felipe González Roa

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Mosaico del siglo I hallado en Pompeya que representa a la Academia de Platón. Actualmente en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Con una precaria mascarilla, que a duras penas le cubría la boca y la nariz, el hombre caminaba entre los autos detenidos en uno de los semáforos de la avenida Luis Roche de la caraqueña urbanización Altamira.

De estatura media, piel arrugada, cabello canoso y las manos temblorosas, con ropa gastada por el pasar de los años, lo que más destacaba de este hombre era la mirada, en la que mezclaba la tristeza y la desesperación.

En sus manos el hombre llevaba la caja vacía de una medicina, seguramente necesaria para su salud. El hombre pedía dinero, una limosna tal vez esencial para mantenerse con vida.

El semáforo, que estaba en rojo, pronto cambió al verde. Los conductores aceleraron los motores, los autos avanzaron impasibles, mientras ese hombre quedaba atrás, empequeñecido en el espejo retrovisor, con su caja vacía y sin el medicamento.

Aún en las polis más pequeñas, decía Platón, se podían hallar dos ciudades, permanentemente enfrentadas: la ciudad de los ricos y la ciudad de los pobres. La primera, de los privilegiados, la de aquellos que pueden darse todos los gustos y no sufrir privaciones; la segunda, la de los excluidos, la de los que viven sometidos a las penurias y el maltrato.

Es en esa ciudad de los pobres donde está el hombre entre los semáforos.

Hace dos años, cuando el mundo se estrelló contra la pandemia, muchos eran los llamados a permanecer en casa. En televisión muchos personajes, entre personalidades y famosos, sonreían sentados en un hermoso jardín, frente a una encantadora piscina. Por supuesto, no lo hacían con la más mínima mala intención, pero qué difícil debe ser tener que sortear un mortal virus dentro de una casucha que se derrumba.

En la ciudad de los pobres no todos pueden aguardar con paciencia.

Hubo una vez un presidente de un país democrático que hizo de un muro su bandera electoral, la promesa de tener a todos los inmigrantes alejados de su territorio. En otros países muchos otros gobernantes los empujan hacia rejas y hasta son capaces de utilizarlos como simples piezas de disputas geopolíticas.

Pero en esos mismos países las miradas voltean a otro lado cuando llegan repentinos millonarios, provenientes de tierras muy lejanas, con el deseo de comprar villas y palacetes. Realmente la inmigración nunca ha sido problema, el problema es que los inmigrantes son casi siempre pobres.

En la ciudad de los pobres no todos tienen hogar, no todos son bienvenidos.

En otros lugares, más cerca de lo que muchos creemos, aparecen los pupilos aventajados de los aprendices de brujos, aquellos que enamoran y seducen, que ofrecen y prometen lo profano y lo divino, para inmediatamente olvidarlo y seguir engordando.

En la ciudad de los pobres todos creen que los pueden engañar.

Estas líneas no pretenden convertirse en un panfleto reivindicador de la demagogia ni alentar resentimientos, ni siquiera apuntar el dedo hacia pretendidos culpables. Simplemente buscan que el desocupado lector reflexione por unos minutos y busque lo que tal vez puede ser el origen de muchos (todos los) problemas.

Sólo recordar que en un mundo desigual la lucha se debe dar es para reducir las diferencias

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Felipe González Roa es periodista, con 17 años de experiencia en la cobertura de la fuente judicial y de derechos humanos. Escribió para periódicos como El Universal, Notitarde de Carabobo y El Tiempo de Puerto La Cruz. Es especialista en Opinión Pública y Comunicación Política, y actualmente es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila
Jfelipegr@gmail.com

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