Gente que Cuenta

Ídolos rotos del deporte, por Victorino Muñoz

Jim Abbot
“Yo sólo espero que un día no digan que en realidad a Jim Abbot no le faltaba una mano”.

Encumbrar ídolos es algo que hacemos, aunque no sabemos bien por qué. Dejo a otros la infausta tarea de indagar por tales razones. Me importa, aquí y ahora, dar fe de un hecho fundamental: con la misma rapidez con que subimos a alguien en un pedestal, lo bajamos y lo echamos al olvido.

Ahora, esto no es tan difícil en el mundo del deporte. Y claro, es que ellos mismos a veces no ayudan. Algunos por escasa formación académica, o porque se les sube a la cabeza la marea del éxito, la mayoría cae en actitudes y comportamientos que les criticarán mañana los que los alaban hoy.

Tal vez esperamos de los ídolos en el deporte un comportamiento correcto y muy moral, respetuoso de las normas ciudadanas y todo eso, tomando en cuenta que han vencido en el mundo del deporte respetando las reglas de los mismos. Creo que aquí está el quid de la cuestión: no siempre son tan honestos compitiendo.

De una persona que metió un gol con la mano y, gracias a ello, en parte, ayudó a que el equipo de su país ganara un mundial, ¿debería extrañarnos que haya sido un consumidor de drogas que jugaba fútbol en sus ratos sobrio? De un beisbolista que consume sustancias para elevar su rendimiento, ¿cabe esperar que no le sea infiel a la mujer?

Con todo, yo también he tenido mis ídolos del deporte y también se me han caído, rompiéndose en mil pedazos, con gran estrépito, dolor y tristeza. Uno de ellos fue Lance Armstrong, de quien se dice que no sólo triunfó en una de las competencias más exigentes, sino que fue capaz de vencer el cáncer, con los mismos recursos con los que llegó a la cumbre del deporte mundial: pedaleando. Pero, ya se sabe qué pasó con él: todo el asunto de los esteroides, lo de la bicicleta con el motorcito…

Otro era Óscar Pistorius. Nada más sobreponerse al hecho de nacer sin piernas y llegar a ser un corredor de talla olímpica es algo que le para los pelos a cualquiera. Pero, también hay un pero: se puso violento y le dio por practicar tiro con su novia. Lo peor fue que acertó: dio justo en el blanco.

Por ahora me queda un solo ídolo: Jim Abbot. Como se sabe, él nació sin una mano. Lo que no le impidió lanzar en el béisbol de las Grandes Ligas. Si hubiera sido corredor o futbolista lo admiraría; pero, ¿beisbolista?, ¿sin una mano?, ¿de paso pitcher? Es algo que no deja de sorprender. Yo sólo espero que un día no digan que en realidad a Jim Abbot no le faltaba una mano, sino que todo era un truco de cámara. Sería demasiado para mí.

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Victorino Muñoz
valenciano, autor de Olímpicos e integrados, ganador del Concurso de Narrativa Salvador Garmendia del año 2012 y Página Roja, publicado en la colección Orlando Araujo en el año 2017.
Foto Geczain Tovar

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