Gente que Cuenta

La del Pirata Cojo – Luis Alfonzo

Leonardo Da Vinci
Estudio de pierna humana
1506 – 1507

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Entre los conceptos que damos por ciertos e irrebatibles, aunque con deshonrosas excepciones, están la redondez de nuestro planeta y su danza giratoria alrededor del sol. Un poco más cercano a nuestro patio interior, tenemos la convicción de que nuestra sangre circula a lo largo y ancho de todo nuestro cuerpo, a través de un intrincado sistema de vías comunicantes, el cual tiene como centro y motor, a nuestro corazón.

Sin embargo, esto no fue siempre así, Galeno y una pléyade de sabios que le sucedieron, sostuvieron durante cerca de 1.500 años, diversos e imaginativos mitos y creencias respecto a cómo era el comportamiento dinámico de la sangre. Pero hace 400 años, William Harvey presentó ante el mundo las evidencias de que la sangre circulaba por el interior de venas y arterias, siguiendo una ruta predeterminada y fija, impulsada por el bombeo generado por la contracción del músculo cardíaco.

En la escuela primaria, aprendemos entonces los componentes del sistema circulatorio, junto con otros sistemas, como el respiratorio o el digestivo, como quien se aprende las líneas del metro de cualquiera de nuestras ciudades. Quienes optamos por estudiar medicina, pasaremos de hojear las láminas coloreadas de los textos, a la confrontación con el objeto real del conocimiento, en las salas de disección del Instituto Anatómico, hojeando entonces las sucesivas capas de los tejidos que componen la topografía del cuerpo humano, aprendiendo los nombres en latín de las distintas estructuras, sus relaciones e inserciones, en la frialdad del cubículo de acero y porcelana, envuelto en los aromas del más exquisito formaldehido.

Esto ocurre en el primer año de la carrera, el cual, al ser diseccionado en semestres, comprime de manera análoga a los camiones compactadores de la basura urbana, nombres, estructuras, relaciones e inserciones y olores, en un acordeón amalgamado de conocimientos efímeros, que se despliega por arte de magia en la inolvidable ocasión de los exámenes orales. Una vez superado el trance del interrogatorio y obtenida la aprobación del jurado, se suele depositar el conocimiento en algún rincón del ático de la memoria, por si acaso hiciera falta en el futuro, o sencillamente, por olvido.

Los exámenes orales forman parte del sistema operativo tradicional de la formación de los médicos y se constituyen en férreas alcabalas, especialmente en las materias clínicas. El examen final de Anatomía I, oral por supuesto, cabeza, cuello y miembros inferiores. Trasnocho previo, revisando los múltiples agujeros que contiene la base del cráneo, la complejidad de las estructuras óseas, musculares, nerviosas y vías comunicantes de sólidos, líquidos y gases, que componen el cuello, y luego, pasamos al repaso de los miembros inferiores. La carrera contra el reloj. No dan los tiempos, alcancé a llegar hasta el “hueco poplíteo”, o sea, la concavidad situada detrás de la rodilla. De allí para abajo, tierra incógnita, el abismo que cae desde la rodilla hasta la punta de los dedos de los pies.

Huelga de empleados universitarios, hoy no abren las salas de disección, o sea, no hay cadáveres para los exámenes. Consecuencia, solo preguntan cabeza. Viva la Asociación de Empleados y Obreros Universitarios. Mi agradecimiento eterno…

Cuando ya pensábamos que el trauma anatómico había sido superado, luego de cursar tres cursos de anatomía y abandonado el edificio del Instituto Anatómico, en el tercer año de la carrera, nos aprestamos a enfrentar, ya en las flamantes salas del Hospital Clínico Universitario, el primer examen oral de la pasantía de Clínica Médica, con paciente vivo, no más cadáveres.

Yo, Alfonzo, de segundo en el orden alfabético. Entra primero Alfaro. Luego de media hora, sale con la cara que podría Messi si se hubiera pelado el penalti de una copa mundial, pálido, los ojos desorbitados y exclama lapidariamente “Están preguntando anatomía”.

Alerta amarilla, palpitaciones, taquicardia, piernas de gelatina… “Bachiller Alfonzo, pase adelante…” “Veamos si tenemos más suerte con usted y no perdemos tiempo” “Un glóbulo rojo en la aurícula izquierda… ¿qué pasa?”. Silencio…y cual Galileo Galilei, sale la respuesta… “Se mueve”. Bien, pasa a segunda ronda…y Galileo se transmuta en William Harvey, con su plano de metro cardiovascular. Estación ventrículo izquierdo, asciende por el cayado de la aorta y como en la antesala de la caída libre de la montaña rusa aórtica, hacia el abdomen… Alerta Naranja, nos aproximamos a velocidad de crucero a la  Tierra Incógnita.

El reto ahora es frenar la velocidad de este glóbulo rojo, que está embalado hacia lo que anticipo será mi colisión con la nada, el vacío, la ausencia que me espera por debajo de la rodilla, del hueco poplíteo de mis tormentos. Maniobras dilatorias, explicaciones detalladas sobre la aorta abdominal y la bifurcación en “Y” de la pelvis, más explicaciones y detalles, taquicardia extrema en el tránsito por el muslo, a través de la Femoral. Próxima estación, Hueco poplíteo.

Y en eso, la epifanía, la confirmación de la existencia de un ser superior… “Bueno bachiller, esto está muy largo. Hagamos de cuenta que ese glóbulo rojo ya está de vuelta en el corazón…Dígame qué pasa ahora”. El Bing-Bang, la singularidad en el plano anatómico…Stephen Hawking en el universo circulatorio. Popeye sacando la lata de espinacas.

Luego de esta prueba de esfuerzo, sádico-premonitoria, pasamos al examen real, con el caso clínico de rigor, con preguntas de librito y sin esas “pequeñas cosas, que nos asaltan detrás de la puerta”, como dice Serrat. Como resultado, calificación sobresaliente y llegar a la casa a buscar mi libro de anatomía en el exilio, para celebrar y pagar la deuda, reponer la ficha faltante en el archivo, la pata de palo del pirata Cojo. La cual, por cierto, me sirvió dos años después en un examen de Traumatología, sin tanto drama.

En los últimos treinta años, en mi vida como psiquiatra, la pata de palo que usé de relleno para la Tierra Incógnita, no me ha servido de nada, pero echando el cuento, me he divertido un montón.

Luis Alfonzo es médico psiquiatra venezolano, quien ha transitado por la práctica clínica, la docencia y el desarrollo de políticas sobre salud mental y uso de sustancias.

alfonzoluis404@gmail.com

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