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La democracia como problema – Felipe González Roa

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Henri Matisse · 1910

 

Cuánto costó conquistarla y hoy qué frágil se ve. Gran parte de la historia de América Latina ha estado marcada por gobiernos autoritarios, aquellos que se mantenían sobre regímenes opresivos que no respetaban los derechos de los ciudadanos. Especialmente durante los años de guerra fría la región, víctima de la lucha bipolar entre las dos grandes potencias, sufrió por modelos tiránicos y despóticos que despojaron cualquier atisbo de dignidad.

Durante décadas fue el anhelo de las grandes mayorías. Elegir a los gobernantes, disponer de instituciones que canalizaran las inquietudes ciudadanas, resolver pacíficamente los conflictos que se presentan en las sociedades, satisfacer las demandas de las mayorías, respetar siempre los derechos de las minorías.

…el problema no es la democracia. El verdadero error está en creer que esa democracia es una obra completada y no entender que se debe levantar día tras día.

Y definitivamente hoy qué frágil se ve, pero la amenaza no viene ya de generales arrogantes ni de millonarios inescrupulosos, sino de la misma raíz que debería soportar a todo el sistema: la confianza del pueblo.

Un reciente estudio realizado por el Latin American Public Opinion Project, de la Universidad de Vanderbilt, reveló que un 25% de ciudadanos en América no cree que la democracia sea mejor que cualquier otra forma de gobierno. El tema, sin embargo, no se limita solamente al número: la investigación reconoce que en la región todavía el respaldo a la democracia es mayoritario, pero subraya que el entusiasmo es escaso y, sobre todo, advierte que el desencanto aumenta en todos los países.

En Venezuela, país que ha sufrido un pronunciado declive democrático, sobre todo a partir de la llegada de Hugo Chávez al poder (continuado por Nicolás Maduro), la Encuesta Nacional de la Juventud (Enjuve) 2021, elaborado por el Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales de la Universidad Católica Andrés Bello, encontró que solo el 50,4% de las personas entre 15 y 29 años de edad considera que la democracia es preferible ante cualquier otra forma de gobierno, mientras que el 22,1% opta por uno autoritario (sin especificar referente político) y al 27,5% de los consultados les es indiferente uno u otro.

Estos números son especialmente llamativos si se compara con la primera edición de la Enjuve, aplicada en el 2013, cuando el 70% de los jóvenes prefería la democracia y sólo el 8,3% se inclinaba por el autoritarismo.

América Latina es la región más desigual del planeta, el lugar donde las brechas entre ricos y pobres es más marcada. Sin embargo, no es la existencia de los ricos y de los pobres, muchos menos la marcada distancia entre unos y otros, lo que hace que la democracia vea tambalear sus cimentos. El problema es de confianza, es la el no creer que con la democracia esa desigualdad podrá ser reparada.

Si algo hizo que la democracia, aunque golpeada y amordazada, mantuviese viva la llama de la esperanza, fue que la gente estaba convencida de que se trataba del modelo a través del cual se podría avanzar hacia lo justo y lo bueno.

Y hoy, después de años de desengaño, creen que esa fe ha sido defraudada.

Pero no, el problema no es la democracia. El verdadero error está en creer que esa democracia es una obra completada y no entender que se debe levantar día tras día.

La democracia no encierra la solución en sí misma, sino que establece los mecanismos a través de los cuales las personas, todas ellas, puedan disponer del escenario apropiado para de forma pacífica pensar en soluciones y aplicarlas de la mejor manera.

Para que haya democracia, por supuesto, se necesita de ciudadanos, libres y críticos, que entiendan la importancia de su participación dentro de la comunidad. Pero, sobre todo, exige la comprensión de que el “otro” existe y que nadie puede considerarse libre si los demás viven oprimidos, sean cadenas reales o incluso imaginarias.

Un mundo insolidario, tan pendiente del propio reflejo en el espejo, es un mundo hostil para la vida. Negar al otro implica negarse a uno mismo. Y allí está el germen de la destrucción de la democracia.

Felipe González Roa es periodista, con 17 años de experiencia en la cobertura de la fuente judicial y de derechos humanos. Escribió para periódicos como El Universal, Notitarde de Carabobo y El Tiempo de Puerto La Cruz. Es especialista en Opinión Pública y Comunicación Política, y actualmente es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila
Jfelipegr@gmail.com

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