Gente que Cuenta

La vida ajena – Lucy Gómez

Alejandro visita a Diógenes que vive en un barril en Corinto.
Grabado de comienzos del S. XIX

En este mundo andamos pendientes de los demás.  Llevamos a todas partes unos aparatos donde nos enteramos no solamente de lo que les pasa, que era para lo que en principio fueron hechos, con la finalidad de sustituir en rapidez e inmediatez a la palabra impresa, sino también de lo que piensan y opinan en todo, aunque no sepan de eso o sean asuntos íntimos. Valoramos la reacción inmediata y uniforme, la intensidad, la frecuencia y el pensamiento sobre cualquier cosa, desde el vestido que alguien llevó a una gala, a las relaciones maritales de una actriz o de una reina, las interioridades de un gabinete de gobierno o de un tribunal.  Los consensos se construyen en minutos y devienen en normas o métodos de obligatorio cumplimiento, afectando a todos, inclusive a personas no vinculadas a las redes sociales.

De vez en cuando, alguno de los activistas del sistema dice que no puede más, deja de participar y el consenso es que parece que hubiera muerto. El desafío es hacer lo que todo el mundo hace.

En la antigüedad, en Grecia pasaba algo parecido, sin la tecnificación inmensa de nuestros días. Y hubo un filósofo que se rebeló contra actuar sólo en función de lo que los demás opinan y cómo esas opiniones te pueden afectar. Cortó lazos con la fama y lo que significara dependencia.

Renombrado en su tiempo, Diógenes se dio el lujo de hablar de tú a tú con Alejandro Magno   y decirle que se le apartara, porque le quitaba la luz del sol. Es mal recordado, porque su sencillez de vida en una ciudad que amaba el lujo, le dio fama de indigente, sucio y vagabundo y hoy acumular cosas se conoce como el síndrome de Diógenes, aunque el fue todo lo contrario de la acumulación. Más bien, el extremo de la sencillez.

Eliminó en su día a día lo que no era necesidad vital, sino transacción y conveniencia. No quiso depender de nadie y lo combinó con su especial carisma provocador, paseándose, por ejemplo, con un farol por las calles  gritando que buscaba un hombre justo.

Un tipo conocido por vivir a costa de sus amigos, lo vio un día comiéndose un plato de lentejas y le dijo que con sólo adular a algún político de la corte podría dejar de comer eso. Diógenes le contestó que el también podría dejar de adular y mendigar… sí comía lentejas.  

Me pregunto si hubiese usado las redes sociales para provocar o las hubiera considerado algo de qué librarse para no depender. El, que quería ser absolutamente libre, hubiera aireado las mentes y convencido a muchos, incluyéndome, de confiar más en el propio criterio, en vez de reaccionar a cada tweet, a cada vídeo, a cada vida ajena.

Lucy Gómez Periodista, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Fue jefe de redacción y de la sección política, de varios diarios de Caracas y Valencia, durante más de veinte años.
es experta en el cultivo de huertos de hortalizas y flores.
lucygomezpontiluis@gmail.com

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