Gente que Cuenta

Las campanas no doblan por nadie, por Álvaro Ríos

Ciudadela de Belfort Atril press
Thomas Bresson
Ciudadela de Belfort, Francia
2009

 

Mientras esperaba por mi hermano para trabajar juntos en la página web, me entretenía con un libro de Bukowski. A ratos pensaba que debió poseer una pluma bien afilada…

De pronto tocaron a la puerta. Eran un par de tipos raros. Uno de ellos mostró una placa. Me hicieron saber que debía acompañarlos y que lo mejor sería hacerlo en paz. Cerré la puerta. Al dar vuelta me esposaron y me aventaron a la parte trasera de una camioneta.

Luego de un rato la camioneta se detuvo. Me sacaron a empujones hasta un callejón atiborrado de botes de basura. Al fondo, en un rincón, me lanzaron contra el muro. A pesar del trancazo, guardé la calma y cerré la boca.

—Parece un tipo duro —dijo el más alto.

—¿Estás seguro de que es el que buscamos? —preguntó el otro—, según entiendo, ya debería estar chorreado, y este ni siquiera parece asustado.

—Empieza a decir lo que queremos saber —dijo el alto.

Apenas acabó la frase cuando me propinó un gancho a la barriga, luego otro a un costado y seguidamente un puñetazo que se estrelló en una de mis mejillas… Me lagrimearon los ojos; sin embargo, no hubo un rumor, ni siquiera una queja mínima.

La situación, al parecer, provocó ira en el hombre bajito quien se acercó y repitió la misma dosis… Sentí desmayar y una ligera sensación de vómito que subió por mi garganta sin llegar a salir.

De pronto el más alto sacó un arma.

—¿Vas a hablar sí o no? —dijo poniéndome el revolver en la frente.

—¿Seguro que es el tipo? —dijo el otro—, creo que hemos errado. El que buscamos ya hubiese cantado hasta el himno nacional de China en japonés.

Para entonces casi no podía oírlos. Mi cuerpo parecía atrapado en hielo. El otro, el que no tenía el arma, se acercó y me asestó dos puñetazos a la cara. Me desplomé de un lado. Entonces se agachó, me quitó las esposas y luego se alejaron mientras murmuraban algo sobre el tiempo perdido.

Después de una hora —quizá—, me levanté y eché a andar. Más adelante sentí un dolor intenso y caí de nuevo. Un par de chicos se acercaron desde la otra acera y me auxiliaron: tomaron el reloj, la cartera y volaron.

Finalmente llegué a casa.

Cuando entré, mi hermano se impresionó al verme sucio y ensangrentado.

—¿Qué te pasó? —preguntó.

—Mejor no saber —dije—, pero dime, ¿qué haces? ¿Trabajas en la web del negocio?

—No. Sólo revisaba el atrilpress.

—Y eso, ¿qué rayos es?

—Una página en internet. Cada domingo publican escritos muy buenos sobre temas diversos. Por cierto, acabo de leer un texto de nombre: ¿Por quién doblan las campanas? Es curioso, ya que hace mención al beisbol, futbol, las olimpiadas, incluso cine. Hacia el final, no sé por qué, se ocupa del poeta Donne, tú sabes, por aquello de que las campanas doblan por ti.

—¿Por mí? ¡Tonterías! Hermanito querido, algo en esa frase está mal, las campanas no doblan por nadie.

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Álvaro Ríos. Maracay, Estado Aragua, Venezuela, 1965. Vive actualmente en Barquisimeto, Estado Lara. Es Ingeniero Electricista, Profesor Universitario y Escritor de cuento, poesía y ensayo. Es autor de los libros Sendero de Sombras (poesía), Efimerario (brevedades), Dilemas en el aire (poesía) y Criaturas Mínimas (cuento). Ha sido colaborador de los diarios El Impulso y Diario de Lara en la ciudad de Barquisimeto. Algunos de sus cuentos han sido publicados en el portal Letralia.
alv_rios@yahoo.es

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