Gente que Cuenta

Mis mudanzas – Lucy Gómez

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Mudarse es un asunto difícil, largo y a veces interminable. Se me convierte en un terremoto insuperable si pasa varias veces en el año.

Hay infinidad de recuerdos que se quedan en las escaleras donde vimos por última vez a alguien que nos importó lo suficiente, en las casas de ladrillo donde se oían las discusiones y las fiestas del vecino. En las mudanzas siempre se me quedaba algo. Decidir volver atrás, darse media vuelta para llevárselo era peor, así fuera algo vivo.

Se que hay libros completos sobre como mudarse en orden, pero definitivamente no es lo mío. Escojo siempre dejar lo que otros se llevan y viceversa.

He dejado libros, orquídeas, cenizas. Me he llevado escritos, documentos, gatos y dinero, no necesariamente en ese orden. ¿Ha servido para algo lo que me llevé? Pues unas veces sí y otras no, porque cuando uno se muda, se muda de mundo. Y esos mundos no vienen con instrucciones.

Me he mudado en el marco de la destrucción y reconstrucción de las ciudades donde voy. Es como esas películas de vaqueros donde el héroe salta de un coche a un caballo sin matarse y sigue corriendo a lo que iba a hacer, sin despeinarse. Hay que intentar hacer lo mismo, aterrizar entera en la próxima casa.

Es como les pasó a los romanos antiguos, que perdieron civilización y ganaron desorden. Veo, viviendo a caballo entre dos siglos, como se desdibujan los ciudadanos, para uniformarse en esos ejércitos de cuerpos apurados que llenan las calles, con la cabeza puesta en la próxima llamada del celular. Que andan absortos en los trenes, tal como lo hago yo, embebida en una serie, atendiendo a mi mundo virtual, más real que nunca, al que me he mudado también sin escoger precisamente lo que llevaba en la maleta.

Hay una imagen que no deja de rondarme la mente, la de Barcelona, la catalana.

Llegué en un momento de crecimiento, donde cada calle, cada puerta del centro borboteaba de compradores y vendedores, con plazas llenas de gente tomando birras y hablando alto. Con una rambla llena de “guiris” como nos dicen a los extraños, floreciente.

La última vez que fui, en cada calle del centro quedaba apenas uno que otro negocio abierto. Rastros del Covid, dicen. Esperan que en unos meses todo se llene de gente de nuevo y se peleen los comerciantes por los locales. Pero mientras tanto, se multiplican los viajes definitivos, los paquetes y maletas, los muebles que se dejan en los vertederos, esta sensación  de dejar atrás algo importante. Y la montaña de cosas a arreglar en la nueva dirección.

Ahí será mejor hacer lo que yo hago. Cerrar los ojos y arrancar, que esta no será la última mudanza.

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