Gente que Cuenta

Inquietante papiroflexia , por José Manuel Peláez

Búho

La primera vez que la vi debía tener unos quince años y, aparte de la fresca belleza de la edad, nada era en ella tan llamativo como su sonrisa. Sonreía con la superioridad tranquila de un gato. No solo me sonreía a mí, no se trata de que yo me sintiera halagado por su atención, sonreía a todos mientras doblaba y encajaba los dobleces de un papel amarillo por una cara y rojo por la otra hasta conseguir un cisne polícromo que añadía a su zoo inanimado.

Sus padres estaban preocupados por ella y pensaron que yo les podía ayudar a resolver el misterio de lo que le ocurría. Nada le interesaba, ni los estudios, ni las noticias, ni las modas, ni los amigos, sólo quería seguir jugando su juego. Tampoco era una rebelde, al contrario, siempre parecía estar serena y cumplía los encargos que le daban con buen ánimo y, sobre todo, con eficiencia, lo que le permitía buscar papeles nuevos, modelos para armar nunca conseguidos y videos de aprendizaje generalmente japoneses.

Todo había comenzado cuando ella tenía seis años y sus padres la llevaron a una exposición de arte y cultura japonesa y ella vio allí a un japonesito de cuatro años hacer un búho de papel dorado. El asombro de aquel prodigio la transformó por completo: sus ojos, siempre al borde del sueño, brillaron con los destellos del búho de oro. Desde ese día, lo que pudiéramos llamar “la vida de ella” se resumía en perfeccionar su arte.

Me le acerqué a preguntarle por qué hacía eso y ella se encogió de hombros y me dijo: “Para divertirme”. Nunca en toda mi carrera tropecé con alguien que pudiera no darme ninguna pista y no parecerme hostil. Los padres insistían en que había que hacer algo, convencerla de que eso no conducía a nada, que la vida era otra cosa. Yo no estaba demasiado seguro, y por eso preferí hacer un pase elegante al costado y eludir el toro de unos padres que terminarían por hacerme la vida imposible. Además… qué sé yo… había algo inquietante que disparó mis alarmas y después de unos balbuceos poco eficaces, cerré la carpeta y traté de olvidarme del caso.

Lo cierto es que no pude, recurrentemente me acusaba de cobarde por no haber hecho un esfuerzo más. Armado de valor, ocho años después, llamé a sus padres que me contaron cómo ella había evolucionado y ahora se dedicaba al arte del empaque. Había puesto toda su experiencia en origami al servicio de hacer paquetes de regalo. Me enviaron varias fotos de lo que era capaz de hacer, las fotos estaban organizadas en grupos: El regalo propiamente dicho, el papel que ella utilizaría y el regalo empacado. Estudié detenidamente las fotos y comencé a comprender.

Hace dos semanas, ella se apareció en mi puerta y me dio un regalo. Era un rectángulo de papel en el que las altivas plumas sobre la cabeza de un búho señalaban las dos esquinas superiores y las garras se posaban sobre las esquinas inferiores. Un lado del regalo era el frente del búho y el otro era su espalda. No se apreciaba ninguna discontinuidad ni se podían ver recortes o cintas de pegado. Era el búho hecho papel.

Aprecié que era pesado y le pregunté qué era. Ella se encogió de hombros y me dijo: “Tendrás que abrirlo ¿no?” y desapareció con el silencio de un gato, siempre sonriendo.

Hace dos semanas que el búho me sigue mirando, pero yo no me atrevo a deshacer el empaque. Tengo miedo de que el contenido me desilusione… y el búho no me quita la mirada de encima.

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José Manuel Peláez
Profesor universitario de Literatura del Renacimiento y Teatro Contemporáneo. Escritor de ficción para cine, televisión y literatura, especialmente policial. Sus novelas “Por poco lo logro” y “Serpientes en el jardín” se consiguen en Amazon. Ha creado y dirigido Diplomados de Literatura Creativa y de Guion audiovisual en la Universidad Metropolitana de Caracas. Actualmente mantiene un programa de cursos virtuales relacionados siempre con la Narrativa en todas sus formas.
josemanuel.pelaez@gmail.com

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