
María Roqueñi
No sé si conocen el dictado: “si a una mujer se le mete una idea en la cabeza, para sacársela es más fácil cortarle la cabeza”.
Como la quiero con cabeza, accedí acompañarla al cementerio, parada final del autobús, porque tal vez allí encontraríamos la piedra plana y pesada donde fijar un juguete vistoso que ella quería instalar aquí y ahora.
Al llegar al cementerio ella enlistó luego al sepulturero Joaquín, que acababa de abrir un agujero donde mañana enterrarían a alguien. “Ojalá que ya muerto!”, dije, a lo que Joaquín señaló dónde estaba siendo velado.
Mi mujer, que no pierde una oportunidad para rezar, allá se fue a rendirle honores con un padrenuestro al muerto, mientras que yo seguía a Joaquín que prometía una piedra como la que queríamos.
De pronto apuntó a una piedra que yacía en el suelo sobre un espacio para muertos sin nombre, y me indicó que la llevara conmigo. La piedra tenía las dimensiones necesarias; pesaba más que el remordimiento de llevármela, pero si Joaquín me autorizaba, cana no daría.
En un santiamén reapareció mi mujer y con ella enfrenté al conductor del autobús que me exigía que subiera con máscara, a pesar de que yo tenía ambas manos agarrando la piedra, que ya está en casa, y yo quebrado.
Quien cargó las piedras de Abu Simbel por lo menos salvaba un monumento, yo sólo me salvé de recriminaciones.
Los arqueólogos la tienen más fácil que los maridos.

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