
La hija del artista, 1919
Fuente: https://www.artera.ae/
Salimos al jardín a cortar una flor, una de mis mágicas peonías, para ser más precisa y la pusimos en un florero de cristal.
Luego sacamos nuestros implementos de arte: lienzos, carboncillos, pasteles y nos pusimos a pintar.
Yo le doy a Natalia, mi nieta de siete años, completa libertad. Solo le doy unos cuantos consejos como, entornar los ojos para ver mejor las formas que la luz y las sombras sugieren, como me decía mi profesor de pintura, Luis Álvarez de Lugo, a quien muchos recordarán.
El resultado de las obras de Natalia siempre me sorprende.
Esas mezclas insólitas de colores, ese encuentro maravilloso de ella y su arte.
Los niños, en su inocencia, se aproximan al acto de crear, sea pintura, escritura, música, con una espontaneidad que a veces ya quisiéramos los adultos.
Pues bien, así comenzaron las vacaciones escolares y con ellas los talleres de creatividad en casa de esta abuela.
Recuerdo que, con mis hijos pequeños, hacíamos una actividad similar que yo llamaba “Taller de poesía a la fuerza”. Los sentaba medio obligados, proponía un tema como, el fuego o la noche, hacíamos una tormenta de ideas sobre qué les sugería cada palabra y después en silencio cada uno completaba su obra de arte.
Todavía me sorprenden las imágenes poéticas que salían de esos talleres, como: “el fuego de chimeneas, dolorosas cataratas, ceniza frotada por madera (Santiago diez, años) o, “la noche se disuelve en el día por el sol”, (Leonor ocho años)
Creo que cualquier actividad creativa es una buena manera de separar a los niños de las adictivas pantallas.
Así pasaremos el verano, un día pintaremos piedras, otro escribiremos cuentos o poesías. También tocaremos cuatro, ukelele o piano.
La imaginación es una reacción en cadena y en los niños, una energía transformadora que se contagia.
Yo como abuela quedo feliz.
Bien decía Pablo Picasso que:
“Todos los niños nacen artistas, el problema es como seguir siendo artistas al crecer.”