
Sandía y licor, 1914
A Johnny se le iluminan los ojos cuando queremos que nos hable de lo que mejor hace. Al proponérselo, alcanza a recitarnos pisco pisco (Pisku en quechua), su gran bebida. En cada verso recita la vendimia, tratamiento y su proceso como si se tratara del más noble secreto. El secreto de Johnny no radica en sus efusivos y cristalinos ojos, sino en el pisco.
Como buen conocedor, él recomienda beber (lo) despacio, en tiempos dilatados, es decir, a besos. Difícil separar a ambos. Su mutua alianza avanza desde la cosecha hasta la consumación del beso. Finalizada la conversa, decidimos degustarlo. Al instante presenciamos el traspaso de un fulgor a la copa que nos sirve, y las palabras no dichas sellan la fusión de ese beso bebido como él nos lo sugiere.
Johnny Schuler produce su pisco para los amantes del aperitivo más traslúcido del mundo. Su hacienda lo produce ininterrumpidamente desde 1684. Toda la mano de obra y producción están sujetas a la fuerza de la gravedad.
Gracias a la gravedad el sistema de fecundidad circula como antaño: maceración, cubas, fermentación. El vino guarda reposo en tanques, la levadura juega con el azúcar y aparece el alcohol. Hay conductos, alambiques coloniales. Para obtener pisco de calidad, debe fabricarse lentamente, en tiempos dilatados hasta desembocar en el imaginado beso de la degustación.
Los ojos de Johnny, estoy segura, brillan en agradecimiento a los conquistadores que llevaron la uva al Perú (con uva, vino; con vino, curas; con curas, misa). Finalmente, Johnny define su pisco Portón como «diamante líquido» o «espíritu del vino» porque del vino sale el pisco.
Prohibido olvidar: Johnny recomienda que su pisco, con su otrora calidad de exportación, se beba a besos.
Cautela con besos sucesivos, digo yo.

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