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Getulio Bastardo

Espejos,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 239c

Espejos,
por Getulio Bastardo

He decidido no cortarme más el pelo. Es una determinación que venía rondando mi cabeza desde hace muchos años, desde mucho antes de salir de Venezuela, cuando aún no sabía que el exilio también podía instalarse en el cuerpo. No es una decisión estética ni un gesto de rebeldía tardía. Tampoco tiene que ver con la vanidad de quien intenta disimular la calvicie dejando crecer unas pocas mechas para engañar al cuero cabelludo desnudo. Nada de eso.La razón es más simple y, al mismo tiempo, más honda. Tiene que ver con un principio filosófico tan antiguo como incómodo: no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y eso es, precisamente, lo que observo a diario. Personas —muchas— con la realidad plantada frente a los ojos que, aun así, prefieren girar la cabeza, mirar hacia otro lado o, en el colm...
Redes sociales,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 238c

Redes sociales,
por Getulio Bastardo

Antes de la era de Internet y de las redes sociales, las opiniones tenían un territorio acotado: la plaza, la esquina, la mesa gastada de un bar. Allí se reunían los contertulios a ensayar sus verdades, a veces con vehemencia, a veces con furia, pero siempre dentro de un círculo limitado. Las discusiones podían ser ásperas, incluso violentas en palabras, pero morían allí, en ese espacio donde aún era posible reconocer el rostro del otro. Hoy, en cambio, la palabra se ha vuelto errante y desbordada. Las discusiones ya no pertenecen a nadie y, sin embargo, hieren a todos. Se libran en plazas invisibles y entre desconocidos que se atacan como si se conocieran de toda la vida. La polémica se vuelve personal sin historia compartida, y la opinión —despojada de contexto— se transforma en juici...
Rojita,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 237b

Rojita,
por Getulio Bastardo

El aire estaba impregnado de trabajo: los olores se mezclaban con los ruidos. Cada hombre en su faena; las chanzas se confundían con las órdenes, y los gritos de advertencia con las carcajadas. El campo estaba vivo. Veinte hombres trabajando en el trapiche lo confirmaban y, al final del día, podían verse los frutos del esfuerzo: los conos de azúcar morena descansaban sobre toscos tinglados de madera, alineados tal cuerpos en reposo. Uno de esos hombres era “Rojita”, moreno como los demás, alegre, dueño de una risa fácil y de una voz que por las noches se volvía relato. Después de la cena, cuando el cansancio aflojaba la lengua, contaba historias. Cada noche surgía una distinta, y todas encontraban oyentes. Con el tiempo, Rojita terminó siendo una de esas historias como parte del lugar, ...
Soledad,<br/> por Getulio Bastardo
235d, Getulio Bastardo

Soledad,
por Getulio Bastardo

Se sentaba en el único banco de esa pequeña y solitaria plazoleta donde habían ubicado un busto de un héroe local.No tenía familia, hermanos hijos, nietos o esposa. Era un señor mayor. No era del pueblo, ni siquiera del país. Había llegado a la ciudad por mar, según él, venía de la cárcel de Cayena. Nunca aclaró si liberado o escapado. Para nosotros, sus admiradores, era más romántico pensar y contar que su héroe francés había escapado.Fue combatiente en la segunda guerra, lo atestigua con una cicatriz amplia y profunda en su brazo derecho.Se dedicaba a hacer colchones de “barba de coco” cubiertos de una capa de algodón; quizás la aspiración de partículas de esas fibras le provocó una tos persistente y ruidosa.Su soledad era más vistosa el 24 o 31 de diciembre cuando en las casas de la cua...
Resiliencia, por Getulio Bastardo
234b, Getulio Bastardo

Resiliencia, por Getulio Bastardo

Caminaba sobre aquel piso duro y salado. Los pies ya no sentían el ardor quemante del suelo caliente: se había acostumbrado tanto a esa aspereza que la consideraba parte natural del mundo, igual que la sal que se le colaba entre los dedos a pesar del calzado de hilo tejido sobre goma reciclada que usaba. Para ir a la escuela tenía que atravesar toda la sabana seca, árida, caliente y salada. Tampoco el sol le quemaba ya. Parecía que su espalda ligeramente encorvada, repelía los rayos incandescentes. Y aun así, no tenía prisa. Su andar era lento, con las manos entrelazadas a la espalda y la mirada fija en el suelo, como si buscara algo perdido; o, más bien, como si buscara aquello que nunca se le perdió. No tenía edad para cargar con una espalda doblada, de modo que no podía achacar...
Caminante,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 233c

Caminante,
por Getulio Bastardo

Así pasaron los días, los meses, los años. Nunca se sabía hacia dónde iba, pero iba... y volvía, no solo de día, sino también en la oscuridad de la noche. Se ausentaba por temporadas, regresando siempre por las mismas rutas ya conocidas. A veces se detenía al borde del camino y hablaba. Daba un discurso sin audiencia, tal vez dirigido a sí mismo. Otras veces oteaba el horizonte, pasaba horas con la mano sobre los ojos, protegiéndose del sol mientras miraba a lo lejos. Su mirada era distante, perdida, ajena al mundo y sus gentes. Nadie sabía a quién buscaba, ni qué. Nunca se le vio reír ni llorar. Nadie supo jamás de dónde venía ni hacia dónde se dirigía. Pasaron días, quizás meses sin que se lo viera, y entonces la gente empezó a preguntarse: "¿Qué habrá sido del caminante?" ¿Lo ext...
¿Paranoia o estigma?, <br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 230c

¿Paranoia o estigma?,
por Getulio Bastardo

Hace algún tiempo, un vecino se me acercó en la entrada del edificio donde vivimos y, casi sin saludarme, me tomó del brazo y literalmente me arrastró hacia el salón de reuniones. Me hizo entrar y, una vez que ambos estuvimos dentro, cerró la puerta con llave, no sin antes asegurarse de que nadie nos hubiera visto entrar. Ya sentados, muy cerca uno del otro, comenzó su discurso pidiéndome absoluta confidencialidad sobre lo que iba a contarme. A esas alturas, mi curiosidad estaba en su punto máximo. Entonces comenzó su relato: —Acabo de llegar de cuidados intensivos en una clínica donde estuvo mi hija de 16 años. Estuvo hospitalizada tres días por fuertes palpitaciones y ahogos. Esta es la tercera clínica a la que la he llevado, y ya ha sido evaluada por varios especialistas. Le...
Primavera en Lima,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 228b

Primavera en Lima,
por Getulio Bastardo

Quizás, después de un invierno tan crudo y prolongado —demasiado severo para una humanidad acostumbrada al trópico—, ahora comprendo que la primavera realmente existe.Son las doce del mediodía de un domingo en el distrito de Jesús María, en Lima. Disfruto de un sol esplendoroso, poco frecuente el resto del año, y de una temperatura amable, de unos veintiún grados. Visto solo una camisa y un pantalón; no necesito abrigo. Me basta con sentir el calor del sol mientras descanso en la plaza, frente a una hermosa iglesia de estilo gótico (más tarde supe, gracias a ChatGPT, que en realidad es neogótico).La gente sale alegremente, vestida con colores tan vivos como las flores que adornan la plaza. Sin embargo, entre los hombres y mujeres predominan los tonos morados: es el color de la cofradía del...
Invierno en Lima,<br/> por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 225d

Invierno en Lima,
por Getulio Bastardo

Los que nacimos y crecimos en el trópico no aprendimos nunca a leer las estaciones en un calendario. El tiempo se nos revelaba de otra manera, más intuitiva, más ligada a la piel y a la mirada. Sabíamos que era primavera cuando la montaña amanecía vestida de morado, de rojo encendido o de un amarillo deslumbrante, colores que regalaban el apamate, el araguaney y el flamboyán.Si los árboles se despojaban de su ropaje y quedaban desnudos, entonces era otoño.El invierno y el verano, en cambio, eran casi lo mismo en aquellas ciudades nuestras. En Cumaná, donde nací, un aguacero podía sorprendernos a cualquier hora y, al poco rato, el sol volvía a brillar con un descaro alegre, como si nada hubiera pasado. En Mérida, la montaña imponía su propio orden: había solo dos estaciones, cuando llovía y...
Relación madre hijo, por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 227a

Relación madre hijo, por Getulio Bastardo

La relación entre madre e hijo es, sin duda, una de las dinámicas más profundas y extensamente estudiadas en la psicología del desarrollo. Su importancia radica en la precocidad de su establecimiento, un lazo que, simbólicamente, comienza incluso antes de la concepción con el anhelo y el deseo de la maternidad. Una vez que se concreta la gestación, inicia una etapa de cuidado mutuo, donde la madre provee el entorno vital, y el futuro hijo moldea tanto el cuerpo como la psique de su cuidadora primaria. Este vínculo inicial se refuerza a través de la respuesta familiar. Es común que el entorno se vuelque a prodigar atenciones y cuidados a la madre y, por extensión, al nuevo ser en camino. Esta red de apoyo es crucial para el desarrollo de un apego seguro y el fomento de un sentido de bien...
Relación padre hijo, por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 224a

Relación padre hijo, por Getulio Bastardo

Para comprender este conflicto, es necesario remontarnos en la historia y referirnos al conocido complejo de Edipo, que describe la rivalidad que puede surgir cuando el niño compite inconscientemente con el padre por el afecto y la atención de la madre. Cuando el padre está presente tanto física como afectivamente, este conflicto suele resolverse de manera natural. El niño, en lugar de rivalizar, termina identificándose con el padre: lo admira y llega a pensar algo así como: “Cuando yo crezca, seré tan fuerte y poderoso como él, y podré conquistar a las mujeres que quiera. Por ahora, puedes quedártela”. En ese momento, la tensión edípica se disuelve de forma satisfactoria, fortaleciendo el vínculo entre ambos. Cuando no existe un padre cercano, pero sí una figura paterna sustituta —u...
Relación madre hija, por Getulio Bastardo
Getulio Bastardo, 223a

Relación madre hija, por Getulio Bastardo

Si nos preguntamos por qué hay, a veces, fuertes conflictos entre madre e hija, tenemos que buscar las respuestas en el pasado. El trasfondo psicológico de esto va más allá de la típica “brecha generacional”. A los adolescentes no se le pueden imponer reglas porque las rechazan de plano, entonces ¿hay que dejarlos hacer lo que les dé la gana? La respuesta es crear hábitos saludables y sencillos desde niños. Establecer reglas que se deben aplicar con firmeza y tolerancia. La educación muy estricta genera rebeldía. Es fundamental establecer un vínculo comunicacional afectivo y efectivo desde la niñez.  No se le puede pedir a un adolescente - cuéntame tus cosas - si en los años previos no ha existido esa comunicación padre hijo o en este casi madre hija, realmente enriquecedora. ...