Bajo costo,
por Getulio Bastardo
En aquellos días luminosos de mi juventud, cuando por primera vez comencé a volar, comprar un pasaje significaba algo simple y completo: adquirir el derecho a viajar. No había letra pequeña ni sorpresas de último momento. En ese boleto venía todo incluido, como si el viaje fuese una promesa íntegra: el asiento —no cualquiera, sino uno asignado con dignidad—, el equipaje de mano, la maleta en cabina y la de bodega. Y durante el vuelo, como un gesto casi ceremonial, nos ofrecían bocadillos, café, refrescos, algún licor y, por supuesto, agua, sin que nadie tuviera que sacar la billetera a mitad del cielo.
Tampoco existía esa ansiedad moderna de imprimir documentos o mostrar códigos en pantallas. El pasaje era un objeto tangible, casi entrañable: un cuadernillo de hojas coloridas que se iba...












