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José Manuel Peláez

Hipnosis felina,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 222b

Hipnosis felina,
por José Manuel Peláez

A veces no puedo dormir. Me gustaría decir que eso me ocurre porque trato de buscarle un significado a la vida o las respuestas a ¿quién soy? ¿a dónde voy? y otras parecidas, pero no se trata de algo tan glamoroso. Simplemente no me puedo dormir y ya. El resultado es que el siguiente día comienza como el inicio de una escalada al Everest sin comida, bombona de oxígeno y sin ropa adecuada.Estaba yo en uno de esos días de los que uno espera que pasen rápido cuando me encontré con el aviso del espectáculo de Monsieur félin, un hipnotizador que prometía disfrutar de un gato haciendo “lo nunca visto”. He trabajado en marketing y sé que no hay límites para las promesas y que la mayoría de ellas terminan en decepciones de todo tipo, pero hacía calor, el local tenía aire acondicionado y segurament...
Los adioses,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 221c

Los adioses,
por José Manuel Peláez

 En 1772, Joseph Haydn trabajaba como maestro de música de un príncipe austriaco. Entre sus obligaciones estaba la de componer un cierto número de partituras, bien fuera a pedido o por propia inspiración. Y entre sus preocupaciones estaba la de que sus músicos, obligados a vivir en el palacio de verano se veían alejados de sus familias por largos períodos de tiempo, tan largos como el noble capricho de quien pagaba las cuentas. Ese año, Haydn compuso la Sinfonía de los adioses y para el último movimiento hizo que cada uno de los músicos, al concluir su intervención se levantara, apagara la vela del atril, recogiera la particella y se fuera. Al final, solo quedaron el propio Haydn y el concertino, los únicos cuyas familias vivían en el palacio.  El príncipe se dio cuenta de la indirecta y, ...
El reloj perdido,<br/> por José Manuel Peláez
José Manuel Peláez, 220d

El reloj perdido,
por José Manuel Peláez

A pesar de la infinidad de libros virtuales a mi alcance, de vez en cuando voy a una biblioteca pública para entretenerme revisando los títulos en los lomos, sacar cualquier volumen para darle un vistazo y, si me seduce, sentarme un rato a leer a la manera antigua; pasando hoja por hoja, cerrando el libro y los ojos cuando una frase me gusta para grabarla en la memoria y luego continuar acariciando las páginas. En eso estaba hace tres días, cuando una mujer cercana a los cuarenta años y de rostro angustiado se presentó a mi lado interrumpiendo mi romance con El extranjero de Camus. ─ Disculpa… ¿puedo pedirte algo? ─ me dijo con una mezcla de vergüenza y decisión en la voz. Con cortesía teñida de precaución le dije que “por supuesto”. ─ Es que… ─ vacilaba nerviosa ─ he perdido e...
Tiempo pasado,<br/> por José Manuel Peláez
218d, José Manuel Peláez

Tiempo pasado,
por José Manuel Peláez

 La conversación giraba sobre el mismo punto desde que me senté cerca de un grupo de esos que ahora se llaman “gente de la tercera edad”. El tema que daba vueltas en la noria era el consabido “todo tiempo pasado fue mejor”. Cada uno de los asistentes pugnaba por hacer recordar a los otros el aroma de las antiguas panaderías o salivaba al evocar el sabor de “aquellos” tomates o insistía en que la televisión nos había vuelto blandengues.Particularmente nunca me ha gustado pensar que todo tiempo pasado fue mejor y si me mantenía en mi atalaya cercana a la discusión era por la discordante presencia de uno de los viejitos, quizás el más viejo de todos, que no hacía nada por intervenir y que tampoco asentía vigorosamente cada vez que uno de sus compañeros pregonaba una imagen del añorado pasado ...
¡No molestes!, por José Manuel Peláez
217b, José Manuel Peláez

¡No molestes!, por José Manuel Peláez

Me encantan los trenes clásicos, esos que nunca alcanzan velocidad de vértigo, que traquetean amorosamente y que huelen a madera vieja. Afortunadamente todavía quedan algunos reservados a destinos menos buscados y en uno de esos me encontraba, a medio adormecer, cuando reparé en que la mujer sentada frente a mí tenía los ojos ahogados y apretaba con fuerza un pañuelo conteniendo el amenazante sollozo.Le pregunté si se sentía bien y asintió con demasiada insistencia como para creerle. Adivinando mi intención de querer ayudar, me repitió que estaba muy bien y me dio las gracias por nada, al mismo tiempo que, con la palma de la mano, ponía una barrera a cualquier iniciativa salvadora mía.La seguí observando disimuladamente y me conmovió su dolor solitario y su ansia por apurarlo en silencio. ...
El Alien,<br/> por José Manuel Peláez
216d, José Manuel Peláez

El Alien,
por José Manuel Peláez

Todos los asientos del autobús estaban ocupados. Cuando vimos entrar a una señora embarazada con un gran paquete en la mano, seguramente esperamos que alguien amable le cedería el puesto. A mi lado, un joven estaba inmerso en un juego del supuesto teléfono inteligente. Su rostro denotaba concentración absoluta en el teclado, en el destino de sus avatares y en lo que sus audífonos le decían. Pensé que iba a ser muy difícil que reparara en la futura mamá colocada estratégicamente frente a él.Al cabo de un minuto y después de varios sacudones por los baches, decidí cederle mi puesto a la señora porque me cansaba más discutir con el video jugador que estar de pie. Mi gesto fue la señal de partida a una disputa iniciada con la señora agradecida que no se explicaba lo que pasaba con la juventud ...
La píldora,<br/> por José Manuel Peláez
215c, José Manuel Peláez

La píldora,
por José Manuel Peláez

No era serio, tan solo la lógica consecuencia de mi estupidez al creer que podía hacer montañismo de la noche a la mañana sin ningún tipo de preparación y sin contar con la opinión de mi tobillo izquierdo, siempre reacio al esfuerzo injustificado.Para esperar la medicación indicada, me senté en el único banco disponible, al lado de un hombre de unos cincuenta y tantos años que le preguntaba ansioso a una enfermera al paso cuándo le iban a dar la píldora. Ella le hizo un gesto que podía significar cualquier cosa y desapareció en uno de los cubículos.El hombre parecía no haber dormido en mucho tiempo y sus ojos eran dos velas consumiendo el final del pabilo. Me miró compartiendo su desesperanza.─ ¿Por qué la gente tratará tan mal a la gente?Antes de entrar en el laberíntico tema, preferí pre...
El mono, por José Manuel Peláez
214a, José Manuel Peláez

El mono, por José Manuel Peláez

Parecían salidos de otros tiempos. De esos tiempos en los que un hombre acompañado por un mono que entregaba a los curiosos una tarjeta con su fortuna, a cambio de unas monedas, era completamente normal. Recordé que muchas veces mi amigo Manolo me había aconsejado no pasar de largo ante cualquier situación o escena o personaje que me pareciera “discordante” porque seguramente ahí había un misterio esperando ser revelado. Me acerqué al Sr. Destino (así lo anunciaba el cartel escrito a mano que colgaba del cuello del simio) lo suficiente para observar mejor, pero no tanto como para que me creyeran interesado en la clarividencia del mono. Se había formado una pequeña fila de clientes y con cada uno de ellos, “Cándido” (así se llamaba el animal) esperaba una señal de su amo quien, después d...
El iluso, por José Manuel Peláez
213b, José Manuel Peláez

El iluso, por José Manuel Peláez

 Siempre me han parecido las plazas, locales de espectáculo sin programa. Uno siempre encuentra algo que le llama la atención: desde una ardilla perseguida por un gato hasta una pelea de niños que se convierte en una pelea de padres. En esta oportunidad, llamó mi atención un grupúsculo reunido alrededor de un hombre subido a un banco desde el cual predicaba tal cual las imágenes que yo recordaba de los profetas en los libros de Historia Sagrada. El centro de su prédica estaba en convencer al escaso y efímero auditorio de que era ridículo esperar que los problemas del mundo y del planeta se fueran a resolver por iniciativas sociales, nacionales, internacionales o planetarias. ─ ¡La ONU nunca conseguirá la paz mundial! ─ gritaba a pleno pulmón ─ pero tú sí puedes sembrar paz. Dos ci...
El maquinista,<br/> por José Manuel Peláez
212d, José Manuel Peláez

El maquinista,
por José Manuel Peláez

Aprovechando mi tiempo de andar sin rumbo, pasé a visitar a mi hermana, que siempre se ha comportado como mi madre y a su marido, Pablo, que siempre me divertía mucho. Me pareció una buena oportunidad para ver cuánto habían cambiado ellos y de medir cuánto había cambiado yo. Mi hermana seguía en su papel de comandante general del hogar y regía con puño de hierro la vida de Pablo y de sus dos gemelos idénticos. Aparte de esto, la encontré muy preocupada por mi cuñado y su nueva pasión. Aquella tarde, Pablo me permitió entrar a su “templo”: un enorme espacio cerrado en el que había construido una red ferroviaria en miniatura. Me sorprendió el diseño de las líneas y los detalles de paisajes, vías, locomotoras, vagones y personas. Reparé en que algo así lleva años en hacerse realidad. Pa...
Los gladiadores,<br/> por José Manuel Peláez
211c, José Manuel Peláez

Los gladiadores,
por José Manuel Peláez

  Mi jefe no entendía que renunciaba “para no saber qué hacer”, pero terminó por aceptar mi idea absurda de “disfrutar la incertidumbre”. Agilizó mi liquidación y me regaló un canto rodado verde que a mí me pareció solo un culo de botella limado, pero él me aseguró que atraía la buena suerte. Tomé mi coche y puse rumbo a ninguna parte. Me detuve en un pueblito a repostar y a comer algo. Mientras me reponía en una rústica fonda, me dio la impresión de que los presentes estaban tensos. Miraban constantemente el reloj y le preguntaban al posadero: “¿Viene Quique?” y éste apenas asentía con los párpados cerrados. Cuando estaba a punto de marcharme, entró al local un hombre con rostro de cuero viejo que mascaba un tabaco como si tuviera hambre. Por la actitud de todos comprendí que él ...
La incertidumbre,<br/> por José Manuel Peláez
210c, José Manuel Peláez

La incertidumbre,
por José Manuel Peláez

Había sido una semana difícil, pero no porque me hubieran tocado trabajos complicados, al contrario, todo resultó sospechosamente fluido y cómodo. Sé que no debería calificarla de difícil, pero yo comenzaba a sentirme aburrido y conforme con esa comodidad que arrulla y que te va durmiendo a tal punto que varias veces soñé con imágenes como las que se multiplican en las redes en las que animales, supuestamente salvajes, se dejan abrazar y acariciar por los humanos y se vuelven dóciles mascotas. El problema es que en mis sueños la cara de los leones y los tigres de Bengala se parecía mucho a la mía. Empezaba a sentirme, como diría Borges, tan inútil como un puñal guardado en un cajón. Camino al café de costumbre, iba pensando en lo que Manolo me diría sobre esta sensación mía. Sin emba...