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José Manuel Peláez

2.000,<br/> por José Manuel Peláez
209d, José Manuel Peláez

2.000,
por José Manuel Peláez

 Desde que inicié mi colaboración con Atril disfruto y sufro con ella. Me explico: disfruto escribir, de que lo que escribo pueda agradarle a algunas personas y también disfruto el compartir espacio con quienes todavía defienden la lectura más allá de las crípticas simplificaciones a las que los medios sociales han reducido el lenguaje y también las ideas.Sin embargo, también sufro porque Luli, la jefa, tan heroica en comandar la iniciativa de esta publicación semanal contra viento y marea, es igual de feroz a la hora de mantener los 2.000 caracteres como el límite máximo que podemos utilizar. En algunas ocasiones, cuando termino la primera versión de un artículo que me gusta mucho y me doy cuenta de que tiene 2.967 caracteres creo imposible reducir la “grandeza de mis ideas” en 967 caract...
El zoo,<br/> por José Manuel Peláez
208c, José Manuel Peláez

El zoo,
por José Manuel Peláez

No soy amigo de los zoológicos, al igual que no me gusta ver pájaros en jaulas ni pececitos de colores en recipientes de cristal con falsas algas rodeando falsos castillos sobre falsas arenas. Me gustan los animales, pero lo que no me gusta es verlos como en una postal. Sin embargo, Manolo me había convencido para llevarle a nuestro parque zoológico, dadas las excepcionales circunstancias. Ocurrió que muy cerca de su casa una hembra de “perezoso”, con su cría en la espalda, trató de cruzar la calle cuando fue atropellada. La madre murió, pero la cría se salvó y algunos niños se empeñaron en adoptar al animalito. Mientras yo conducía, Manolo sostenía en su regazo al pequeño y extraño vertebrado que parecía un alien preguntándose cómo había llegado aquí. Supe que Manolo había impedido ...
El regalo, por José Manuel Peláez
207b, José Manuel Peláez

El regalo, por José Manuel Peláez

Quería comprarle un regalo a alguien admirado y querido por igual. Comprar un regalo es complejo para mí. A las limitaciones de presupuesto, se suma el deseo de que ese regalo le guste a la persona y, mientras más cercano sea yo a ella, más difícil es la elección.Era la situación perfecta para pedirle auxilio a Manolo que suele navegar por esas aguas de los compromisos con la tranquilidad de un curtido marinero en una tormenta. Después de visitar catorce tiendas de diversas cataduras sin que nada me pareciera lo adecuado y, cuando ya estaba convenciendo a Manolo de regresar a la primera porque creía recordar que allí había algo interesante, aunque no estaba seguro de qué era: podía ser una cartera o un foulard o quizás un perfume, pasó algo. Mi amigo dejó de ser el tranquilo marinero y me ...
La conferencia,<br/> por José Manuel Peláez
206b, José Manuel Peláez

La conferencia,
por José Manuel Peláez

A veces bromeo con Manolo acerca de su “vida secreta” y él se ríe porque no entiende de dónde saco una idea tan absurda. Según él, todo lo que hace es perfectamente normal y trasparente, pero eso mismo dicen los políticos y nunca les creo. Manolo percibió mi recelo y se dispuso a aclarar mis dudas cuando recordó que debía asistir a una conferencia importante. ─ ¿Y de qué trata la conferencia? ─ Bueno, eso depende ─ respondió él sin asomo de duda. Le “recordé” que las conferencias siempre son sobre algo y que si no podía o no me lo quería decir era porque el tema pertenecía a esa “vida secreta” de la que le hablaba. ─ ¿Quieres acompañarme? La invitación me pareció demasiado natural y pensé que era solo una estrategia de Manolo para quitarme interés, pero decidí seguirle el ju...
Iguales diferencias,<br/> por José Manuel Peláez
205d, José Manuel Peláez

Iguales diferencias,
por José Manuel Peláez

Un artista plástico del que había sido amigo antes de que se convirtiera en “artista plástico” me invitó a su más reciente vernissage y ante la posibilidad de un aburrimiento sin límite le pedí a Manolo que me acompañara seguro de que no lo permitiría. Para algo son los amigos.En el centro de la pequeña sala rodeada de varias obras abstractas, mi antiguo amigo y actual artista explicaba sesudamente que las líneas rojas curvadas hacia la derecha significaban la deriva ontológica del pensamiento occidental o el torbellino del “en sí/para sí” que devora el ser, no estoy muy seguro.Los únicos que no atendíamos éramos Manolo, yo (con perdón) y un señor muy gordo y muy calvo que se nos acercó mientras pasábamos de una obra a otra con un desconcierto difícil de disimular.─ Yo prefiero no dar mi o...
El menú, por José Manuel Peláez
204a, José Manuel Peláez

El menú, por José Manuel Peláez

Manolo y yo compartimos muchos gustos: lecturas, conversación, cine, música (no toda) y, sobre todo, comida. No somos glotones, simplemente disfrutamos enormemente de un buen sabor (con o sin estrellas Michelin; con o sin deconstrucción) porque ambos creemos que un buen rato de placer, sin perjudicar a nadie, hace nuestras vidas mejores. Seleccionamos los lugares de forma alternativa y muy diferente. Yo reviso reseñas y estudio páginas web o atiendo recomendaciones de gente de confianza. Sé que Manolo no hace ninguna de las dos cosas, pero siempre (y cuando digo siempre, digo siempre) cuando vamos a un local elegido por él, todo es magnífico. La malo es que con él no hay programación posible. Me llama y me dice que vaya inmediatamente a tal lugar. Le he insistido en que yo debo tener...
Alarmapalabra,<br/> por José Manuel Peláez
203d, José Manuel Peláez

Alarmapalabra,
por José Manuel Peláez

Manolo me había prevenido de que iba a estar muy ocupado por varios días y, aunque yo no sé a lo que se dedica, me conformé con su advertencia. Ayer estuve tentado a llamarle, pero me arrepentí justo unos minutos antes de que apareciera con rostro cansado en el café de siempre y pidiera lo de siempre. ─ ¿Mucho trabajo? ─ le pregunté. ─ Estoy haciendo un diccionario. ─ Creo que ya se han hecho varios ─ dije riendo mi propio sarcasmo. Manolo le daba vueltas al café mientras me explicaba que su trabajo trataba de un diccionario de “palabras con alarma”. Según él, muchas palabras estaban cargándose de significados ajenos al original y con ellas había que tener mucho cuidado. Le pedí un ejemplo y no vaciló al responder. ─ Como voy por la M te puedo hablar de la palabra MAYORÍA. L...
Opinofilia, por José Manuel Peláez
202a, José Manuel Peláez

Opinofilia, por José Manuel Peláez

Manolo aceptaba que la palabra opinofilia no existía en el diccionario de la RAE, era un hecho. Él simplemente la había inventado para retratar la afición extrema que tenemos a opinar y la facilidad con que las redes sociales convierten opiniones en verdades. ─ Pero ¿qué quieres Manolo? ¿Que no opinemos?  ─ le pregunté. ─ Solo creo que pensar antes de opinar puede ser interesante. ─ Pensar ¿en qué? ─ yo no iba a soltar el hueso tan fácilmente. Entonces Manolo enumeró una detallada lista de temas a pensar: ¿hace falta mi opinión?... ¿tengo alguna autoridad para hablar de eso?... ¿por qué quiero opinar?... ¿merece la pena opinar?... Con un gesto de la mano le sugerí que ya había entendido y le dije que me parecía una quimera lo que estaba proponiendo. ─ El mundo ─ comencé m...
El marciano,<br/> por José Manuel Peláez
201c, José Manuel Peláez

El marciano,
por José Manuel Peláez

Tengo por Manolo la mayor admiración, pero, de vez en cuando, me muestra su cara menos agradable. Según él, lo hace para evitar la rutina, pero yo creo que, en el fondo, le divierte y lo hace solo por eso. Hace unos días, entraba yo al café de costumbre cuando, desde una mesa del fondo, Manolo me hacía señas para que me acercara. Lo acompañaba un joven de aspecto enfebrecido que me recordaba un retrato de Edgar Alan Poe. Manolo me lo presentó como Fabrizio y me dijo que tenía algo que me podía interesar mucho, luego dijo que iba a buscar un té y nunca más regresó a la mesa. Resultó que Fabrizio no me dejó libre hasta que me mostró todos y cada uno de los documentos que había recopilado, almacenado, interpretado y preparado para demostrar que hay vida en Marte, que ya algunas avanzada...
Manolo y Dalila,<br/> por José Manuel Peláez
200d, José Manuel Peláez

Manolo y Dalila,
por José Manuel Peláez

Eran los primeros días de un noviembre ventoso cuando Manolo me invitó a su casa a ver una película. Yo supuse que había encontrado algún tesoro fílmico y traté de disimular mi desencanto cuando vi que lo que me esperaba eran más de dos horas de “Sansón y Dalila”, una película de 1949, que ni había visto ni me interesaba, y en la que Cecil B. DeMille recrea la bíblica historia de Sansón contra los filisteos. ─ Me imagino que te preguntas por qué estamos viendo una película que ha envejecido tan mal. Solo enarqué las cejas y abrí la palma de las manos hacia arriba esperando que me lloviera la explicación como el maná y Manolo señaló la pantalla cuando hizo su primera aparición el personaje de Dalila. Reconocí la increíble belleza de Hedy Lamarr, y Manolo me aclaró que en su momento...
Oído absoluto,<br/> por José Manuel Peláez
199c, José Manuel Peláez

Oído absoluto,
por José Manuel Peláez

A la salida de la sala de conciertos, yo no podía dejar de tararear la más que conocida melodía de Fortuna Imperatrix Mundi de Carmina Burana. Yo cabalgaba con los caballeros de Excalibur en busca del Santo Grial, pero, sobre todo, aturdía a Manolo que varias veces me pidió, sin éxito, que cambiara la pista.Mi exaltación continuó en la barra de un bar cercano en el que seguí atormentando a mi amigo explicándole cómo esa música no me permitía callarme. En un momento, me di cuenta de que Manolo ya no me escuchaba y supuse que estaba refugiado en los recovecos de su mente para ignorar mi excesivo entusiasmo. Pero la verdad era otra.Manolo se había acercado disimuladamente a un grupo donde un hombre alto de lentes montados al aire les decía algo a dos muchachas y a un muchacho que lo miraban c...
¿Hay un mañana?, <br/> por José Manuel Peláez
198c, José Manuel Peláez

¿Hay un mañana?,
por José Manuel Peláez

Una llamada en la madrugada suele significar malas noticias, pero a las 14:24 esperas cualquier aviso menos el que te dice que un amigo querido acaba de fallecer. Cuando cerré el teléfono, me sentí montado en el “Ojo de Londres” con la rueda detenida en lo más alto de mi recorrido. No estaba en este mundo; a mis pies, la gente, diminuta y ajena, era indiferente a mi vértigo. Mientas recordaba que, apenas 24 horas antes, había compartido comida, tragos, bromas y recuerdos con K, y trataba de asimilar que eso no se repetiría nunca, no dejaba de preguntarme dónde estaba el mecánico que le devolvería el movimiento a la noria para regresar a un mundo que ya no sería el mismo. Las inevitables urgencias asociadas a poner en orden legal algo tan poco legal como la muerte me distrajeron junto...