El marciano,
por José Manuel Peláez
Tengo por Manolo la mayor admiración, pero, de vez en cuando, me muestra su cara menos agradable. Según él, lo hace para evitar la rutina, pero yo creo que, en el fondo, le divierte y lo hace solo por eso.
Hace unos días, entraba yo al café de costumbre cuando, desde una mesa del fondo, Manolo me hacía señas para que me acercara. Lo acompañaba un joven de aspecto enfebrecido que me recordaba un retrato de Edgar Alan Poe. Manolo me lo presentó como Fabrizio y me dijo que tenía algo que me podía interesar mucho, luego dijo que iba a buscar un té y nunca más regresó a la mesa.
Resultó que Fabrizio no me dejó libre hasta que me mostró todos y cada uno de los documentos que había recopilado, almacenado, interpretado y preparado para demostrar que hay vida en Marte, que ya algunas avanzada...












