Gente que Cuenta

Víctimas – Lucy Gómez

Todavía recuerdo la primera vez que entendí lo que significaba ser y dejar de ser  víctima.  Mi madre contaba lo que había que hacer cuando un marido le pegaba a uno, como le habían hecho a su prima, que sólo se había puesto a llorar. Me miró – estábamos en la cocina- miró al sartén y dijo:  “ Si te pasa eso, no llores,  tú agarras un sartén y le das bien duro por la cabeza”.

Entendí perfectamente.

Desde ahí en adelante supe que si me atacaban era posible y aceptable defenderse. En realidad, la actitud del sartén me hizo apartar del convencimiento de ser alguien a quién se podía apalear.

Cuando tuve hijos, los metí rápido en clases de kárate, para fomentar la misma actitud de  “No soy violenta  pero estoy armada”. Mi hija, que a los cuatro años no tenía límites, le pegó con su bota ortopédica a varios niñitos en los tobillos, hasta que me senté con ella a explicarle los términos  y condiciones  en los  cuales  uno ataca o se defiende.

Ah, porque esto de ser víctima parece que en principio va mayormente  con la mujeres, pero es en realidad es  un problema de la especie humana, aplicable a todos sus géneros.

En fin, cuando llegué a la universidad y supe que había profesores que querían sexo y lo obtenían a base de “asignar” buenas notas, me molesté no solamente con ellos, sino con ellas  porque: 1) en mi universidad podías obtener buenas notas si estudiabas mucho – mucho  sin tener que ir a pedir favores a ningún cubículo  y 2) podías darle un sartenazo al profesor: denunciarlo, negarse , dejarlo en ridículo, exponerlo, etc.

Respeto mucho a quiénes se sienten víctimas y conozco los inmensos obstáculos que a veces les impide dejar de  serlo, pero mi remedio  comienza por salir  mentalmente de la condición.

No creo en educar a las niñas como si ese fuera su destino, ni encasillar en la condición a quiénes han sido atacados y no se han podido defender. Educar para no creerse víctimas es esencial. Y dar las herramientas para sacudirse, es la otra meta que olvidamos a menudo en la complacencia que da recibir sentimientos de solidaridad, nadar en  la ola que nos lleva a la playa  del vínculo, a esa donde nos amarramos  al victimario.

La compasión, la solidaridad mal entendida no nos deja reconstruirnos sin dependencias.

Lucy Gómez Periodista, egresada de la Universidad Central de Venezuela. Fue jefe de redacción y de la sección política, de varios diarios de Caracas y Valencia, durante más de veinte años.
es experta en el cultivo de huertos de hortalizas y flores.
lucygomezpontiluis@gmail.com

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