Gente que Cuenta

Yo soy la muerte, la muerte soy yo… Luis Alfonzo

Sieger Koder
María Magdalena
en la tumba vacía de Cristo

 

“Huye que te coge la muerte,

Vete volando, que se te acaba tu suerte…”

El Gran Combo de Puerto Rico

Con este estribillo, repetido interminablemente, hasta la saturación, el inefable “Gran Combo de Puerto Rico” invoca a la anulación, en clave de salsa, del miedo ancestral a la muerte. El mismo miedo que mi recordado Maestro, el psiquiatra Fernando Rísquez, incubamos en lo más profundo de nuestra psique, los valerosos médicos.

La estrategia consiste en mantener una prudente distancia de la pelona, moviéndonos de manera desafiante a su lado, pero tratando de no hacer mucho ruido, posponiendo la pelea inevitable, perdida de antemano, aunque nos empeñemos en negarlo, inventando estrategias inútiles y absurdas, que pocas veces responden a las necesidades del que sufre y pide ayuda, como definía el maestro a los pacientes.

Insistía el maestro Rísquez, que la labor de los médicos es acompañar, servir de “buffer”,  de amortiguador del trance… de parachoques, pues. Estar allí, en la antesala del encuentro con esa real presencia ausente, solidarios en el miedo.

El médico inicia desde muy temprano su cara a cara con la muerte. Algunos impacientes, se aventuran prematuramente a presenciar autopsias, como quien se vacuna contra el miedo a morir. Después, este temor se vuelve objeto inerte en las salas de disección, hasta que llega el momento de verle la cara al descubierto, en las salas de los hospitales, donde las trompetas de la enfermedad la anuncian de manera destemplada.

Mi ultima pasantía como médico interno transcurrió en un sala de oncología donde las  trompetas de la muerte rugían permanentemente, como música de fondo de una función macabra de cine continuado, sin principio, pero con muchos finales. Allí conocí a Lucy, hermosa, vital, esposa joven y madre de dos pequeños hijos, sobreviviente de un cáncer avanzado, invasivo e inoperable. Lucy, la muerte y yo nos acompañamos durante las 10 semanas que duró mi pasantía.

Una tarde, Lucy, muy triste, me confesaba que su deseo era vivir el tiempo suficiente,  un par de años, para que sus hijos la pudieran recordar. Fue una sesión dura, intensa, sobrecogedora, donde mi propio miedo a morir quedó anulado. Esta vez, el objetivo era otro, aunque lo suficientemente cercano, para sentir su jadeo amenazante.

Inexplicablemente, la condición de Lucy comenzó a mejorar, sus uréteres obstruidos se abrieron de nuevo. Fuera sondas y catéteres. El visado de permanencia había sido extendido hasta nueva orden. Me despedí de Lucy en vísperas de navidad, ella regresaría a su casa, a su vida, a sus hijos. Yo, me despedía de mi vida de interno y comenzaría la formación como psiquiatra, en la cual, además de la muerte ya temida, incorporaba el temor a la otra muerte, a la locura, pero eso es otro cuento…

Dos años más tarde, yo, residente de guardia de psiquiatría, Lucy, agonizaba en el séptimo piso del hospital. La prórroga solicitada había expirado.

Luis Alfonzo é um psiquiatra venezuelano que passou pela prática clínica, pelo ensino e pelo desenvolvimento de políticas de saúde mental e uso de substâncias.

alfonzoluis404@gmail.com

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