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Soledad Morillo

Olvidar lo malo,<br/> por Soledad Morillo
Soledad Morillo, 242d

Olvidar lo malo,
por Soledad Morillo

Intento, aunque todavía no lo consigo, apartar de mi mente los recuerdos más amargos de la enfermedad de mi marido. Olvidar es necesario: los malos recuerdos son una pesada bola que nos impide avanzar. Y, sin embargo, dejar atrás lo malo no es negar lo vivido, sino hacer justicia a todo lo bueno que también hubo. Hacemos demasiadas cuentas; solemos privilegiar más los sufrimientos que los placeres, los goces, los logros. Como si el dolor tuviera un megáfono y la alegría hablara en voz baja. Como si lo oscuro se impusiera por pura insistencia, aun cuando la luz haya sido más generosa. Y entonces aparece un idiota —porque eso es— que me dice: “tienes que olvidar a tu marido”. Qué estupidez. No se olvida a quien se amó; no se archiva una vida compartida como si fuera un papel viejo. Lo ...
Sin garantías,<br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 236c

Sin garantías,
por Soledad Morillo Belloso

No las tuvo nunca. La vida no firma contratos ni ofrece reembolsos. Uno vive como quien tantea una pared en la oscuridad, buscando una grieta por donde entre un hilo de luz. A veces la luz entra; otras, llega un olor antiguo, una sombra olvidada, una voz enterrada. Vivir es aceptar que el día puede volverse espejo, cuchillo, refugio o laberinto, y que no controlamos cuál será. La vida es una materia indócil. Se escurre, se contradice, se burla. Uno intenta entenderla y ella cambia de piel, se ríe de nuestras certezas. Vivir implica un acto de modestia: admitir que lo que creemos firme puede desmoronarse con un gesto, que la memoria es caprichosa, que el dolor tiene su calendario y la alegría su idioma. No hay garantías porque la vida no se deja domesticar; apenas se deja acompañar. ...
Cosas sin importancia, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 232a

Cosas sin importancia, por Soledad Morillo Belloso

La ciudad respira en lo que parece insignificante. No en los monumentos ni en los discursos solemnes, sino en las minucias que se deslizan por las calles como un murmullo constante. El paisaje de vida se dibuja aquí, entre esquinas y plazas, entre pregones y silencios, en la textura invisible de lo cotidiano. El aire huele a maíz tostado que se escapa de un budare, mezclado con el dulzor tibio de las pastelerías y el humo áspero de los autobuses que se detienen con un chirrido metálico. El suelo vibra con el golpeteo de un reguetón que alguien decide compartir y con el arrastre de una caja de cartón que un niño empuja como si fuera un carro improvisado. Las aceras guardan su propio concierto: el repiqueteo de tacones apresurados, el chasquido de una escoba que barre hojas secas, el s...
Arquitectura de vida, por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 226a

Arquitectura de vida, por Soledad Morillo Belloso

Ser feliz es raíz profunda, mezcla de historia y ética. Es saber que, aunque el mundo se tambalee, uno puede reír, cocinar, contar cuentos con nombres imposibles y bailar con los recuerdos. Es como tener béisbol en la sangre sin haber pisado el campo. No depende del clima ni del dólar paralelo. Es vivir con lentitud activa, como quien pela mangos sin apuro y escucha la radio con atención.Estar feliz, en cambio, es aroma de pan caliente: llega, se disfruta y se va, dejando migas y sonrisas sin explicación. Es el instante en que el café está en su punto, el arroz con leche se comparte a cucharadas, alguien dice algo absurdo y todos ríen. Es el relámpago, el gol inesperado, el abrazo sin plan, el chiste que solo entienden los que comparten la sobremesa.No hay que subestimar el estar. A veces,...
Italianos en Venezuela,<br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 224c

Italianos en Venezuela,
por Soledad Morillo Belloso

¡Ah, los italianos! Llegaron con recetas en el bolsillo, fotos de la nonna y una terquedad que ni el calor de La Guaira derritió. No vinieron a probar suerte: vinieron a quedarse, como quien planta albahaca y dice “Aquí me quedo”. Trajeron comida con alma: espagueti con cuentos, pizza que se volvió criolla, pan que huele a domingo y quesos que aquí mezclamos con guayaba y casabe. Porque en Venezuela todo se fusiona, todo se vuelve fiesta. Pero no solo trajeron sabores. Trajeron oficio: manos que sabían hacer zapatos, mosaicos, muebles. Fundaron negocios con nombres de novela: “La Bella Napoli”, “Pastelería Sicilia”. Y sus hijos, ya diciendo “chévere” con acento ítalo-criollo, siguen el legado. Porque el italiano sin proyecto no existe: si no construye, sueña con construir. ...
Españoles en Venezuela,<br/> por Soledad Morillo Belloso
223d, Soledad Morillo

Españoles en Venezuela,
por Soledad Morillo Belloso

 Ah, los españoles… Cuando a mediados del siglo XX  llegaron a Venezuela, no solo trajeron maletas con santos envueltos en periódico y fotos de abuelos serios. Trajeron una forma de estar en el mundo: hablar con zetas, regañar con cariño, cocinar con abundancia y contar historias que cruzan Galicia, Oviedo, Barcelona y terminan en Ciudad Bolívar.Los gallegos montaron panaderías donde el pan sobado se volvió religión. Los asturianos trajeron gaitas, fabada y jolgorio con papelón. Los catalanes, precisión y pastelerías donde el brazo gitano se hizo primo del quesillo. Y todos, refranes que mezclamos con los nuestros: “Más vale arepa en mano que jamón ibérico en vitrina”.Montaron negocios con nombres picarescos: “Ferretería El Gallego”, “Panadería La Ibérica y algo más”, donde se vendía de to...
Portugueses en Venezuela,<br/> por Soledad Morillo Belloso
Soledad Morillo, 222c

Portugueses en Venezuela,
por Soledad Morillo Belloso

¡Ah, los portugueses! Llegaron a Venezuela con saudade en el alma y pan en la maleta. Venían de Madeira, de aldeas donde el mar es vecino y el trabajo, ritual. Venían de Oporto y de Lisboa, con el fado y el amor metidos en los bolsillos Aquí se metieron en todo: ferreterías, abastos, floristerías, construcción… y panaderías que huelen a gloria. Porque si algo trajeron fue el pan: campesino, de leche, crujiente como chisme de vecina. Y el golfiao con queso e’ mano, que consuela el alma.También trajeron el bacalao, ese ladrillo que se transforma en manjar con papas, cebolla y aceite de oliva. Y el espiritual, que no es místico, pero sí sabroso. Nos enseñaron que el café se sirve fuerte, oscuro y con sonrisa. Y que un pastelito de nata puede ser abrazo.Los “Portus” —João, Tiago, Martim— se vo...
Piel de sombra,<br/> por Soledad Morillo Belloso
215b, Soledad Morillo

Piel de sombra,
por Soledad Morillo Belloso

Las nubes grises también forman parte del paisaje, como los silencios que no interrumpen, que acompañan. A veces no están en el cielo, sino en mi pecho. Se instalan sin permiso, suaves como una manta, persistentes como el recuerdo de lo no dicho. No predestinan tormenta, anuncian pausa. Aprendí a dejarlas llegar sin resistencia. Hay días en que no busco despejarme, sino quedarme debajo de ellas, sentir su peso sin traducirlo. En ese gris hay honestidad: no exige explicación. En ese cielo opaco hay tregua, una forma de estar sin justificarme. Mi cuerpo también tiene paisajes, y no todos son claros. A veces mi alma se nubla, por necesidad de recogimiento. En ese permanecer bajo un cielo incierto, descubro la ternura de lo que no brilla. La rendija está ahí, aunque cueste verla. A ve...
Camino,<br/> por Soledad Morillo Belloso
214d, Soledad Morillo

Camino,
por Soledad Morillo Belloso

Caminar es dejarse tocar por el mundo. La planta del pie, desnuda en su roce, percibe el pulso de la tierra como tambor antiguo. Cada paso me despeina por dentro: surge una memoria escondida en la textura del aire, en el perfume del suelo. No busco llegar; solo esa tregua breve donde el tiempo se repliega y puedo oírme sin estridencias. Los caminos no me guían, me despojan. Me desprendo de lo rígido, del eje fijo. En el balanceo de los pasos, algo se acomoda en el pecho. Caminar es rendija por donde se asoma entre costillas la duda o la revelación. A veces camino para escapar del muro invisible que separa el deseo de la posibilidad. Otras, para sentir el viento como lenguaje, y entender que el cuerpo también piensa: el sudor es confesión, la respiración es lindero, el tambor cardíaco...
El día siguiente,<br/> por Soledad Morillo Belloso
213c, Soledad Morillo

El día siguiente,
por Soledad Morillo Belloso

 No empieza. Se desliza. Como un animal que se mueve lento en la espesura, un cuerpo tibio que aún guarda el olor de la noche anterior. En su pelaje lleva restos de sueños, una rendija por donde se coló el insomnio, un susurro que nadie respondió, pero que insistió en quedarse.Lo que no dijimos se convierte en bruma, y lo que callamos —por miedo, por pudor, por no saber cómo— se cuela por las roturas del día como lluvia fina, persistente. Y lo no hecho —ese temblor que no encuentra destino— se acumula bajo la lengua, como polvo detrás de la puerta, como sombra que nos sigue sin nombre.El día no despierta en blanco. Viene cosido desde adentro, con puntadas invisibles hechas en otra parte, con otra aguja, con otro hilo. Caminamos su superficie creyendo que es nueva, pero cada paso ya estaba ...
Cuerpo y paisaje,<br/> por Soledad Morillo Belloso
212c, Soledad Morillo

Cuerpo y paisaje,
por Soledad Morillo Belloso

Mis pies aprenden el ritmo del suelo. La arcilla se curva bajo mis pasos como si reconociera la forma de mi espera. Cada grano me canta su historia, susurrando en la planta de mis pies: “todo lo que tocas te transforma”. El viento moja mi espalda como si fuera savia, no aire. Y en cada poro se recoge un suspiro que no me pertenece, pero me habita. Avanza lento, como si leyera mis líneas, como si supiera dónde guardar calor sin quemar. Las manos, lentas, rozan el tronco rugoso de un árbol. Se hunden en grietas como en memorias, como si la corteza llevara secretos que solo la piel descifra. Un estremecimiento, y los dedos se vuelven raíz. Ya no tocan, germinan. La luz de la tarde cae sobre mis hombros, y el calor no arde, acaricia. La sombra de una nube cruza mi pecho sin pedir perm...
Risas,<br/> por Soledad Morillo Belloso
211c, Soledad Morillo

Risas,
por Soledad Morillo Belloso

No huye ni resguarda, no adorna ni disimula. Surge, como un aliento que apenas roza el aire… y se desvanece. En un mundo que exige significado a todo, tal vez lo más honesto sea reír sin decir nada. Una risa que no responde al dolor ni se anticipa al miedo. Una risa que simplemente es transparente, intacta, sin intención de trascender. Hay risas que brotan como indicio de una hondura oculta, una flor breve que se abre en los labios y se apaga antes de pronunciarse. No explican, no sostienen, no rescatan. Solo aparecen. Y en su aparición, hipnotizan. Y otras veces, una risa es eso y nada más: el impulso muscular de un instante, una nota suelta que no pertenece a ninguna melodía. Sin fondo. Sin mensaje. Sin el deseo de volverse metáfora. Una risa que no pide permiso para ser ligera....