La tregua de la piel,
por Soledad Morillo Belloso
Las manos no tocan. Despiertan. De a poco.
Hay un territorio ciego en la espalda, un mapa de trincheras donde la intemperie acumula su sal. Una caricia verdadera llega hasta allí sin pedir permiso. Es un alfabeto de agua que disuelve el yeso de la coraza.
Desaprender el frío exige un pulso lento. Los dedos exploran el relieve del dolor como quien tantea la orilla de un abismo familiar, sabiendo que el temblor es el único idioma legítimo de la carne. No buscan domesticar la sombra; la acompañan hasta que se vuelve mansa.
En ese roce mínimo se suspende el tiempo de los relojes. El peso del mundo —las horas ásperas, las palabras que astillaron la madera del pecho— se repliega ante la evidencia de una orilla. Un cuerpo reconoce a otro no por la forma, sino por el modo en que suspende ...




