Distancias,
por Lucy Gómez
Los trabajos de antes no valoraban lo que hicieras lejos de la sede de la empresa. Había que estar (en los periódicos) a las ocho de la mañana en el sitio, sentada ante una máquina de escribir y esperar que el jefe de redacción (el mío era un señor alto y flaco, con lentes, de mirada profunda y lengua vibrante, mordaz y regañona) nos pasara revista y distribuyera tareas. El que no llegara a la hora más de una vez en una semana estaba fuera.Por cierto, el tipo estaba pendiente de cualquier ida reiterada y sospechosa al baño. No había que tardar más de cinco minutos allí sin arriesgarse a ser sometido a una rigurosa investigación, con el correspondiente regaño en alta, clara e inteligible voz, si el resultado no era satisfactorio. A mis compañeros de otros medios, les pasaba exactamente lo m...












