Velásquez y Cervantes,
por Alfredo Behrens
ler em português Madrid resplandecía bajo el calor estival mientras Diego Velázquez recorría los pasillos del palacio. Corría el año 1624, y el joven artista sevillano aún se maravillaba de la rapidez con que había cambiado su fortuna."El Rey necesita un nuevo retratista", había escrito Olivares, incluyendo cincuenta ducados para el viaje. "He oído que tu pincel habla con la verdad".La verdad era una mercancía peligrosa en la corte. Velázquez, nieto de conversos aunque alegaba linaje noble, lo entendía perfectamente. Su ascendencia mora—murmurada en Sevilla—yacía sepultada bajo capas de respetabilidad y registros bautismales. A la corte solo le importaba su talento.Su retrato de Felipe IV le trajo todo: un salario real, aposentos, la promesa de que nadie más pintaría al monarca. Oli...






