La píldora,
por José Manuel Peláez
No era serio, tan solo la lógica consecuencia de mi estupidez al creer que podía hacer montañismo de la noche a la mañana sin ningún tipo de preparación y sin contar con la opinión de mi tobillo izquierdo, siempre reacio al esfuerzo injustificado.Para esperar la medicación indicada, me senté en el único banco disponible, al lado de un hombre de unos cincuenta y tantos años que le preguntaba ansioso a una enfermera al paso cuándo le iban a dar la píldora. Ella le hizo un gesto que podía significar cualquier cosa y desapareció en uno de los cubículos.El hombre parecía no haber dormido en mucho tiempo y sus ojos eran dos velas consumiendo el final del pabilo. Me miró compartiendo su desesperanza.─ ¿Por qué la gente tratará tan mal a la gente?Antes de entrar en el laberíntico tema, preferí pre...












