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José Manuel Peláez

La píldora,<br/> por José Manuel Peláez
215c, José Manuel Peláez

La píldora,
por José Manuel Peláez

No era serio, tan solo la lógica consecuencia de mi estupidez al creer que podía hacer montañismo de la noche a la mañana sin ningún tipo de preparación y sin contar con la opinión de mi tobillo izquierdo, siempre reacio al esfuerzo injustificado.Para esperar la medicación indicada, me senté en el único banco disponible, al lado de un hombre de unos cincuenta y tantos años que le preguntaba ansioso a una enfermera al paso cuándo le iban a dar la píldora. Ella le hizo un gesto que podía significar cualquier cosa y desapareció en uno de los cubículos.El hombre parecía no haber dormido en mucho tiempo y sus ojos eran dos velas consumiendo el final del pabilo. Me miró compartiendo su desesperanza.─ ¿Por qué la gente tratará tan mal a la gente?Antes de entrar en el laberíntico tema, preferí pre...
El mono, por José Manuel Peláez
214a, José Manuel Peláez

El mono, por José Manuel Peláez

Parecían salidos de otros tiempos. De esos tiempos en los que un hombre acompañado por un mono que entregaba a los curiosos una tarjeta con su fortuna, a cambio de unas monedas, era completamente normal. Recordé que muchas veces mi amigo Manolo me había aconsejado no pasar de largo ante cualquier situación o escena o personaje que me pareciera “discordante” porque seguramente ahí había un misterio esperando ser revelado. Me acerqué al Sr. Destino (así lo anunciaba el cartel escrito a mano que colgaba del cuello del simio) lo suficiente para observar mejor, pero no tanto como para que me creyeran interesado en la clarividencia del mono. Se había formado una pequeña fila de clientes y con cada uno de ellos, “Cándido” (así se llamaba el animal) esperaba una señal de su amo quien, después d...
El iluso, por José Manuel Peláez
213b, José Manuel Peláez

El iluso, por José Manuel Peláez

 Siempre me han parecido las plazas, locales de espectáculo sin programa. Uno siempre encuentra algo que le llama la atención: desde una ardilla perseguida por un gato hasta una pelea de niños que se convierte en una pelea de padres. En esta oportunidad, llamó mi atención un grupúsculo reunido alrededor de un hombre subido a un banco desde el cual predicaba tal cual las imágenes que yo recordaba de los profetas en los libros de Historia Sagrada. El centro de su prédica estaba en convencer al escaso y efímero auditorio de que era ridículo esperar que los problemas del mundo y del planeta se fueran a resolver por iniciativas sociales, nacionales, internacionales o planetarias. ─ ¡La ONU nunca conseguirá la paz mundial! ─ gritaba a pleno pulmón ─ pero tú sí puedes sembrar paz. Dos ci...
El maquinista,<br/> por José Manuel Peláez
212d, José Manuel Peláez

El maquinista,
por José Manuel Peláez

Aprovechando mi tiempo de andar sin rumbo, pasé a visitar a mi hermana, que siempre se ha comportado como mi madre y a su marido, Pablo, que siempre me divertía mucho. Me pareció una buena oportunidad para ver cuánto habían cambiado ellos y de medir cuánto había cambiado yo. Mi hermana seguía en su papel de comandante general del hogar y regía con puño de hierro la vida de Pablo y de sus dos gemelos idénticos. Aparte de esto, la encontré muy preocupada por mi cuñado y su nueva pasión. Aquella tarde, Pablo me permitió entrar a su “templo”: un enorme espacio cerrado en el que había construido una red ferroviaria en miniatura. Me sorprendió el diseño de las líneas y los detalles de paisajes, vías, locomotoras, vagones y personas. Reparé en que algo así lleva años en hacerse realidad. Pa...
Los gladiadores,<br/> por José Manuel Peláez
211c, José Manuel Peláez

Los gladiadores,
por José Manuel Peláez

  Mi jefe no entendía que renunciaba “para no saber qué hacer”, pero terminó por aceptar mi idea absurda de “disfrutar la incertidumbre”. Agilizó mi liquidación y me regaló un canto rodado verde que a mí me pareció solo un culo de botella limado, pero él me aseguró que atraía la buena suerte. Tomé mi coche y puse rumbo a ninguna parte. Me detuve en un pueblito a repostar y a comer algo. Mientras me reponía en una rústica fonda, me dio la impresión de que los presentes estaban tensos. Miraban constantemente el reloj y le preguntaban al posadero: “¿Viene Quique?” y éste apenas asentía con los párpados cerrados. Cuando estaba a punto de marcharme, entró al local un hombre con rostro de cuero viejo que mascaba un tabaco como si tuviera hambre. Por la actitud de todos comprendí que él ...
La incertidumbre,<br/> por José Manuel Peláez
210c, José Manuel Peláez

La incertidumbre,
por José Manuel Peláez

Había sido una semana difícil, pero no porque me hubieran tocado trabajos complicados, al contrario, todo resultó sospechosamente fluido y cómodo. Sé que no debería calificarla de difícil, pero yo comenzaba a sentirme aburrido y conforme con esa comodidad que arrulla y que te va durmiendo a tal punto que varias veces soñé con imágenes como las que se multiplican en las redes en las que animales, supuestamente salvajes, se dejan abrazar y acariciar por los humanos y se vuelven dóciles mascotas. El problema es que en mis sueños la cara de los leones y los tigres de Bengala se parecía mucho a la mía. Empezaba a sentirme, como diría Borges, tan inútil como un puñal guardado en un cajón. Camino al café de costumbre, iba pensando en lo que Manolo me diría sobre esta sensación mía. Sin emba...
2.000,<br/> por José Manuel Peláez
209d, José Manuel Peláez

2.000,
por José Manuel Peláez

 Desde que inicié mi colaboración con Atril disfruto y sufro con ella. Me explico: disfruto escribir, de que lo que escribo pueda agradarle a algunas personas y también disfruto el compartir espacio con quienes todavía defienden la lectura más allá de las crípticas simplificaciones a las que los medios sociales han reducido el lenguaje y también las ideas.Sin embargo, también sufro porque Luli, la jefa, tan heroica en comandar la iniciativa de esta publicación semanal contra viento y marea, es igual de feroz a la hora de mantener los 2.000 caracteres como el límite máximo que podemos utilizar. En algunas ocasiones, cuando termino la primera versión de un artículo que me gusta mucho y me doy cuenta de que tiene 2.967 caracteres creo imposible reducir la “grandeza de mis ideas” en 967 caract...
El zoo,<br/> por José Manuel Peláez
208c, José Manuel Peláez

El zoo,
por José Manuel Peláez

No soy amigo de los zoológicos, al igual que no me gusta ver pájaros en jaulas ni pececitos de colores en recipientes de cristal con falsas algas rodeando falsos castillos sobre falsas arenas. Me gustan los animales, pero lo que no me gusta es verlos como en una postal. Sin embargo, Manolo me había convencido para llevarle a nuestro parque zoológico, dadas las excepcionales circunstancias. Ocurrió que muy cerca de su casa una hembra de “perezoso”, con su cría en la espalda, trató de cruzar la calle cuando fue atropellada. La madre murió, pero la cría se salvó y algunos niños se empeñaron en adoptar al animalito. Mientras yo conducía, Manolo sostenía en su regazo al pequeño y extraño vertebrado que parecía un alien preguntándose cómo había llegado aquí. Supe que Manolo había impedido ...
El regalo, por José Manuel Peláez
207b, José Manuel Peláez

El regalo, por José Manuel Peláez

Quería comprarle un regalo a alguien admirado y querido por igual. Comprar un regalo es complejo para mí. A las limitaciones de presupuesto, se suma el deseo de que ese regalo le guste a la persona y, mientras más cercano sea yo a ella, más difícil es la elección.Era la situación perfecta para pedirle auxilio a Manolo que suele navegar por esas aguas de los compromisos con la tranquilidad de un curtido marinero en una tormenta. Después de visitar catorce tiendas de diversas cataduras sin que nada me pareciera lo adecuado y, cuando ya estaba convenciendo a Manolo de regresar a la primera porque creía recordar que allí había algo interesante, aunque no estaba seguro de qué era: podía ser una cartera o un foulard o quizás un perfume, pasó algo. Mi amigo dejó de ser el tranquilo marinero y me ...
La conferencia,<br/> por José Manuel Peláez
206b, José Manuel Peláez

La conferencia,
por José Manuel Peláez

A veces bromeo con Manolo acerca de su “vida secreta” y él se ríe porque no entiende de dónde saco una idea tan absurda. Según él, todo lo que hace es perfectamente normal y trasparente, pero eso mismo dicen los políticos y nunca les creo. Manolo percibió mi recelo y se dispuso a aclarar mis dudas cuando recordó que debía asistir a una conferencia importante. ─ ¿Y de qué trata la conferencia? ─ Bueno, eso depende ─ respondió él sin asomo de duda. Le “recordé” que las conferencias siempre son sobre algo y que si no podía o no me lo quería decir era porque el tema pertenecía a esa “vida secreta” de la que le hablaba. ─ ¿Quieres acompañarme? La invitación me pareció demasiado natural y pensé que era solo una estrategia de Manolo para quitarme interés, pero decidí seguirle el ju...
Iguales diferencias,<br/> por José Manuel Peláez
205d, José Manuel Peláez

Iguales diferencias,
por José Manuel Peláez

Un artista plástico del que había sido amigo antes de que se convirtiera en “artista plástico” me invitó a su más reciente vernissage y ante la posibilidad de un aburrimiento sin límite le pedí a Manolo que me acompañara seguro de que no lo permitiría. Para algo son los amigos.En el centro de la pequeña sala rodeada de varias obras abstractas, mi antiguo amigo y actual artista explicaba sesudamente que las líneas rojas curvadas hacia la derecha significaban la deriva ontológica del pensamiento occidental o el torbellino del “en sí/para sí” que devora el ser, no estoy muy seguro.Los únicos que no atendíamos éramos Manolo, yo (con perdón) y un señor muy gordo y muy calvo que se nos acercó mientras pasábamos de una obra a otra con un desconcierto difícil de disimular.─ Yo prefiero no dar mi o...
El menú, por José Manuel Peláez
204a, José Manuel Peláez

El menú, por José Manuel Peláez

Manolo y yo compartimos muchos gustos: lecturas, conversación, cine, música (no toda) y, sobre todo, comida. No somos glotones, simplemente disfrutamos enormemente de un buen sabor (con o sin estrellas Michelin; con o sin deconstrucción) porque ambos creemos que un buen rato de placer, sin perjudicar a nadie, hace nuestras vidas mejores. Seleccionamos los lugares de forma alternativa y muy diferente. Yo reviso reseñas y estudio páginas web o atiendo recomendaciones de gente de confianza. Sé que Manolo no hace ninguna de las dos cosas, pero siempre (y cuando digo siempre, digo siempre) cuando vamos a un local elegido por él, todo es magnífico. La malo es que con él no hay programación posible. Me llama y me dice que vaya inmediatamente a tal lugar. Le he insistido en que yo debo tener...