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José Manuel Peláez

¿Acaso fracaso?<br/> por José Manuel Peláez 
183c, José Manuel Peláez

¿Acaso fracaso?
por José Manuel Peláez 

El amargo del fracaso era más fuerte que el del vermut con el que pretendía olvidarlo. Oculto en una esquina del bar, repetía en mi mente la escena y las palabras que habían derribado de un golpe mi mejor proyecto. Así me encontró Manolo y, a pesar de mis muestras de querer estar solo, se sentó insolente a mi lado hasta que le conté lo ocurrido con mi jefe en la revista, del que es muy amigo. Desechó mi brillante idea de una serie de reportajes sobre el pasado de algunos “sin techo”; ¿Desde dónde habían caído tan bajo? ¿qué terribles cataclismos los hundieron? ¿cuál fue exactamente la dimensión de esas caídas? En fin, una mina de historias humanas llenas de las flaquezas con las que los lectores se conmoverían sin ninguna duda. Félix, mi torpe jefe, no admitió el proyecto porque para fl...
Querida Matilda,<br/> por José Manuel Peláez 
182d, José Manuel Peláez

Querida Matilda,
por José Manuel Peláez 

Matilda es un claro objeto de admiración y raro amor que compartimos Manolo y yo. No solo se trata de una muchacha agradable a la vista; su gracia al hablar, su confianza medida y su eterna sonrisa cuando nos sirve el café, los tragos o las viandas hace que todo nos sepa mejor. Recibir su saludo agitando la mano representa el inicio de un buen momento. Conocemos a Matilda desde hace casi cuatro años y la hemos visto involucrada con clientes insatisfechos, patanes de oficio y jefes abusadores, además de estar siempre exigida por atender más rápido y mejor a todos. Jamás la hemos visto perder la sonrisa ni hacer un mal gesto. Frente a la queja malhumorada siempre extiende el puente de plata de unas palabras que sirven de excusa y también de seguro porque, sea cual sea el problema, lo va a...
Vuelta tras vuelta,<br/> por José Manuel Peláez 
181c, José Manuel Peláez

Vuelta tras vuelta,
por José Manuel Peláez 

Manolo, a ratos, es atacado por una fiebre “saludable”; vigila sus comidas y, en casos extremos, hasta va a un gimnasio. Durante la última fiebre, quise acompañarle a dar varias vueltas al parque para respirar aire puro, generar endorfinas y convencernos de que lo deberíamos hacer más a menudo. En esta oportunidad nos cruzamos con una pareja que trotaba con elegante energía en sentido contrario. Como la velocidad de la pareja era muy superior a la nuestra, tuve la oportunidad de observar varias veces que mientras el hombre hablaba gesticulando sin perder el paso, ella se mantenía a su lado, reconcentrada, marcial y con la mirada fija en la pista. Al terminar de dar nuestra última vuelta (en realidad la única) Nos encontramos con la pareja sentada en un muro bajo tomando un refresco e...
Las dos Smith,<br/> por José Manuel Peláez 
179c, José Manuel Peláez

Las dos Smith,
por José Manuel Peláez 

El aviso llamó mi atención: “Me and Miss. Smith – conversatorio sobre los poemas de Maggie Smith”. Nunca lo hubiera imaginado, pero Manolo, rápidamente me sacó de mi error. Se trataba de dos personas: la doblemente oscarizada y recién fallecida actriz inglesa de películas y series como Downton Abbey o Harry Potter y una poetisa americana de lenguaje accesible y emotivo que permitía a cualquier lector adentrarse en las profundidades de la vida.Manolo leyó la convocatoria al evento y con irrefutable gesto de autoridad dijo: “¡Vamos a ir!”. Algo muy extraño en él, que es hiperalérgico a los encuentros intelectuales.Éramos apenas treinta personas frente a tres “expertos” dispuestos a ventilar la importancia de la obra de Maggie Smith (Ohio, 1977) famosa por poemarios como: Good Bones o Keep mo...
¿Lo cortés o lo valiente?,<br/> por José Manuel Peláez 
180c, José Manuel Peláez

¿Lo cortés o lo valiente?,
por José Manuel Peláez 

Generalmente disfruto de hacer compras relacionadas con la cocina. Aparte de la falta de vegetales frescos, lo que más me molesta es hacer fila en la caja para pagar. Sé que todo tiene que ver con mi falta de paciencia, pero hay circunstancias atenuantes. Por ejemplo, ayer estaba yo muy tranquilo esperando mi turno para pagar cuando vi a la ancianita detrás de mí que apenas llevaba un pan y un paquete de café. En un arranque de cortesía se me ocurrió cederle el puesto porque yo iba más cargado. Mal asunto: al ir a pagar, la ancianita se dio cuenta de que el pan que había escogido no era el que ella quería, pero como ya habían contabilizado el café hubo que ir a cambiarlo. Después, la misma ancianita se empeñó en cancelar el monto exacto, de manera que se convirtió en un obsesionado mine...
El ninja Manolo,<br/> por José Manuel Peláez
178c, José Manuel Peláez

El ninja Manolo,
por José Manuel Peláez

La cultura japonesa ha ejercido un fuerte hechizo sobre mí. Me admira su capacidad de convertir tejidos, armaduras, platos de sopa, armas o tazas de té en obras de arte. Me seduce su minimalismo, su solemnidad y su sentido del honor. Quizás todo esto pertenezca al pasado, aun así, me sorprendo al encontrar sorpresas como los bonsáis o las transcripciones de Bach para instrumentos como el Koto y el Shakuhachi, aunque sin llegar a pensar que “alguna vez fui japonés”. Comparto este sentir con Manolo, pero cuando me dijo que iba a hacer un curso de ninja, la imagen de Manolo disfrazado de noche, volando entre tejados, lanzando certeros shuriken (esas estrellitas afiladas) o jugando con el nunchaku que usaba Bruce Lee sin saltarse todos los dientes sobrepasan mi capacidad de imaginar. Yo est...
¡Mira… mira!,<br/>  José Manuel Peláez
177b, José Manuel Peláez

¡Mira… mira!,
José Manuel Peláez

Yo estaba engolosinado con desarrollar mi incomprensión acerca de cómo era posible que la Humanidad siguiera cometiendo los mismos errores: creyendo en quien no merece su confianza, alabando a quienes tienen pies de barro, riéndole las gracias a los que no saben más que aprovecharse de ellos. A mi encendido verbo, Manolo solo dijo:─ Te entiendo perfectamente, pero la explicación está a la vista – y siguió pendiente de mi discurso.La verdad era que me estaba quedando sin discurso porque la falta de rebote del adversario, o sea de Manolo, empezaba a agotarme, pero no me pensaba dar por vencido y me metí con las guerras de las que nunca hemos prescindido, de los innumerables triunfos de los villanos, del fracaso por no haber encontrado una forma de gobierno que nos haga felices a todos.─ ¿Por...
El diablo y la botella, por  José Manuel Peláez
175a, José Manuel Peláez

El diablo y la botella, por José Manuel Peláez

Entré al café favorito de Manolo, tropecé con el camarero sin pedirle excusas y derramé el café de mi amigo al sentarme en su mesa.─ ¡Te juro que mataría a alguien! ─ expresé con una vehemencia que poco alteró al calmado Manolo, ocupado en mirarme en silente reclamo ─. Bueno, Manolo ¡es una forma de decirlo… una metáfora! ─ traté de explicarme. Pero Manolo seguía mirándome con su mejor cara de border collie al acecho del próximo movimiento de la oveja.La oveja, o sea yo, le conté que fui a hacer un trámite, me coloqué al final de una larga fila que desembocaba en INFORMACIÓN GENERAL, donde un funcionario me dirigió de inmediato a la taquilla 14. Allí me aguardaba, amorosa, una fila aún más larga y que me enfrentó a un nuevo funcionario quien me redirigió a la taquilla 17 porque allí atendí...
¡Viene la ola!,<br/> por José Manuel Peláez
174b, José Manuel Peláez

¡Viene la ola!,
por José Manuel Peláez

En estos tiempos, los desastres naturales nos acostumbran a calles inundadas, casas sumergidas y alarmas de tornados o tsunamis. Hace pocos días vi cómo se alertaba a una población para que huyeran si no querían morir.  Me pregunté entonces qué haría yo en una circunstancia parecida: saldría corriendo o prepararía una maleta con un kit de supervivencia, mis objetos más preciados o mis recuerdos más queridos. ¿Cómo cabe una vida en una maleta? ¿cómo nos retrata lo que quisiéramos llevar en ella?Confronté a Manolo con mis dudas: “¿qué llevarías en la maleta, Manolo?"─ ¿Por dónde viene la ola? ─ Otra vez el Manolín estaba tratando de no revelar mucho de sí mismo ─.  Supongamos que tengo que salir huyendo de un tsunami. Si la alarma me dice que tengo tiempo, puedo pensar en hacer una maleta y ...
El mentalista,<br/> por José Manuel Peláez
173b, José Manuel Peláez

El mentalista,
por José Manuel Peláez

Para ayudar a Manolo a pasar el “bajón” que le produjo el suceso de Violeta, insistí en que me acompañara al Circo Benito con la total seguridad de que ese era el salvavidas que mi amigo necesitaba. Mis expectativas se cumplieron desde el desfile inicial cuando uno de los ponies se empeñó en no seguir al resto y terminó comiéndose el helado de un niño de la primera fila. De ahí en adelante, la catarata de cosas que no salieron “a la perfección” era imposible de registrar en tiempo real: A un payaso se le cayeron los pantalones y fue evidente que eso no formaba parte del acto porque el pobre hombre no llevaba ropa interior. Los gritos de horror (o de agradable sorpresa, no lo sé) de las madres no superaban las risas de los pequeños. Cuando el mago abrió la caja, su ayudante tenía el vest...
Violetas para Violeta,<br/> por José Manuel Peláez
172c, José Manuel Peláez

Violetas para Violeta,
por José Manuel Peláez

Yo sabía que las supuestas vacaciones de Manolo no eran tales. Hace pocos días me lo encontré en un puesto de libros usados y me confesó la verdad: estaba donde un amigo necesitado de consuelo. Buscando sin buscar entre los lomos de los libros, Manolo me contó cómo su amigo Eduardo sostuvo la cabeza de “Violeta” contra su pecho mientras la luz de su mirada se apagaba y dejaba de darle esa alegría y compañía que son de agradecer en la vida. Como si se tratara de la película previa a su propia muerte, Eduardo vio a “Violeta” – cuando no tenía ese nombre todavía – esquivar los voraces coches. Escuchó los gritos de sus hijos que rogaban por salvarla y evocó cómo, al frenar y abrir la puerta, subió por sí sola una perrita esquelética, sucia y llena de pulgas a la que, incomprensiblemente, ll...
¡Si yo te contara…!, <br/> porJosé Manuel Peláez
171c, José Manuel Peláez

¡Si yo te contara…!,
porJosé Manuel Peláez

Tengo una vecina en el edificio que, desde hace doce años, cada vez que la saludo por cortesía me contesta con la misma frase: “¡Ay, hijo… si yo te contara!”. Generalmente corro con la suerte de que no me cuente nada porque el ascensor llega en ese momento o su gato llorón reclama la presencia de su dueña o recibo una llamada en el móvil o, si no la recibo, hago como si la recibiera. Pero algunos días excepcionales tengo que enfrentar lo que ella está deseando contarme aunque finja que preferiría no hacerlo. Que su marido ya no es el mismo; que a la nieta le robaron el premio de la “Muñequita del año” porque la mamá de la ganadora es “muy generosa” con los organizadores, pero yo no soy así, mi madre nos enseñó a no perder la dignidad. ¿Y qué te parece que mi hija ya no nos visita? ya lo...